Cruz Pedro 的个人资料La Quijotera de Moe照片日志列表更多 工具 帮助

日志


Muere un gran hombre. A su manera, le echaremos de menos

No era un hombre simpático. Ni siquiera tenía carisma. Era más bien tosco, difícil en las formas, en el tratamiento. Sus tierras eran su mayor preocupación desde que, a los diecisiete años, tuvo que ocuparse forzosamente de ellas. Su padre había muerto, y no tuvo otro remedio que subirse a su caballo y proteger sus posesiones. Trabajó largos años en el campo, con un azadón atado a la espalda y un revólver en el cinto, para sacar sus tierras y a su familia adelante. En una Argentina difícil, el campo se hacía más difícil, casi salvaje, y la supervivencia consistía en seguir vivo un día tras otro, y en que no te robasen demasiadas cabezas de ganado, para poder comer durante ese año. Pero mi tío José Mari hizo mucho más que eso. Era un personaje de los que ya no quedan, un modelo de trabajo y capacidad de sufrimiento que la sociedad actual ha relegado a los ilusos que quieren prosperar. Porque mi tío José Mari, nacido en Bilbao, prosperó. No tuvo vida social, ni amantes, ni tiempo para pensar en ello. Quizá la necesidad lo llevó a superarse, pero lo hizo de una manera extraordinaria. Después de veinte años de duro trabajo, que se dice pronto pero, supongo, debieron ser una pesadilla de horas y horas de trabajo bajo el sol, de largos paseos a caballo bajo la penumbra de una luna que bañaba de plata unas tierras hostiles a la mano del hombre, vigilando el ganado, José Mari tuvo dinero para empezar a comprar las tierras cercanas a las suyas. Me consta que algunas de esas tierras eran yermas. Me consta que, hoy en día, en ellas se alza la mayor plantación de soja de toda Argentina. Aquel “gallego” que había ido a Argentina a buscar fortuna, finalmente empezaba a alcanzar su sueño. En los veinte años siguientes José Mari acabó comprando la mayor parte de las tierras de cultivo y labranza de Santa Fé, y se había convertido por sí sólo en uno de los principales exportadores de ganado de toda la Argentina. Alguna vez habéis comido en La Vaca Argentina? su carne era de las reses de José Mari. Su éxito personal no dejaba de empañar su escasa capacidad para socializarse. Alguna vez estuvo casado, con una señora de clase alta de Bilbao, pues su apellido, Chalbaud, en aquel entones todavía era conocido en la alta sociedad bilbaína; todavía hoy lo hace, en parte gracias a su propio esfuerzo, pues no hay nada que te reporte más fama social que la envidia.  Lógicamente el matrimonio de conveniencia estaba abocado al desastre, y así fue. La primera vez que le vi, a este primo de mi madre me lo presentaron como “el tío de argentina”. Le tendí la mano, mirándole a los ojos para recordar su rostro. Recuerdo una mueca de ironía: acaso fue la primera vez que le estrechaba la mano a un niño. Pero aquel hombre reclamaba un apretón de manos, no dos besos, como es costumbre cuando eres tan pequeño como yo lo era entonces. Ironías de la vida, hace ya tiempo que tengo la edad social suficiente como para saludar como un hombre, con un apretón de manos, y sin embargo hace años que saludo al “tio de argentina” con un abrazo. Eso si, un abrazo distante, como sin querer comprometer demasiado afecto. La última vez que nos saludamos, no obstante, una palmadita en la espalda- que no me dolió, pero casi-, me indicó algo de humanidad por su parte. Era un hombre extraordinariamente fuerte, y cuando digo extraordinariamente fuerte, lo digo porque lo era: pues una mudanza me hizo comprobar de primera mano que era capaz de sostener, con una mano y sin dificultades, un baúl que entre mi padre, mi hermano y yo, sólo éramos capaces de arrastrar malamente. Parecía salido de un Western, un John Wayne de la vida real enganchado a su caballo en Argentina, con sombrero y todo. Duro como las piedras que le sirvieron de mojones para indicar los límites de sus fincas. En los últimos tiempos, quiso vivir, ya con la vida resuelta y a los sesenta años, todo lo que no había vivido anteriormente. Y tuvo una hija, que esperaba bautizar, en Asturias, este mes de julio. Siempre repartía parte del ganado entre sus trabajadores, tanto en tiempos de bonanza como con crisis.  Confiaba en ellos tanto como ellos confiaban en el, que es mucho. No es de extrañar por tanto que fuese precisamente uno de sus trabajadores, un veterinario, el que le alertase sobre unos dolores que sufría en el estómago desde hace varios días. José Mari se desentendió del asunto. Había huelga en Argentina, la gente andaba revuelta, robos, tiros aislados y ganado revuelto, muerto a tiros por los propios vaqueros que cuidaban de él, presas de la rabia y de la impotencia. Una vez más tenía que subirse a su caballo, picar espuelas y recorrer sus propiedades, intentando calmar a los agricultores y vaqueros que trabajaban para él, que protestaban contra la nueva medida del gobierno. A nadie le perjudicaba más aquella medida propia de otras latitudes y otras épocas-es decir, años cincuenta y en Rusia-, que a mi tío. Pero en esos momentos sólo quedaba apretar los dientes, subirse a su caballo y calmar a los hombres y a las bestias. Imagino que fue así como un agudo dolor lo obligó a desmontar por última vez, hincar la rodilla en el suelo, mientras sus trabajadores, los amigos más fieles que en su vida ha tenido, le llevaban como podían al hospital más cercano. Le diagnosticaron un paro digestivo, y le dieron dos horas de vida. Le extirparon el intestino y el hígado. Sobrevivió dieciocho horas. No sufrió, a pesar de todo, pues las paso sedado. Es así como se van los grandes hombres, los de la sonrisa desaparecida en un rictus que recordaba el trabajo que cuesta llegar al éxito, los que no saben lo que es trabajar, sino que reinventaron el término trabajar. Se va un buen hombre, sin grandes frases y sin molestar.  Que Dios le tenga en su gloria, y que nos espere muchos años.

