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日志


Zama: la carga de los elefantes.

Era un mes de octubre especialmente caluroso. Allí, en aquella llanura yerma, alejada del favor de los dioses y la misericordia de la vegetación, se hallaban en formación dos ejércitos dispuestos a luchar hasta la aniquilación, hasta el agotamiento repentino de la muerte a espada, vendiendo caro cada palmo de tierra que sus pesadas sandalias militares resguardaban del avance enemigo. Más de ochenta mil almas dispuestas a sacrificarse en una lucha intuitu personae, donde cada combate sería único, donde el hombre sería la medida del hombre por la fuerza de su propio coraje, de su propia destreza, de su propia condición física. Allí donde los amigos no podían ayudarte, porque estarían bastante ocupados tratando de sobrevivir, ya volaban en círculos bandadas enteras de enormes y salvajes buitres, que en pocas horas se podrían empezar a saciar de carne humana, antes de que hubiese un vencedor, si es que lo había y no se iban todos al infierno. En el desierto africano se encontraban las tropas mercenarias y africanas de Aníbal, que había sido obligado a volver a África después de la inutilidad del senado de su pueblo, más ocupado en enriquecerse que en reforzar su victoriosa campaña militar por toda Italia. Y cuando a un cónsul romano se le ocurrió la locura de atacar en suelo cartaginés, la inutilidad volvió a presidir las acciones del senado, uno de cuyos miembros, Giscón, a su vez general, fue vencido, como ya le ocurrió en Hispania, una y otra vez por aquel osado romano llamado Publio Cornelio Escipión. Tuvo que licenciar-o, lo que es lo mismo, dejar a merced de las legiones romanas-a más de diez mil de sus mercenarios, hombres con los que  había cruzado los pirineos. Todo porque el senado de Cartago, allí conocido como Balanza, se negó a enviarle, simplemente, más barcos para transportar a sus tropas. La victoria hubiese sido segura. Lo que más le pesaba era lo de los caballos: con la necesidad de desplazar un ejército entero en unas pocas trirremes, no había lugar para caballos… y tuvo que sacrificarlos a todos. Esperaba no echarlos de menos; ante él se extendía la caballería romana. A la izquierda, el rey Masinisa de Numidia, aliado de los romanos, se lanzaba en cuña con más de cuatro mil jinetes. Ese flanco estaba protegido por su propio aliado, Tequeo, que ambicionaba el trono y que guiaba una fuerza similar. Lo que más le preocupaba era el flanco derecho, pues su mejor general, Maharbal, sólo contaba con los bisoños reclutas que Cartago había conseguido reunir: inferiores en número, hijos de senadores en su mayoría, se enfrentaban al tribuno Lelio y una caballería que llevaba ya dos años luchando y matando, a veces muriendo, por aquellas tierras. No, pensó Aníbal, la batalla se deberá decidir por la fuerza de la infantería, en la que contaba con, al menos, cinco mil hombres más. Y Maharbal cumplió con las expectativas de su general en jefe, y comenzó una escaramuza con los caballeros de Lelio, con el único propósito de alejar más y más del centro del combate aquella turma de caballería. Y los romanos satisfacían sus deseos, pues comenzaban a perseguir la caballería de Cartago sin percatarse de que se alejaban, cada vez más, del centro del combate. A su izquierda, Tequeo contenía al joven rey Masinisa, y sus bestias chocaban brutalmente unas con otras, relinchaban, mordían, mientras sus jinetes hundían en la carne desnuda sus aceros, luchaban, amputaban, mataban y morían en un desenfreno inmisericorde de terror y sangre. El flanco izquierdo de Zama no era una batalla entre Cartago y Roma, -pensó Aníbal-. Era una guerra civil. Pero todo iba bien. Su ejército estaba desplegado en tres líneas bien diferenciadas: en la primera, estaban los mercenarios de su fallecido hermano Magón, en su mayoría hispanos y galos. Después estaban los soldados de la propia Cartago, un ejército que, por primera vez en más de catorce años de guerra, se enfrentaba a la amarga posibilidad de  la derrota  militar y política; a la conquista. En la tercera línea había mauritanos, libios, itálicos, galos, hispanos, númidas, seléucidas… la tercera línea llevaba doce años sin ser derrotada en combate.  Eran los mercenarios de Aníbal. Sus soldados. Pero no había que olvidar algo importante, pensaba Aníbal. Los elefantes. Ochenta bestias entrenadas para embestir y destruir. Y con arqueros en los cestos de su lomo. La más cruel de las caballerías, como dijo Aristóteles, eran los elefantes. Y les ordenó atacar. Sembrarían de destrucción y de caos las primeras líneas romanas. El caos sería la tumba de Escipión. Sus mercenarios entrarían como un cuchillo entre las desordenadas filas romanas. Y todo lo que quedaría por hacer sería matar. Matar, matar y matar. Igual que en Cannae. Bramaban sus elefantes. Ya era la hora. Se acercaba el fin.

