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日志


La Mala Leche y el Estatuto de Cataluña( y naZionalismos en general)

La Humanidad, que concepto tan complicado y a la vez tan difícil. Y es curioso que esté escribiendo esto precisamente en horario de clase, una clase que no ha empezado aún. Esperemos que empiece antes de que acabe lo que a continuación voy a escribir.  Hoy estoy especialmente cabreado, me he levantado, si, con el pie izquierdo, y cuando me levanto con el pie izquierdo no me queda otra alternativa que hablar de política: lo sentimientos, profundos o no, no tienen cabida en un momento en el que lo único que siento es un orondo y marrullero enfado. Cualquiera que tenga interés por el pasado de la Humanidad, habrá comprobado cómo la historia se ha ido contando de formas distintas. Nos ha llegado parcelada por reyes y dinastías –herencia egipcia–, por formas de gobierno –legado de griegos y romanos– y, en el mundo contemporáneo, protagonizada por actores colectivos: las naciones o las clases sociales. Pero tras el desplome de los totalitarismos del XX, comunismo y fascismo, parecía que el individuo tomaba el protagonismo por encima de los colectivos. Pero hete aquí que dos ideologías totalitarias insisten en aprisionar al individuo. Una, aparentemente lejana, es el islamismo, que amenaza con quebrar los pilares de Occidente, sus valores liberales y democráticos. Otra, de campanario, es el nacionalismo obligatorio de estas micronaciones que han ido surgiendo como reacción a la construcción europea, al mundo globalizado y al progreso. Estos tradicionalistas inventan un pasado glorioso que jamás existió, imponen lenguas de uso vecinal, y utilizan los mecanismos de sus microestados para establecer una moral, unas costumbres y un ser nacional. El individuo no existe, entonces, si no es miembro de la tribu. La resistencia se convierte en apostasía, en delito de lesa traición, y la violencia contra el traidor es un servicio a los altos intereses patrios. Por eso volverían a matar a Miguel Ángel Blanco, o a quien se pusiera por delante. Al tiempo, sin duda, verían en el asesinato la manifestación de un conflicto político histórico. El mismo conflicto histórico que no sabe de leyes ni de normas, de dictaduras o democracias, y que es capaz de improvisar una Agencia Tributaria en Cataluña sin esperar la decisión del Tribunal Constitucional.

El pensamiento débil de la intelectualidad de izquierdas dice: ¿pero es que hace daño a alguien el desarrollar ya el Estatuto? Pues sí. La democracia se basa en que la actuación del Estado es previsible; es decir, en la existencia de unos mecanismos reglados y conocidos por los que se proponen, aprueban y ejecutan las leyes, del mismo modo que se ponen a disposición de la ciudadanía instrumentos para velar por el encaje general de la legislación. No hay espacio para la arbitrariedad, ni el más mínimo, y todos los poderes están sometidos a esos mecanismos y a esas leyes. No es poca cosa, por tanto, el que el Parlamento catalán aprobara la creación de una Agencia Tributaria propia. Poco ha importado que el Defensor del Pueblo impugnara el capítulo del Estatuto referido a la financiación, al igual que han hecho el Gobierno de La Rioja y el PP. El que un poder violente los mecanismos y leyes democráticas para cumplir la voluntad de unos políticos sólo anuncia catástrofes para la libertad y la convivencia. En los años venideros, a este paso, nos tocara elegir entre una sociedad española de individuos libres o de naciones aisladas. Vayan sacando el pasaporte. En fin, finalmente mi profesor no ha llegado, y estatutos aparte, es hora de recoger, e irme a casa.

 

Desvarío en hora de financiero.

Diez minutos después de los diez minutos anteriores, habían pasado veinte minutos y todavía seguía aquí, sentado en un banco con los codos apoyados en la tabla que se alzaba sobre mis piernas a modo de mesa. Media hora había pasado ya y yo realmente estaba inquieto ante la posible suerte que haya deparado el destino a mi pobre profesor, porque, ¿posible será que llegue media hora tarde?. El tiempo no espera a nadie y menos a un profesor de derecho financiero, así que vuela el minutero y ya son menos diez. Tengo otra clase en diez minutos, y mi profesor de financiero no ha venido. ¿Quizá juega hoy el Madrid? Tan ocupado estaba el hombre en encontrarse a sí mismo que se tuvo que comprar un espejo circular para poder verse el ombligo. Pero hombre de dios, ¿cuándo vendrá a clase?, si nos hace un horario nosotros tampoco venimos a las cuatro de la tarde. Pues somos estudiantes, muy cierto y acertado pensamiento, y por ello mismo somos reacios a volver a clase en horarios inquietantes. Entiendo, señor profesor, que no venga a clase para una hora, y luego chuparse dos de atasco hasta su pueblo de Calahorra. Pero avísenos, mándenos un fax. Escríbalo en la pizarra que, aunque parezca que no, seguro que nos íbamos a enterar. Y mientras el reloj corre y cubre toda la circunferencia en clase nos preguntamos que quizá nuestro profesor tenga una conferencia. De todos es sabido que es un vago sibilino nuestro buen profesor. Pues nada, no ha venido. Esperemos que no sea nada de salud y que no esté jodido. Para la próxima avísenos, querido doctor.

A mis palabras

Venís de las ideas, de donde no habéis nacido
pues no sois del tiempo presente ni el ausente
os mata una verdad en el caduco nido:
la que impone la vida del siempre adolescente
dáis forma a los sueños, sentido a las pesadillas
intensos sentimientos con rasgos muy sencillos
Sois mis enemigas, las del mundo que veo girar
más claro cada día
y sin un sólo trazo de mi pluma, sin ese sólo gesto,
dictaré vuestra agonía
 

Cadiz. Parte 1

Bueno, aquí me hallo. En un lugar alejado del pecado. De la civilización. De todo lo estimulante que tiene que ofrecer la vida. Aquí estoy, si. Sentado en un coche, mirando el volante del conductor, pues yo voy a su lado. Supongo que eso me convertiría en el copiloto. El caso es que contemplo el volante que instantes antes conducía una mujer. Y aún tenía el sabor de su piel en mis labios. Sus ojos aún me miraban desde la profundidad de un momento irremisiblemente perdido en “un  instante antes”. Y es que precisamente, “un instante antes” yo clavaba descaradamente mi mirada en ella, mirándola con la necesidad de transmitir un sentimiento, realmente no puedo describir que sea alguno en especial, porque puede que fuese deseo, si. O amor. O cariño. O ternura. Muchas palabras, muchas explicaciones, muchos significados para algo que duró tan sólo unos segundos. Algo que además adquiere por sí mismo su propio significado: las explicaciones no valen. Simplemente, hay que vivirlo.

