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Opinión sobre el amor, escrita en menos de quince minutos…Safo era una sacerdotisa lesbiana que escribió los más maravillosos poemas de amor que se recuerden, que inspiraron a personajes tan célebres y dispares en su forma de ver el amor como Shakespeare o Quevedo. Es una lástima que se haya perdido gran parte de su producción artística, claro que por aquel entonces no existía la SGAE, ni creo que Safo formase parte de ella, sinceramente: en ese hipotético caso perderíamos directamente toda su obra, seguro… el caso es que me dispongo a escribir algo medianamente profundo-ya que muy profundo, como ocurre en otras facetas físicas y psíquicas del ser humano, puede llegar a hacer daño-, del amor. Mucha gente dice, cuenta cree, que el amor, el hecho de querer a alguien, empieza por quererse a uno mismo. Bien, esto no deja de ser verdad, pero es una verdad tan esencial como rudimentaria; todos sabemos que el hombre desciende del mono. Y no vamos por ahí manifestándolo como una verdad profunda y definitiva… lo sabemos, y punto. A no ser que seas antropólogo o arqueólogo, claro. En ese caso, profundizas, obviamente. Pues efectivamente, todo el mundo que ama, ha amado o va a amar, a alguien, ha empezado por amarse /quererse a sí mismo. El por qué, según mi particular punto de vista, es lo siguiente: seguridad. Hay que tener seguridad en uno mismo para transmitir seguridad. Cuando hay amor propio, hay seguridad. Olvidémonos de paroxismos romanticones y centrémonos en la misma teleología del amor: qué buscamos en una relación, en un amor maduro, consolidado, estable? La palabra seguridad reluce por todos lados: seguridad en los sentimientos del otro, seguridad en la posición del otro, seguridad en un futuro más o menos estructurado. Y esa seguridad se complemente y se sostiene con la de la otra parte: a su vez tenemos que ser conscientes del mundo que nos rodea, de los obstáculos que nos vamos a encontrar como elementos singulares y como pareja, de los objetivos que tenemos como personas, de nuestra propia posición en el mundo. Tienes que tener seguridad de lo que quieres, de lo que haces, de lo que piensas, y transmitirla al ser amado. Somos animales, no lo olvidemos, y una vez se acaban las sensaciones espúreas y tan necesarias de la copulación, sólo queremos sentirnos seguros con la otra persona, y la seguridad se manifiesta en la satisfacción de objetivos e interés, tanto comunes, de la pareja, como de cada una de las partes que la componen. Hay que dar seguridad y recibir seguridad. Si no, todo se concentra y se pierde en momentos espontáneos, llamativos y, por qué no decirlo, sensacionales, de pasión vertida en toda clase de emociones. Pero cuando todo esto acaba, cuando dejamos de producir serotonina, no hay nada. La suerte es que, si hay seguridad en uno mismo, esa seguridad se transmite a la pareja, y pueda hacerla afrontar objetivos, y conseguir objetivos, fortalecerla para cuando sea necesaria esa fuerza, ese apoyo, para la consecución de los objetivos de la pareja y de la otra parte. Pero la seguridad en una estabilidad futura, al unísono entre dos personas, es lo que constituye el amor como algo más que un conjunto de reacciones químicas, y lo constituye como un todo coherente y razonable, una forma perfecta de hacer inolvidable cada minuto, con los sesenta segundos que lo recorren. con subrayador y a lo locoTrazo versos en verde sobre el cuaderno
se me olvidó el bolígrafo, el tiempo es eterno
mientras el profesor hace gárgaras para iniciar la clase
y pasa lento, como con miedo a ser decapitado
pienso en lo que estudiaré por la tarde;
"quijotera organizándose para la fase de estudios"
y pienso y siento, en un recuerdo instantáneo
la textura de su piel en mis labios
y recuerdo sus ojos verdes, y los describo en fosforito
como la tinta verde que se corre, perversión permitida,
con el torpe movimiento de mi mano izquierda, sobre el papel,
que aspira a tener memoria a cuadros, a anhelar vicios ocultos,
a contar sentimientos que no le están permitidos,
y yo, cansado de subrayar todas las tardes como un enajenado
pienso que cuando vuelva a tocar su piel,
mis dedos estarán manchados con la textura pringosa, fosforita y verde
de mi subrayador, intrumento oligofrénico,
que sirve también para escribir al ser amado.
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