 

Cayo Valerio, posicionado en la primera línea de defensa romana, al frente de los hastati de la V legión, pudo ver cómo unas grandes bestias se empezaban a mover decididamente hacia ellos. Eran los elefantes.  Respiró varias veces con profundidad. Miró a ambos lados. Sus hombres tampoco podían evitar tener los ojos fijos en aquella manada de bestias que se acercaba adquiriendo cada vez más velocidad. Cayo Valerio carraspeó profusamente y escupió en el suelo. Tenía la garganta seca. Miró hacia atrás, buscando una señal del cónsul de Roma. Nada. Impasible. Le dolía el cuello. Había dormido en una mala posición, y tenía tortícolis. Movió el cuello a izquierda y derecha. Casi se echó a reír por preocuparse de una molestia tan nimia. Más aún cuando los elefantes avanzaban… ya a la carrera.

-Maldita sea- dijo, sin que nadie pudiese oírle, concentrados agónicamente como estaban sus hombres en lo que se les venía encima. Escupió en el suelo de nuevo. Miró a sus hombres. Estaban todos con los ojos muy abiertos, los escudos clavados en el suelo, los pila a su lado. Las lanzas temblaban en sus manos. Estaban aterrados.” No van a aguantar… van a romper la formación”, pensó mientras veía a la tercera formación de sus manípulos, que no portaban arma alguna, sino que iban cargados con tubas, trompas, cornetas y otros instrumentos musicales. Qué desperdicio de fila, pero eran órdenes directas del general. Cayo Valerio notó entonces una extraña vibración que le recorría la pierna derecha, luego la izquierda. Se volvió hacia el enemigo. Los elefantes corrían hacia ellos. La tierra bajo sus pies temblaba. Cayo Valerio vio cómo vibraban los escudos de sus soldados y cómo las miradas de sus hombres ya no eran de terror, sino de un pavor desconocido, un horror que nunca había visto reflejado en la faz de ningún soldado antes de aquella mañana.

-Mierda, mierda, mierda- repetía mientras salía de la formación y daba uno, dos, tres, cinco, diez, hasta veinte pasos por delante de la formación de hastati, superando a los vélites, auxiliares,  carne de cebo que de modo casi inconsciente se había replegado frente al avance de los elefantes. Cayo Valerio había leído lo peor que un centurión podía encontrar en el rostro de sus hombres: no iban a mantener la formación; el terror era demasiado poderoso. La tierra se agitaba bajo sus sandalias militares. El tribuno miró a los elefantes. Luego miró hacia sus hombres. Quería que le vieran todos. Él no se retiraba. Él iba a estar allí, sólo, si hacía falta. Si querían huir que vieran antes cómo moría un primus pilus de las legiones de Roma. Mierda, mierda, mierda. Miró de nuevo al cónsul. Nada. Quieto, como una insignia. Y tampoco había órdenes procedentes de las tubas. El único ruido que se escuchaba era el de la estampida de elefantes pisoteando la tierra de África en su irrefrenable carrera mortífera. Aquello era una locura. Un suicidio. No, no era un suicidio, era una devotio por su general, por las legiones, por Roma. Tragó la poca saliva que su boca acertaba a producir. Estaba seco y clavado en el suelo de aquella llanura como una estaca olvidada en el tiempo. Una estaca que temblaba por la abrumadora potencia de las pezuñas de los paquidermos al chocar contra el suelo sobre el que avanzaban como gigantescas catapultas en movimiento. Estaban a trescientos, doscientos, ciento cincuenta pasos...