Estaba en una pequeña ciudad situada en el extremo sur de la península ibérica, bañada por el atlántico. Bueno, por qué no especificar más: estaba en Cádiz. Y una vuelta de diez minutos, quizá quince, en coche, me había bastado para conocer el esqueleto de esa ciudad. Tan pequeña, y tan llena de cosas por hacer en tan poco tiempo.

El caso es que en una de las estrechas calles características de Cádiz se hallaba el coche aparcado, y yo me hallaba, efectivamente, dentro del coche. Pensará el más escéptico, y no sin razón, que aquel panorama no tenía nada que ver con encontrarse alejado de la civilización. Evidentemente Cádiz era un lugar muy civilizado, o tan civilizado como puede serlo cualquier ciudad importante de España. Y quizá no haya nada más civilizado que un coche. Craso error. Un coche no es nada civilizado, porque se conduce. Y cuando cualquier materia se conduce a más de 120 kilómetros por hora, deja de ser civilizado y se convierte en algo salvaje, en consonancia con su época. Ahora, aparcado, manso como un peluche, aguardaba conmigo dentro la vuelta de nuestra conductora. Yo tenía algo de sueño, pues el viaje no había sido largo, ni tedioso. Todo lo contrario; podría decir sin tapujos que me lo había pasado bien. Un coche, una carretera, una preciosa brasileña sentada a mi izquierda. Ni siquiera tenía que conducir: sólo sentarme, ponerme el cinturón, y disfrutar del paisaje que se nos ofrecía a ambos lados de la carretera. Una conversación agradable, buena música. El viaje había transcurrido casi sin transcurrir. No niego que cuando me levanté noté el peso de los años… es decir… de las horas, en mis nobles posaderas, pero la sensación predominante era efectivamente la de confortabilidad. Gran viaje. Pero habíamos salido hacia el sur a eso de las ocho y media de la mañana, y bueno, eran alrededor de las cuatro y media, quizá llegando ya a menos cuarto. Y, como iba diciendo, tenía sueño. Así que mientras esperaba, note el peso y la forma de algo familiar en mi bolsillo. El peso tampoco es que se notase mucho. La forma no obstante si. Metí la mano para extraer con cierta sorpresa mi ipod. Me pareció una idea acertada escuchar música mientras esperaba plácidamente, medio dormido, el desarrollo de los acontecimientos. Y bueno, la primera canción que salió aleatoriamente en el aparatito no me dejó indiferente. Se trataba de la canción “the hell song”, de sun41. Y aunque uno tiene un nivel de inglés similar a aquel del que hacía gala el carismático Jesús Gil, por suerte o por desgracia pude entender lo que el cantante cantaba/gritaba entre estruendo de guitarras y batería:

 

“Everybody's got their problems,
Everybody says the same thing to you.
It's just a matter of how you solve them,
And knowing how to change the things you've been through.

I feel I've come to realize,
How fast life can be compromised.
Step back to see what's going on,
I can't believe this happened to you.
This happened to you.

It's just a problem that we're faced with, am I
Not the only one who hates to stand by.
Complications ended first in this line,
With all these pictures running through my mind.”

 

Así que bueno, volví de mi estado de semi- inconsciencia feliz y recordé, aunque tampoco lo había olvidado, por qué estaba allí. En fin, después de una paella bastante buena, unas gambitas, y una sobremesa bastante amena y agradable con gente que, evidentemente, no podía ser otra cosa que amena y agradable, me encontraba haciendo la digestión en un momento que no era complicado, en absoluto. Pero sí que era algo incómodo. Así que cuando divisé medio dormido a la conductora del coche en el que me hallaba voluntariamente apresado, me incorporé en mi asiento. Detrás iba un chico, alto y delgado, que lucía una gorra de ala amplia. Me habían informado anteriormente de que aquel sujeto tenia ciertas tendencias psicopáticas, así que por un instante dudé en salir a su encuentro, y saludar, por educación más que nada, o no. Al fin y al cabo yo estaba seguro de que nada iba a pasar. Una vez un chico me dijo algo así como “ Hay que tener muy mala sangre para querer pegar a alguien como tú”. Y yo pues vaya, siempre me lo he creído. El caso es que, si al principio no salí por miedo a un espectáculo propio de las federaciones de wrestling independientes de Norteamérica, un gesto de mi acompañante me indicó lo que efectivamente ya sospechaba: aquel chico era capaz de saludar civilizadamente. Así que me desbaraté del cinturón (tanta era mi desidia que lo seguía teniendo puesto), de las cosas que andaban revueltas entre mis pies, miré antes de abrir la puerta y me dirigí al maletero del coche. No a meterme allí dentro, sino a saludar convenientemente al chico de la gorra. Fue un saludo corto, inexpresivo. De los saludos formales de toda la vida. Yo le sonreí. Con el gesto conseguí que me mirase. No sé si sonrió a su vez o torció el gesto. Pero me daba la sensación de que a aquel chaval le faltaba algo. No sería capaz de explicar acertadamente el qué: pero todas las personas tenemos cierto brillo en los ojos, cierto matiz, una mirada de astucia contenida. Aquel chico daba la impresión de haberla perdido, o de no haberla tenido nunca. Vacío. Había algo que le faltaba. Ignoro realmente el qué. El caso es que tras un breve escarceo con las cajitas, volvieron al lugar de donde procedían, con el objetivo de recoger las última cosas que faltaban. Y no pude evitar que el sarcasmo marxiano me envolviera( obviamente el sarcasmo marxiano no es por alusión a Karl Marx, sino a los Hermanos Marx): Ella caminaba ligera, casi podríamos decir al trote si aceptamos la comparación equina. El andaba echando los hombros hacia atrás, gorra calada hasta el entrecejo, sacando pecho. Al estilo Harpo. Voto a tal que a esta escena le pones música de Charles Wakefield Cadman, el encargado de la música de “Los Hermanos Marx en el Oeste”, añades la magia del blanco y negro y tendrías preparado un anuncio de mudanzas exprés para cualquier televisión. El caso es que en el intervalo en el que subían y bajaban a por más cajas yo dudaba entre meterme de nuevo en el coche y luchar contra mi modorra o quedarme apoyado en la puerta, en plan caballeroso. Vamos, al más puro estilo Groucho, para qué nos vamos a engañar. Pero decidí que la pereza me venciese, así que me volví a meter en mi asiento. Y bueno, volvieron, esta vez creo que puedo afirmar sin ningún género de duda que al trote, con más cajas. Y volví a dudar entre salir o quedarme allí para lo que quedaba. Al final salí, y no hice nada salvo contemplar una ligera discusión acerca de la imposibilidad o no de que cupiese una caja grande en el hueco del maletero, que también era grande. Contemplé la escena en perspectiva y no pude evitar pensar de nuevo en el blanco y negro: esta vez veía al genial Chaplin en “Tiempos Modernos”, intentando meter una bala del tamaño de su puño en una caja del tamaño de su cabeza. Y lo más gracioso es que el genial actor nos hacía creer que, efectivamente, la bala no cabía. Pues similar situación se desarrollaba en esos precisos instantes ante mis ojos, sin contar el hecho de que el espacio no era tan exageradamente desproporcionado; es decir, la caja era obvio que entraría sin problemas, pero con más estrecheces que aquella bala en aquella caja. Pues bien, una vez solucionado el inexistente problema de espacio, ya nos íbamos a ir. Qué bien. La cama del hotel nos esperaba en una siesta, qué quizá finalmente no iba a ser tal, teniendo en cuenta que la nomenclatura de pareja joven + cama gigantesca + siesta invita a pensar en otros actos más pecaminosos que el simple movimiento involuntario de respirar. El caso es que ya iba a posar, por última vez, mi culo en el asiento, cuando el chaval de la gorra asevera: “¿entonces, quedamos esta noche a tomar algo, no?”. Yo me paro en ese preciso instante, esperando la respuesta de su interlocutora. Fue un monólogo rápido acerca del cansancio del viaje, de la necesidad de salir temprano al día siguiente, de quedar, como mucho, a tomar un  par de cañas y ya. Vamos, que estaba dando largas al tema. Normalmente, cuando alguien le dice a alguien todos aquellos pensamientos que se habían encarnado en oraciones gramaticales, las reacciones suelen ser de dos tipos: 1)el oyente se da por aludido, y pronuncia el occidentalizado “ya quedaremos otro día”, y 2), el orador reconoce que está cansado, y que ya hablarían, “si eso”. Pues bien, esperando uno de estos desenlaces, servidor rozaba ya con su nalga derecha el asiento de aquel coche, cuando ella preguntó en tono casual, volviendo al protocolo de lo surrealista “bueno, quedamos después del partido a tomar unas cervezas, ¿te parece?  “Claro que me parece. Me parece estupendo. Pero que se quite la gorra, por dios. Aunque sea feo, da igual. Lo superaré. Da la casualidad de que el partido acabará casi a media noche, y estaré cansado, e irascible, y que tendré que mirar a este tío a la cara. Y tendré que ser simpático. Esperemos que por lo menos gane el Madrid. Pero vamos, que aparte de eso y de la posibilidad de, si no estamos demasiado cansados, que lo estaremos, conocernos mejor en una habitación de hotel, no tengo el más mínimo inconveniente. No, qué va.”