La mañana de ayer

Mi móvil suena de repente con una exhalación de sonidos desacertados

Dejo de soñar justo cuando empezaba la parte más cursi de mi sueño:

Una sonrisa dulce que me transmite cariño, alegría y pasión, una mirada…

Pero la mañana se rompe con un bostezo cuando pongo los pies en el suelo

Después de tanto dormir las ojeras se desdibujan con un recuerdo,

Sus labios esbozando aquella sonrisa que recuerdo desde el mes de enero.

Que febrero y marzo no se ofendan,  pues también les tocó a ellos sonreír

Y mientras busco las zapatillas con los dedos, confío su sonrisa a este abril

Homenaje póstumo a Einstein es mi pelo desbaratado, bajo a cazar café

Y lo atrapo en una taza, caliente lo bebo de golpe, me tengo que mover

Son quince minutos para vestirme y llegar a clase, qué se le va a hacer!

Me visto a toda prisa, me lavo los dientes… y en el espejo sonrío sin querer

Homenaje a un gran escritor

 Fué uno de los autores del "Cara al Sol", himno falangista. Tambien era conde-. "¿cómo no voy a ser de derechas, si soy conde, rico, gordo y diplomático? ¿qué quieren ustedes que sea?'"-,  Motivos suficientes para acabar en el baúl de los recuerdos, pues así es la política. Se llamaba Agustín de Foxá. era diplomático y fascista. Motivos suficientes- supongo que el de fascista más-, para que se le haya relegado al olvido. En la Memoria Histórica de Zapatero no cuentan los fachas, aunque, como es el caso, sean escritores de un talento extraordinario. Si bien es verdad que Foxá escribió "Madrid de Corte a Checa", donde habla del grado de envilecimiento en algunos sectores del bando republicano, Foxá fué, sobre todo, un poeta sin parangón. Hace relativamente poco cayó en mis manos una pequeña recopilación de su poesía, sencillamente, impresionante. Dos muestras pequeñísimas de su talento: un epitafio a un marqués de la época: "epitafio en honor de un conocido marqués ya fallecido, algo pedorro y miramelindo: Dejó este mundo de abrojos/al fin el señor marqués./ El marqués cerró los ojos./ Los tres”.
 
y esta conmovedora poesía:
 
Melancolía del desaparecer:

Y pensar que después que yo me muera
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.

Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.

Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar, yo solo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja

El Sí electoral

Si puedes mantener el sentido común cuando a tu alrededor
todos han perdido el suyo y te llaman fascista;
si puedes confiar en ti mismo cuando todos los medios de comunicación dudan de ti,
y no dejas de pensar por ti mismo, pero al tiempo tienes en cuenta sus dudas;
si puedes esperar un cambio, aguantando los insultos, sin que la espera te haga cansarte,
o, si te mienten desde el gobierno, no pagas con mentiras,
o, si eres odiado por los nacionalistas, no das paso a tu propio odio,
y, aún así, no pareces demasiado bueno ni hablas con demasiada sabiduría;

Si puedes soñar en un gran pacto de estado y no dejar que ése sueño te domine,
si puedes pensar  y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si te has encontrado con el Triunfo y el Desastre
y tratas a esos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar cómo la verdad que tú has enunciado
es distorsionada por bribones sectarios a sueldo para engañar a los españoles,
o ver cómo las cosas a las que has entregado tu vida se han roto,
y agacharte, y reconstruirlas con herramientas desgastadas;

Si puedes hacer un programa decente con todas tus ideas
y arriesgarlas todas ellas en unas elecciones,
y perder, y comenzar de nuevo desde el principio
y no dejar nunca escapar una palabra sobre tu pérdida;
si puedes forzar a tu corazón y nervios y tendones
para derrotar a ETA mucho después de que se  te hayan gastado,
y aguantar así cuando no te quede nada
excepto la Voluntad, que les dice “¡Aguantad!”

Si puedes hablar con los sindicatos y mantener tu virtud,
o caminar entre líderes mundiales sin perder el sentido común,
si no te pueden herir ni los amigos ni los enemigos,
si el hombre como individuo cuenta para ti, pero la colectividad no demasiado;
si puedes llenar un minuto inolvidable
con los sesenta segundos que lo recorren,
tu responsabilidad es la patria y todo lo que en ella habita,
y, lo que es más, ¡votarás al PP, hijo mío!