Cayo Valerio dio por última vez la espalda a su invencible enemigo, mirando a sus legionarios, se desgañitaba sin ceder un solo paso de su posición avanzada.

-¡Mantened la formación! ¡Mantenedla u os mato a todos! ¡por todos los dioses que os mato!

A su espalda escuchó el rugido de muerte de los elefantes. Se dio la vuelta. La muerte… pensaba recibirla de frente. A cien pasos de donde se hallaba se encontraba un paquidermo bestial, que corría directamente contra él. En lo alto del enorme animal, una gran cesta poblada por cuatro arqueros empezaba a arrojar flechas contra los romanos.

-¡Aaaaaaaaah!- gritó con fuerza Cayo Valerio, como queriendo exorcizar el miedo que le atenazaba  la garganta como una tenebrosa garra. Al tiempo, a sus espaldas centenares de tubas y trompas resonaron, generando un fragor tan inmenso y ensordecedor como el de los bramidos de las propias bestias. Algunas de las enormes bestias, confundidas por el ruido que emitían las legiones, se habían asustado y abandonaban la formación intentando dar media vuelta. Eran los elefantes más jóvenes, los menos adiestrados, los más inexpertos, sorprendidos por el ruido de trompetas y tubas. Pero los guías que los controlaban, a gritos y golpes de maza, se afanaban en controlar a los elefantes enloquecidos. Y precisamente el animal que tiene frente a él, aunque al principio se amedrenta y reacciona contrariamente a los deseos de su guía, de Aníbal, de Cartago y de todos los dioses púnicos, finalmente encara al centurión y a poco más de doscientos pasos se lanza hacia él encorajinado por su guía africano. Temible, brutal será el final, la muerte, para  Cayo Lelio. Se zafa de su escudo. Se encara con el elefante. Lanza su brazo derecho hacia delante y tras él toda la fuerza de su hombro y de su cuerpo para arrojar su pilum contra el aire. La lanza surca el cielo con un silbido agudo, fino, certero. Cayo Lelio se reincorpora para ver si, con la ayuda de Marte, su pilum alcanza su objetivo. El arma degüella como un misil al guía del animal, ensartándolo de parte a parte, entrando por la garganta del africano, partiéndole la faringe, la arteria yugular y saliendo por el cogote con un chorro de profusa sangre caliente. El guía queda atravesado sobre el elefante, pues la lanza culmina su mortal e ingrávido viaje clavándose en la cesta donde van los arqueros cartagineses, de modo que aguel adiestrador de elefantes queda como una marioneta inerme sobre la testuz del titánico animal. El paquidermo siente que ya no hay quién le de órdenes y, al igual que otros compañeros suyos, se percata de los pasillos que se abren a sus ojos  y se encamina hacia ellos desechando el pequeño obstáculo que supone Cayo Valerio. El centurión siente el impacto de aire que el animal arrastra al pasarle rozando, pero sin pisarle.

Se ha salvado y le entra la risa. Desenfunda la espada y se dirige hacia sus hombres siguiendo al elefante en su carrera. Pero Valerio se ha desprotegido al dejar caer el escudo en el suelo, para así tener toda la fuerza necesaria para alcanzar con su pilum al guía del enorme animal.

-¡Apuntad a los guías, por Júpiter!, ¡Apuntad a los guías! ¡Apuntad…!