En vez de decir todo eso, o algo parecido pero más breve(es decir, un simple no), recuerdo que ese chico de mirada perdida ha sido quien ha sido (el que ha estado guardando aquellas cajas), y entonces supongo que lo cortés y lo educado es afirmar la cita con cierta solemnidad. Pero el ser humano es egoísta, así que suavizo la afirmación y emito un suave, un leve, un viperino “como quieras”.

El coche arranca, con nosotros dentro y manualmente, por supuesto. Mientras avanzamos hacia San Fernando, no puedo evitar pensar “ ¡ya se, hablaremos de política!” sarcasmo que me hace sonreír y hace preguntar a mi interlocutora por mi estado de salud- el “qué tal estas” de siempre-, a lo que yo respondo aquello de “bien, bien”.   

Nos disponemos a acercarnos al hotel, dejar las cosas y, en mi caso, contemplar con cierta ternura como la conductora kamikaze que estaba a mi lado echaba un vistazo a las cajas, que aguardaban en el maletero de su coche el reencuentro con viejos recuerdos.

la sombra del ciprés es alargada

Podías ser mejor de lo que eres, no cabe duda,

Ser más guapo, tener más dinero, y más cultura,

Pero eso no te preocupa, nunca necesitaste abuela

Sólo dos palabras, y tu imaginación vuela.

 

“Pues es jodido el tema del amor, caballero”

Le dijo un día lejano Góngora a Quevedo

Luego se liaron a palos en la villa de Madrid

De todos es sabido que se odiaron hasta morir

 

Cientos de años pasaron y ahora hay ordenadores

Donde escribe mucha gente, y no sólo escritores

Y siguen hablando de amor, de odios y pasiones

De corrupción, de celos, de humanas sensaciones

 

Razón no me falta para ser razonable, lector

Y lo más razonable es no guardar nunca rencor

Ni odio ni celos, ni “pensamientos pecaminosos”

Que diría un cura, pero seguro que de los ociosos

 

“Nunca he odiado a nadie, padre”, -diría en confesión

“¿Pensamientos pecaminosos?…-utilice su imaginación”

“corrupto no sería, más que nada por propia convicción”

Cuando hay celos, así habla un apasionado corazón:

“Ni la luna, ni las estrellas, no te las puedo dar

Porque antes ya te las dieron

Ni una sola mirada, ni un apasionado te quiero

No te los puedo dar

Porque antes ya te los dieron

 

No te puedo prometer nada, absolutamente nada

Porque todo ya te lo  prometieron

No puedo ser otra persona más que yo mismo

Porque nadie puede ser sustituido

Nunca seré sustituto de nadie,

Y a mi nunca me sustituyeron

 

Ni por un instante pienses que estoy derrotado

Porque nadie me ha derrotado nunca

Ni por un instante pienses que he desistido

Porque no he desistido nunca

 

Este idioma tiene muchos matices, palabras por inventar

Términos y conceptos fuera de nuestro alcance

Hasta que alguien los escriba, sólo puedo darte mis besos

Que son míos, que ya he dado antes, perdidos en el tiempo

Solo yo decido quien los merece… puede que seas tú…

 

Es menos que un idioma de signos sin sentido

Pero más no tengo que ya no te hayan ofrecido

Y más no mereces de este corazón afligido.”

 

Bajo la sombra de un ciprés paseábamos

Mi amigo el cura y yo, entre escombros

Me asombró la conclusión del aspirante a santo:

“La razón es poderosa…pero el corazón… es humano.”