Pero no termina la frase, pues un repentino golpe, que siente en la espalda, lo deja de pronto sin resuello. Uno de los arqueros le ha disparado con el mismo acierto con el que él acababa de ensartar al guía del elefante. Otro dardo se acerca a gran velocidad, y todo lo que puede hacer Cayo Valerio es echarse al suelo,  y la flecha se pierde en la lejanía, no sin antes susurrar su afilada punta la palabra muerte al oído del centurión, que sigue asombrado por tener tan buena suerte. No tanta como él quisiera, pues la flecha anterior había impactado sobre su hombro, y cuando se levantó y empezó a caminar el hombro le ardía, pero no le impedía andar y no parecía perder demasiada sangre. Ya se recuperaría de la herida al final de la batalla. Los elefantes, en su mayoría, se perdían por los pasillos que las legiones les abrían para permitirles la huída.  Cansados por la carga en estampida, sorprendidos y asustados por el atronador ruido de centenares, miles de tubas, los elefantes encontraron en los pasillos abiertos astutamente por las legiones la muerte por centenares de lanzas y flechas que caían sobre ellos. Otros animales habían retrocedido y se volvían contra los propios cartagineses, que respondían de una forma similar. Pronto todas las bestias estarían muertas por unos o por otros, pero entretanto se llevarían por delante a decenas, quizá centenares de hombres.

-¡Mantened la formación, legionarios de la V! ¡Mantened la formación y atravesad a esos malditos elefantes con todo lo que tengáis!

Cayo Valerio gritaba sus órdenes entre la polvareda que los elefantes habían levantado a su paso. Los hastati de la V le recibieron como un espectro que regresara de entre los muertos. Y le obedecían. Es difícil no obedecer a un centurión que te da órdenes en pie, con firmeza, a gritos, cuando éste tiene una flecha clavada en la espalda y sigue luchando como si nada.

 

En la retaguardia cartaginesa. Aníbal no pudo evitar sonreír. Aquél Escipión era mucho más listo de lo que pensaba. La maniobra de los pasillos y las tubas para evitar a los elefantes había sido genial. Había evitado el caos y la destrucción que tradicionalmente acompañaban a los paquidermos en la guerra. Sin embargo, sus tropas estarían cansadas. Luchar a lanzadas contra aquellas descomunales bestias africanas no es fácil.  Los elefantes habían penetrado hasta las hileras de los príncipes y los triarii, en segunda y tercera línea de combate. Allí estaban siendo acribilladas con dardos y pila, pero los animales tardaban en morir y heridos eran más peligrosos. En su dolor, los paquidermos se revolvían sin rumbo fijo y embestían a todos los que se encontraban a su paso. Los legionarios caerían por decenas, heridos, pisoteados, ensartados por sus colmillos, golpeados por sus trompas, atravesados por los arqueros púnicos, aunque estos cada vez eran más cadáveres inmóviles sobre las bestias moribundas. Al final, seguramente algunos animales, cubiertos de sangre suya y de sangre cartaginesa, embadurnadas sus pezuñas hasta las mismísimas descomunales rodillas con sangre romana, alcanzarían el final de la formación romana y se perderían lentamente más allá de los triarii. Aníbal dudaba de que Escipión ejecutase a aquellas bestias. No podía permitirse perder más lanzas ni, ocasionalmente, más hombres. Entendió la gran posición de ventaja de la que disfrutaba. Sin caballería a la que recurrir, los romanos, menores en número y mucho más cansados, sucumbirían ante la fuerza arrolladora de la carga de sus mercenarios. Ordenó que avanzase la primera línea. La victoria era inevitable…

La Evolución de las Matemáticas.

La evolución de un problema matemático:

ENSEÑANZA DE 1960:
Un campesino vende un saco de patatas por 1000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a 4/5 del precio de la venta. ¿Cuál es su beneficio?

ENSEÑANZA DE 1970:
Un campesino vende un saco de patatas por 1000 ptas. Sus gastos de producción se elevan a 4/5 del precio de venta, esto es, a 800 ptas.
¿Cuál es su beneficio?