Digamos que..Mengano, si, sobrevivió (basado en hechos reales)

En algún lugar perdido entre las terraza madrileñas, los supervivientes de aquel agosto se reunían a tomar algo una vez la noche envolvía la luz, y con ella al calor extremo del verano, no sé si el más caluroso del siglo, pero si lo suficientemente sofocante para que el más nimio movimiento durante el día supusiese una sudoración casi excesiva. Allí se encontraba un tal Mengano, con unos amigos, en aquel verano del 2004 o así. Realmente no eran precisamente muy amigos suyos. Podríamos conjeturar más bien que eran amigos de la chica que se sentaba a su derecha, cogiéndole la mano de vez en cuando y aparentando una estabilidad en una hipotética relación que nunca habían tenido. De hecho, para que engañarnos, ni siquiera se encontraba a gusto entre aquella gente. No eran malas personas, todo lo contrario; de simpáticos, llegaban a hacerse casi entrañables. Pero no era el estilo de nuestro tal Mengano. Y después de dos horas hablando de motos, tunning y las cualidades maravillosas del whisky con coca- cola, no podía evitar sentirse, de alguna manera, algo irascible. Osease, para aclararnos, el tal Mengano, llegado un punto en que sus conocimientos sobre automóviles no daban para más, empezó a aburrirse como un caballo en una despensa sin comida, y sin espacio. Pero allí estaba el pobre hombre, amante de los libros de Pérez- Reverte y de Cortazar, seguidor de las teorías filosóficas de Hegel, atormentado adorador de las películas de Peter Jackson, friki en general, hablando sobre tubos de escape y llantas. La noche discurría monótona y relajante, y el tinto de verano, fresquito, llegaba a su boca desahogando el calor que su cuerpo había estado acumulando involuntariamente durante horas. Llegó un momento en que nuestro Mengano decidió abstraerse de la conversación, más o menos en el momento en el que estaban hablando de equipos de sonido para coches, y empezó a recordar aquel concepto de "Todo lo racional es real y todo lo real es racional”, que defendía Hegel. Uno de los contertulios, atento desde su silla, no tardó en darse cuenta de la situación, y mediante la simbología del codazo le hizo saber a sus allegados su situación de autismo voluntario. “Está en la parra”, fue el comentario que pudo oír Mengano. Pero lo ignoró. Estaba muy a gusto subido en aquella parra, y no tenía intención de bajarse de ella en un buen rato. Los caminos de la mente son inescrutables, y de la ciencia de la lógica de Hegel pasó a conjeturar sobre la posible fecha de salida de la edición extendida de “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey”. De vez en cuando disfrutaba de algún trago del fruto del árbol en el que se encontraba alegóricamente subido. Fue precisamente cuando se empezó a acabar el tinto de verano cuando se percató de un acontecimiento que estaba ocurriendo a pocos metros de donde se encontraba, justo delante de sus narices.

Y es que, al acabarse la bebida, la chica que acompañaba a nuestro joven atormentado se levantó para dirigirse hacia la barra, con la clara intención de exigir más de aquella ambrosía a cambio de una pequeña remuneración monetaria. Y estaba esperando en la barra con cierta placidez su petición cuando dos chicos de su edad se acercaron a la barra, posicionándose muy cerca de ella. Esto no hubiese llamado la atención de Mengano; evidentemente, todos tenían derecho a la bebida teniendo la edad legal y dinero para comprarla. Tampoco le pareció anormal el hecho de que se pusieran a hablar con su futura escanciadora: al fin y al cabo estábamos en verano, las prendas femeninas brillaban por su ausencia, dejando sin cubrir mas centímetros de los acostumbrados. Si a eso le añadimos una chica en edad de merecer, como dicen en los pueblos de nuestra geografía, la conversación estaba clara. Quizá simplemente hablaban del tiempo. Por qué no…

El caso es que el joven Mengano, aunque vislumbraba los acontecimientos desde la posición en la que se encontraba, se hallaba enfrascado en sus sueños cinéfilos: pensaba en lo bien que estaría una nueva película de Indiana Jones, en una posible adaptación de El Hobbit, incluso especulaba con una posible segunda parte de BrainDead ( en español subtitulada: “tu madre se ha comido a mi perro”)

 Pero un gesto que se produjo a varios metros de distancia le hizo bajarse de su querida parra: uno de aquellos chicos había bajado el brazo, con la funesta intención, hecha realidad, de tocarle el culo a la chica que, momentos antes, daba la mano a nuestro peculiar Mengano. El contacto con el glúteo derecho de aquella chica fue rápido; nada mas sentir el roce, ella reaccionó quitándole la mano. Mengano había visto el movimiento en cámara lenta, y esperaba que la siguiente reacción de aquel chico fuera la retirada. Al fin y al cabo, todos nos podemos equivocar. Pero en vez de eso, aquel chico, frustrado por el intento fallido, cogió de la muñeca a aquella chica, acercándola hacia sí. A pesar de la influencia que la racionalidad de Hegel había tenido decisivamente en la conducta de Mengano, no pudo evitar que la parte reptil de su cerebro le pidiese a gritos una reacción. Y fue así como nuestro protagonista mandó a dos aclamados directores, como son Spielberg y Jackson, a la mierda, junto con sus posibles futuros proyectos. Levantándose, se dirigió con paso firme, y algo de mala hostia, hacia el escenario de los acontecimientos. La chica le vió, se dirigió hacia el con cierta mirada de miedo y de preocupación. Entendió pronto nuestro amigo Mengano que el miedo de aquella mirada era por el mal momento que acababa de pasar, y que la preocupación era por el posible daño que podrían inferir a su persona. Así pues en el rápido desenlace de los acontecimientos, Mengano comprendió pronto que lo mejor era volver a la mesa y olvidar el desagradable momento. El agresivo chico lucía un peinado estilo mohawk macarril, que puso de moda el galáctico Beckham,  así como un tatuaje tribal en el brazo izquierdo. El esperma característico de la marca “el niño” se reflejaba en su camiseta, que carecía de mangas. Y todo hubiese quedado en un susto sin más, un suceso desagradable en una vida de éxitos (ya que nos ponemos a escribir…), de no ser porque aquel chico tenía ganas de liarla. Y justo después de apartar a la chica de su lado, nuestro Mengano recibió un empujón, no muy fuerte; de esos empujones que no pretenden hacer daño, pero pretenden llamar la atención, en sentido pugilístico. Mengano lo interpretó así, más que nada por la frase que acompañó al gesto: “¿Qué quieres, que te infle a hostias?”

El amigo de aquel mentecato contemplaba la escena con una estúpida sonrisa de oreja a oreja, encantado con la posible pelea que se avecinaba.

Mengano miró a aquel imbécil de arriba abajo, calculando sus posibilidades. Era evidente que aquél chico le iba a machacar: le sacaba dos cabezas, y eso si se ponía de puntillas, y  sus brazos eran gigantescos: con el tribal de su brazo izquierdo podría hacerse, bien estirado,  un felpudo para el baño. Así que se limitó a responder con el arma de los débiles, la ironía. Su reacción fue tan simple como efectiva: le tiró un beso. Aquello era un vacile difícil de soportar, y aquel bicho se acercó con cara de pocos amigos a Mengano. Desde el bar se oía una música que  le hizo sonreir, pues era una canción de Smash Mouth: Why can´t we be friends?. Muy propio de los guantazos que se avecinaban, muchos de los cuales, a no ser que mediase intercesión divina, se los iba a llevar nuestro querido protagonista. A medida que el bicho se acercaba, Mengano retrocedía, sin darle la espada, fijos sus ojos en los de aquel ser, enrojecidos por el humo. Estaba justo al lado de la mesa, donde sus contertulios, amigos de la chica que minutos antes estaba pidiendo bebida, contemplaban la escena haciéndose los suecos. Vamos, como si no conociesen a Mengano, ni en la vida hubiesen oido hablar de él. Por unos instantes, Mengano contempló la posibilidad de, si sobrevivía a los golpes, meterles un tubo de escape a todos y cada uno de ellos por el culo. O unas llantas. Ya se vería. El caso es que casi estaba encima de ellos, que tímidamente se apartaron, sin hacer ruido, sin molestar; mecánicos de la cobardía. Y ya estaba casi encima de la mesa, cuando acabó harto y, no podemos decir que armándose de valor, pues este nunca le había faltado, pero si de aire, le gritó a su furibundo contrario algo así como: “ ¡si quieres que te pegue más fuerte de lo que te pega tu padre, ven aquí si tienes huevos!”.  Lo cual enfureció a su estúpido asaltante, posiblemente porque en realidad su padre sí que le pegaba, y se lanzó a la carrera contra Mengano, pues sabía perfectamente que la presa era segura, y la sangre podría correr a borbotones. Fue fácil, fue limpio. Tan sencillo que Mengano lo recuerda con una sonrisa pues, al ritmo de smash mouth, tuvo los reflejos suficientes como para apartarse de la trayectoria del puño que quería descargar un brutal y contundente puñetazo contra la estructura ósea de su cara, al tiempo que su pie se trababa con el de su adversario, y sus manos lo empujaban, con fuerza, por el hombro y por la cintura. Así fue como el cencerro vestido de “el niño” voló por los aires, no a mucha altura, para qué vamos a mentir. Pero si la suficiente como para caer justo encima de la mesa, y romperla con el peso del cuerpo a él inherente. No sabía si reirse, irse o aprovechar el momento y apalear a aquel bichejo. El caso es que Mengano fue imbécil y su reacción consistió en acercarse a aquél chico y preguntar: “estás bien?”. Craso error. No era un ser racional, la filosofía de Hegel no funcionaba con aquel tipo. Y cuando Mengano le tendía la mano para ayudarle a recuperar la verticalidad, aquel ser lo aprovechó para desbaratar su equilibrio y tirarlo al suelo. Rodó sobre si mismo Mengano, al lado contrario de su agresor, para levantarse. Se oía al dueño del bar decir aquello de “he llamado a la policía; si queréis pegaros, os vais a la calle”. Ya no había trucos posibles, ni mesas que romper. Volvían a llegar a las manos, mientras en el bar sonaba la mítica canción de Metallica “nothing else matters”. Irónico destino otra vez. Mengano comprendió que la única salida que tenia era la contundencia. Así que, ya los dos en pie, dirigió un directo a la nariz de aquel alterador del orden público. No se lo esperaba; al fin y al cabo él era el matón, el fuerte, el que iba a reventar vértebras. No reaccionó: le dolió, sí, pero no lo suficiente para dejar una trifulca… simplemente, le sorprendió. Su amigo hace tiempo que no se reía, y se limitó a sujetar a su compañero y sugerirle que desistiese. El otro hizo agrios ademanes de venir a por Mengano, que lo esperaba desafiante, demasiado confiado en sus propias posibilidades. Pero aquel ser acabó por irse, con su camiseta de “el niño” empapada de sangre, y la frustración de no haber conseguido ni sexo, ni sangre(que no fuese la suya propia,claro). La chica que le acompañaba, que había permanecido muda, pálida, sin reacción, durante la querella, fue a abrazarle, medio llorando, medio sorprendida por el desenlace de los acontecimientos.

Mengano volvió con sus “amigos”, que le preguntaban aquella cantinela protocolaria y falaz de “¿estás bien?”.

Y Mengano respondió “sí, estoy bien”. No obstante, no pudo evitar pensar “ y estaré mucho mejor que vosotros cuando os meta vuestros tubos de escape por el culo”.

Estado de Bienestar

Era una vez un cuaderno vacío
Lleno de historias aún por contar
Esto aquí, esto allá, voy a desayunar
 
Era una vez un boligrafo negro
Lleno de trazos por marcar
Esto aquí, esto allá, y ahora empiezo a pensar
 
Era una vez una frase vacía
Llena de letras por desordenar
esto aqui, esto alla, bajo un ratito a nadar
 
Estoy entre hacerme el artista o irme a estudiar
y dudo entre pierna de pollo o cordero y couscous
entre comer en mi casa o comerme un menu
 
Era una vez una tarde lluviosa
Llena de horas por aprovechar
esto aqui, esto alla, me voy a ver el mar
 
Y  estoy entre perder la tarde o empezar a pensar
estoy entre hacer un poema o irme a cenar
estoy entre hacerme el artista o irme a sobar
creo que hoy tengo estado de bienestar

Hoy he decidido matar a Eugenio (es ficción, que conste!!)

Escribo algo entre clase y clase? No, qué va! Ya lo tenía escrito. Quizá nunca fue expresado en medio físico alguno, pero de alguna forma ya estaba escrito. Y quién sabe de que voy a hablar en estos misteriosos momentos. Mi mente elucubra imágenes que se van dictando poco a poco en este Nuevo Documento de Microsoft Word, que va recogiendo, mansamente, sin preguntar, sin saber qué le está pasando, todas y cada una de mis apreciaciones. Que pueden ser muy estúpidas, si, pero se van recogiendo poco a poco sin ningún tipo de problemas, lo que me hace pensar que  ciertamente estamos equivocados al juzgar, hablar, o escribir acerca de la “rebelión de las máquinas”, puesto que es evidente que las únicas máquinas que se revelan son las de fotos. Aquí enfrente del teclado, vista al frente, con una disciplina férrea propia de un militar o de un medio de comunicación propagandístico superior, el país se doblega ante las más altas tecnologías. Parece que lo que acabo de decir no tiene sentido alguno, pero demonios, si que lo tiene. Toda la frase, desde un punto que marca la muerte de la asertación anterior hasta el final que dicta la agonía de un último pensamiento, tiene sentido. Recorren de una manera medianamente ágil mis dedos las teclas situadas exactamente en un ángulo recto debajo de mi nariz, pensando que finalmente vamos a escribir una historia de terror, donde alguien va a morir, donde alguien lo va a pasar mal hasta que muera, va a vivir instantes de angustia tan desagradables que el lector va a tener miedo a continuar leyendo, pues sabrá que el inefable final que espera al protagonista de ésta historia es certero como que hoy se pondrá el sol. Además se sentirá identificado de alguna manera con nuestro querido protagonista. Será un hombre, puesto que mi mente no es capaz de lucubrar finales funestos para humanos del sexo femenino. Será un hombre bueno, lo que no quiere decir que sea un hombre ejemplar; tendrá innumerables defectos, habrá sumado a su vida innumerables vicios, la perfección estará tan alejada de él como los barrenderos de los cubos de basura durante una huelga. Pero… y quién no tiene defectos? Digamos que este hombre tiene unos 28 años, edad con la que todo el mundo puede llegar a identificarse: o la ha tenido, o la tendrá. O la está teniendo ahora mismo, y además tiene la desgracia de llamarse Eugenio y haber nacido el 8 de febrero. Como nuestro protagonista, que dentro de poco estará relativamente muerto.

 Y es que es un 8 de febrero cuando arranca nuestra historia. Un frío como sólo puede sentirse en la Asturias profunda, más cerca de León que de la costa. En un pequeño hórreo reconvertido en cómoda vivienda, nuestro amigo Eugenio celebraba su vigésimo octavo cumpleaños. Y lo celebraba según la costumbre mas acostumbrada por el hombre moderno occidental: unos amigos, algo para picar, y alcohol, mucho alcohol. Fue así como Eugenio pasó la tarde y parte de la noche con sus invitados. Realmente, no todos eran sus amigos, pues la vida social de este hombre se limitaba casi básicamente al Messenger, pero su hermana se había traído a unos cuantos amigos aprovechando la ocasión: una fiesta gratis y en tu propia casa no se da todos los días. Fue así como Eugenio llegó al entumecimiento de los sentidos característico de la cogorza.

Casi flotando, con ciertas ganas de vomitar, Eugenio salió a la calle con la intención de respirar aire puro y recobrar cierto sentido de la realidad. Pensó acertadamente que el aire fresco de la noche asturiana lo reconfortaría. Pero había olvidado que su nacimiento se produjo en una helada noche de febrero. Y que hoy estaba celebrando su cumpleaños, luego no era extraño que aquel fenómeno meteorológico se repitiese. Y el viento soplaba en todas direcciones, arremolinado, cuchillos de frío atravesaban el cuerpo bien abrigado de nuestro querido amigo.

Eugenio había convocado a la musas del vodka en exceso. Con tanto reclamo, había dejado el Valhalla vacío. Y ahora luchaba por no perder la dignidad del movimiento recto y se esmeraba por acortar el zig- zag que, sin proponérselo, marcaban sus piernas en la nieve, que había cuajado horas atrás. Y vio aquel camino, marcado por unos lánguidos pinos que se mecían a la voluntad del frío invernal.

Frío que no era muy diferente que aquel que encogía su propio corazón cuando, desde que era un niño, su inocente mirada se posaba en aquel camino de piedra, escoltado por árboles gigantes que parecían observar al viajero con un cierto deje de violencia, de brutalidad. Nunca antes se había planteado la posibilidad de caminar por aquella cañada abandonada hace siglos, convertida en camino hace otros tantos, perdido a la voluntad del tiempo. Pero el alcohol no le tiene miedo a nada. Y la ceguera de  Eugenio era casi espiritual, así que caminó, no podemos decir que con paso firme, hacia aquel camino que se perdía en la oscuridad. Al inicio del camino la luna imponía su clárida luz al incesante empuje del viento, y esa claridad meridiana con la que advertía el camino hizo creer a Eugenio que nada era imposible. Continuó por aquella senda, ajeno a la voz que le hablaba, le gritaba, desde su interior, advirtiéndole de un peligro visceral que hacía que su corazón latiese más rápido, descontrolado. Pero atribuyó inconsciente, borracho como estaba, aquel pálpito acelerado al frío que le hacía estremecerse dentro de su abrigo. Y siguió caminando.

Siguió caminando hasta que, de haber echado un vistazo a su espalda, hubiera visto que su casa había desaparecido; ya no se oían las voces familiares, o al menos reconocibles, de los invitados que momentos antes compartían risas, juegos y bebida con él. El fuego del hogar se divisaba tenue, pareciendo más un fuego fatuo, o fantasmal, que el centro de calor de su propia casa. Habría notado que la frondosidad de la vegetación crecía al tiempo que a la luz de luna le resultaba más y más difícil penetrar entre el follaje. Pero su sentido común seguía estando disimulado con el alcohol, y ante la falta de oscuridad tuvo la absurda idea de iluminar el suelo con la tenue luz de su propio móvil. Había decidido, finalmente, acabar con todos sus miedos, con todos sus fantasmas, y llegar al final de aquel lánguido trayecto. Fuese el que fuese.

No pudo advertir por tanto los primeros pasos de una criatura que se acercaba por su espalda, agazapada en la oscuridad, aliada con la noche. Si Eugenio fuese un animal salvaje, o simplemente hubiese estado más atento a su propio instinto, hubiese distinguido entre la masa de aire frío un intenso olor a almizcle. Pero no lo estaba, por lo tanto no pudo sentir la sonrisa que dibujó en la profundidad de la noche el contorno de unos dientes blancos. Una sonrisa ansiosa, de necesidad.

Tampoco pudo advertir que unos pasos se acercaban, mecidos y acompasados con el viento. Unos pasos que procuraban moverse con el viento a su favor, para no despertar sospechas, pero que hace tiempo decidieron simplemente moverse sin hacer ruido: nadie se iba a percatar de su presencia.

Y así fue el camino para Eugenio hasta que la oscuridad fue total. Ya ni siquiera los árboles proyectaban sombras en el suelo del camino. Sus ramas habían cerrado todo rastro de luz, y su móvil sólo le permitía verse las manos. Nada más. Cosa que al resto del mundo le hubiese parecido una luz miserable, inapropiada, inexistente. Pero a Eugenio le pareció la luz de la vida cuando su móvil emitió un leve pitido, y se apagó. Oscuridad total. Lo había conseguido, la borrachera se había disipado. Ahora sí, estaba atento a todo lo que acontecía a su alrededor. Algo a su espalda también se percató de la situación.

Inmovilizado, aterrorizado, tragado por la oscuridad, Eugenio intentaba pensar qué es lo que debía de hacer. Estaba a punto de vomitar, cuando un ruido alertó todas y cada una de sus terminaciones nerviosas. Un simple “clic” de una ramita, a su derecha, entre dos árboles. Cogió el móvil con firmeza, presto a defenderse del posible agresor. No le hubiese servido para nada, pero se aferró al inservible instrumento como si fuese el arma definitiva. Escuchó, alerta a todo lo que respirase a su alrededor. Nada. Posiblemente, se tranquilizó, el viento había quebrado alguna ramita.

Pero de pronto los sintió. Unos ojos desgarraban la oscuridad, mirándole.

Y no era un animal. De alguna manera, esos ojos miraban con inteligencia, conscientes de lo que estaban viendo. El terror se hizo carne cuando se recortó una figura humanoide, tan cerca de Eugenio que podía oler perfectamente su desagradable perfume. Y Eugenio gritó, a la vez que lanzaba el móvil hacia aquel ser surgido de la nada, que ponía en peligro su seguridad vital. El móvil fue tragado por la noche. La figura se acercaba. Algo hizo que Eugenio desistiese en el mismo momento en que iba a avalanzarse sobre aquel ser, presto a luchar por su propia supervivencia. Era un rostro conocido. Era un hombre. Era el novio de su hermana.

Alegría es una palabra que se aproxima a lo que sintió Eugenio ante aquella revelación. Lo que iba a ser un ataque desesperado se transformó en un abrazo.

Abrazo que se quedo en tan sólo una buena intención cuando percibió que aquel chico, que conocía bien, aproximaba a su cuello una navaja. Y la sangre arterial hubiese salpicado el suelo del camino, como si fuese un antiguo ritual de magia negra, de no ser porque la providencia colocó junto al pié derecho de Eugenio una piedra, de tal manera que el acto reflejo de echarse hacia atrás se alió con la gravedad, tirándolo al suelo, poniéndolo a salvo por un instante. Y su agresor cayó con el, en un instante eterno en el que ambos forcejeaban por dejar su carne a salvo del desgarro del metal. En un último instante Eugenio  consiguió milagrosamente desarmar de un manotazo a su agresor, que cayó pesadamente justo encima de él. Las manos de cada cual fueron trémulas a agarrar el cuello del otro. Así comenzó la lucha por estrangularse. Eugenio, sorprendido, cansado, con el miedo todavía palpitándole en la sien, luchaba torpemente por no ceder ante la suerte que le aguardaba. El otro era más fuerte, no podía evitar su muerte. Lo sabía, pero luchaba. Los ojos del hombre que le estaba a punto de dar muerte estaban inyectados en sangre. Y cuando Eugenio finalmente dejó de apretar, una sarcástica sonrisa blanca se dibujo en la cara del asesino. Y siguió apretando. Estaba a punto de salir el sol. Pero, para cuando amaneciese, para Eugenio ya sería demasiado tarde.

la verdad sobre El Che

 

Y resulta poco esperanzador pensar que en esta hora sombría de la tarde tendría que estar en clase de derecho financiero(y tributario), pero mi estimado profesor, amante de los marcianos y muy posiblemente ávido comedor de salchichas de frankfurt, ha decidido no acudir a la cita marcada por el destino… bueno, por el destino no, por el horario de clase aprobado por el decanato de mi universidad. La facultad de derecho ha sido un cachondeo supino desde hace años, y parece que este año, aunque sea mi último año aquí, las cosas no van a cambiar.

 

Entonces, habida cuenta de que tengo clase justo después de la hora profanada por el olvido de un profesor orondo, he decidido acercarme a una de las dos aulas de informática de las que dispone mi facultad, y escribir alguna tontería, con el ánimo de publicarla posteriormente en mi blog(palabra que, no se a los demás, pero a mi me recuerda a un erupto: “¡blog!, ups, perdone…”)

 

Y, quizá decisivamente influido por el entorno pseudo progre que me rodea, quizá porque por alguna extraña razón se ha despertado a estas horas de la tarde mi vena política, he decidido, después de esta larga y tendenciosa introducción, decir unas palabras sobre El Che. Podría decir más de lo que aquí voy a escribir en las líneas siguientes, pero a veces el tiempo no se compra, y sigue siendo el mismo.

¿Por qué, oh cielos, la imagen de El Che llena las camisetas de adolescentes y jóvenes (y no tan jóvenes)? ¿Por qué hay gente que se emociona cantando aquello de  “aprendimos a quererle desde la histórica altura donde el sol de su bravura le puso cerco a la muerte”?

las respuesta es tan simple como el ritual de procreación de un caracol, lo cual no deja de ser, como la frase misma, retorcida: por su aspecto

Posiblemente sus admiradores no saben que aquel ministro de Industria que hace buenos a Montilla y a Clos le había descerrajado personalmente un tiro en la nuca a un niño de doce años. Era el aspecto. Era un logro de la fotografía de Alberto Korda. El joven barbado que ya no podía envejecer, la mirada soñadora, la boina, la estrella. Una exaltación que se prolonga cuarenta años y que tiene más visos de crecer que de decaer.

Y eso que el hombre de las camisetas, el dueño del rostro que explotan hasta las más selectas marcas de moda, contribuyó decisivamente a la implantación del régimen que ha privado a millones de cubanos de libertad durante toda su vida. Algo evidente e inadvertido (como la carta robada de Poe) compensa la inutilidad de las protestas de los disidentes y la dificultad de los hechos para abrirse paso entre los mitos: hoy la imagen de Korda no significa nada. Los periodistas abusan estos días de la palabra "icono" olvidando que en este caso no hay objeto representado. Ya no. El de la boina estrellada, en estado bidimensional, sólo es icono en la cárcel llamada Cuba; y con excepciones notables, como la de Castro. En el resto del mundo, es decir, en el mundo (pues Cuba pertenece a otro planeta) la imagen triunfa pero el símbolo fracasa por falta de realidad subyacente, el significante se desorbita y no hallará significado, el emblema se aborta y cae en el vacío. No habría que preocuparse en exceso por lo que no es.

Hablando de preocupaciones, vamos a dar una vuelta por los últimos meses de vida de El Che, como acabó muriendo ejecutado en Bolivia, historia interesante y quizá muy distante de la imagen martirizada que dejó para las generaciones venideras, que se visten con su cara, decoran sus habitaciones, imitan su atuendo boinero, pero desconocen la verdad más allá de la propaganda oficialista de los miles de escritores seguidores de un hombre que dijo, textualmente, que “ a los gays les haría comerse sus cojones, para que aprendiesen a dejar de serlo”. Muy propio de diarios de una motocicleta, si.

El general de aviación René Barrientos era el presidente de Bolivia cuando Ernesto Guevara fue ejecutado en octubre de 1967. El Che es muy conocido en esta España nuestra, pero de Barrientos no se sabe nada.

Fue en 1964 cuando el ejército acababa de dar un golpe de estado contra el presidente Paz Estenssoro, el histórico líder del Movimiento Nacional Revolucionario que, desde 1952, y mediante golpe de estado, gobernaba Bolivia con un programa nacionalista de expropiaciones mineras y reforma agraria. Paz era un poco como el Evo Morales del momento, pero menos indígena y más ilustrado. El MNR se había labrado una leyenda latinoamericana como el movimiento que había destruido el poder de "los barones del estaño", Hoschild,, Patiño y Aramayo, quienes para las conciencias izquierdistas del momento eran como la odiosa globalización liberal de hoy día.

No es extraño que a Guevara le doliera mucho el derrocamiento del MNR. Quizás esto tuvo algo que ver con su desatinada decisión de lanzar su insurgencia en Bolivia. Imposibilitado de actuar clandestinamente en un medio social como el de los mineros, totalmente urbanizados, puso sus esperanzas en levantar a los campesinos bolivianos contra el general que había frustrado su modelo revolucionario de juventud. Grave error. Barrientos era muy popular entre los campesinos. Quien realizó la ejecución del Che fue un soldado del ejército boliviano, por lo que asumo que el soldado, antes de disparar, había recibido autorización de Barrientos. La propaganda antiamericana sostiene que la orden de ejecución la dio un tal Rodríguez(ironía del destino), agente de la CIA, pero esto es improbable, porque esta agencia prefería conservar la vida del revolucionario para evitar el aura del martirio y para sacarle información. Siempre me pregunté sobre la rectitud moral de la orden de ejecutar al Che sin más. No he logrado cuestionar seriamente la decisión. Sin duda la justicia abstracta hubiese brillado con un juicio en toda regla, pero dudo que desde otro punto de vista se hubiera hecho justicia si tal juicio se hubiese llevado a cabo. El Che atacó un país extranjero; llevaba consigo la fama de sanguinario, por lo que sus intenciones eran manifiestas. Tenía millones de admiradores en el mundo, no sólo entre las masas y las élites, sino entre muchos gobernantes. Las campañas por su liberación eran previsiblemente temibles. Su supervivencia como preso hubiera planteado problemas graves de seguridad a Bolivia. Su extradición a los Estados Unidos hubiera entrado en contradicción con el nacionalismo de los militares bolivianos.
El Che había llevado la violencia a dos continentes, por lo que no parece contrario a las leyes de la guerra que se dispusiera de su vida según una de las leyes supremas que rigen en los conflictos armados: la necesidad.

En fin, que la historia del joven atormentado dista mucho de lo que fue en realidad. No se evitará que Korda siga cobrando derechos de autor por la imagen de este hombre, que siga siendo imagen del capitalismo (que es para lo que ha quedado), ni que se le siga recordando con un aura de romanticismo idealista. Inexistente, por cierto. Tan inexistente como el sentido común crítico de una servilleta.

 

Historia de una Lámpara

La ropa yacía inservible, inerte, en el suelo. Había dos cuerpos desnudos en una cama, no muy lejana. Dos cuerpos que se encontraban profundamente unidos, un abrazo congelado en un instante eterno; se movían juntos, susurraban juntos, respiraban juntos. El tiempo era una formalidad que se había quedado atrás hace ya muchas horas, pues el reloj se había roto desde la primera señal, la primera intuición, el primer síntoma que correspondía al deseo compartido de responder la ternura con besos, el cariño con caricias, el amor con sexo. No podían evitar perderse en la insospechada profundidad de sus miradas, que llenaban sus recuerdos de aire caliente, hasta que se elevaban, se desprendían y acababan perdiéndose en una brevedad de miles de minutos, en los más recónditos límites de la cordura, dejando un espacio infinito y delicado para sentimientos que necesitaban ser expresados a través de la piel. Y es que cada centímetro de piel era una batalla de sentimientos, un grito de vida expresado a través del contacto necesario entre dos almas, que sólo deseaban despojarse de cualquier síntoma de mortalidad y estar unidas para compartir, sin esperar nada a cambio, solo por el mero hecho de compartir unos sentimientos, unas emociones y unas sensaciones que irrumpían bruscamente en sus vidas, haciéndose tan necesarias como el mero hecho de respirar, de comer y de beber. El pulso de ambos estaba acelerado, pero era acompasado como una melodía, como una gran banda sonora de una gran película. Ël besaba el cuello de ella, posando suavemente sus labios sobre su piel, para que sintiese absolutamente todo lo que estaba dispuesto a transmitir: el pensamiento que nublaba su juicio y su mente, que lo oscurecía todo como si estuviese al final de un oscuro túnel y la única salida fuese precisamente esa palabra, ese sentimiento, esa sensación, que lo embargaba todo: eternidad. La eternidad de no dar nunca un beso por perdido, de sentir que cada caricia se hacía precisamente eterna, que la huella que mutuamente se dejaban más en su alma que en su cuerpo sería profunda, imborrable. En una palabra, si, eterna. Nunca pudo comprender por mucho que lo intentase, y realmente lo había intentado, como había llegado a aquella comprensión, a aquella unión, a crear aquella necesidad tan espontánea, tan hermosa como diferente a todas las demás que su cuerpo, su mente y su alma podían haber sentido anteriormente. Todo era nuevo, era una explosión de sensaciones que comenzó desde el mismísimo momento en que sus manos coincidieron en el espacio y en el tiempo, anulando ambos, juntándose y comenzando a dar vida a un vínculo ahora indispensable. Habían subido de la mano las escaleras que les conducían hasta su cuarto, donde más tarde se perderían en lo parte más íntima del concepto de amar a otra persona. La habitación tenía apenas dos tragaluces, con lo cual estaba parcamente iluminada. Ello no impediría la actividad sexual a pareja alguna. Pero no estamos hablando de sexo, estamos hablando de compartir experiencias, sentimientos, sensaciones. Se querían mirar a los ojos. Se querían ver. Sin embargo, la luz de la habitación era demasiado, no permitiría dejar que los cuerpos de ambos se susurrasen pidiendo caricias, bañados por la bella sombra de una luz distante. Colgaba de la cabecera de la cama una lámpara, cuya bombilla dejó de funcionar hace tiempo. Ambos pensaron que sería el artificio ideal para mirarse a los ojos, besarse, y dejar que sus cuerpos se conociesen conspirando con las sombras. Pero él ya sabía que aquello era un imposible, y cuando ambos se tumbaron en el lecho que les recibía con una comodidad cordial, casi confidente, y ella alargó su mano hacia el interruptor de aquella lámpara post-apocalíptica, él le advirtió la imposibilidad eléctrica de hacerla funcionar. Ella le dirigió una mirada, también eléctrica, y accionó con descaro el interruptor. Fue así, pensó él, como Dios creó el mundo: y se hizo la luz. Y fue así como empezó todo.