ENSEÑANZA MODERNA DE 1980:
Un campesino cambia un conjunto P de patatas por un conjunto M de monedas. El cardinal del conjunto M es igual a 1000 ptas., y cada elemento vale 1 Pta. Dibuja 1000 puntos gordos que representen los elementos del conjunto M. El conjunto F de los gastos de producción comprende 200 puntos gordos menos que el conjunto M. Representa el conjunto F como subconjunto del conjunto M y da la respuesta a la cuestión siguiente: ¿cuál es el cardinal del con! junto B de los beneficios?
Dibuja B con color rojo.

LOGSE:
Un agricultor vende un saco de patatas por 1000 ptas. Los gastos de producción se elevan a 800 Ptas. Y el beneficio es de 200 ptas.
Actividad: subraya la palabra "patata" y discute sobre ella con tu compañero.

LA PRÓXIMA REFORMA SOCIALISTA:
"El tio Evaristo, lavriego burges latifundista espanyol i intermediario es un Kapitalista insolidario y centralista q saenriquecido con 200 pelas al bender espekulando un mogollón d patatas".
Analiza el testo, vusca las faltas de sintasis dortografia de puntuacion, y si no las bes no t traumatices q no psa nda.
Envía unos sms a tus compis comentando los avusos antidemocraticos d Ebaristo i convocando una manifa espontanea n señal d protesta. Pásalo"

la misteriosa muerte de Calzones Amarillos

En una pequeña ladera bañada por el sol del mediodía, cuando era mediodía, y por la luz argenta de la madrugada, cuando era madrugada, se hallaba el pequeño poblado Sius más pequeño que existe en la reserva india de Cuahtemochiplitiarriquitaun. Era un poblado modesto, que no tenía grandes lujos, y si muchas privaciones. En las casas de los lugareños no había fonopuerta, sino pequeñas heces mohosas que utilizaban a modo de cantos planos, para tocar en la ventana del visitado, y que éste procediese a abrir la puerta, mediante un sistema de contracargas basado en la ley de hont: si querían los nacionalistas, abrían. Si no, pues no.  En las casas no había frigoríficos, sino indios con las manos frías que sujetaban la comida. Calentaban sus casas, en este ingeniosísimo paso de hablar del frío a hablar del calor, con gas natural. Pero natural, natural. De ese que te quedas tranquilico después. Había ventanas, y puertas, incluso había habitaciones y todas esas cosas que os gusta a vosotros que haya en las casas de los indios, alguna piel de lobo, de toro, de oso de los bosques, de cordero lechal, etc… lo que no había era vaqueros, porque básicamente el presupuesto no daba para más, y la alternativa era poner sombreros a los buitres, pero eso quedaba muy cutre y al final pues lo tuvimos que dejar tal cual. Pero no pasa nada, porque la cultura de los Sius daría para unas líneas más y así dejamos descansar a los Clín Isbut y compañía, que ya se están quedando viejunos y tampoco les vamos a tocar los guarripeichis a base de galopadas y cargarse indios y esas cosas que os gustan a vosotros tanto, todo sangre y destrucción, con indios en culos por todas partes, y alguna vaquera ingenua con un generoso escote.  Lo del  escote también lo probamos pero no hubo manera de convencer a mi primo Deuterenomio el del pueblo. Sólo quería salir desnudo, pero el atrezzo de la piel de oso ya lo teníamos, así que tuvimos que decirle que no.  El caso es que en aquella pequeña ladera de Matapuercos vivían los Sius, que eran así como indios pero en blanco. Eran blancos sucios, pintaos. El jefe de aquella simpática ladera llena de indios era Calzones Amarillos. Sus profundos ojos negros estaban llenos de paz, y de legañas. Reflejaban la sabiduría de civilizaciones antigunas, como la Encarta. No obstante, a diferencia de todas las tribus de las de antes, en las que el jefe se elegía por su sabiduría, por su edad, por su valor, por su honor, por su inteligencia, por su carisma para con su pueblo, los Sius eligieron a Calzones Amarillos por una razón muy sencilla: era el mas oscuro de todos, el que más indio parecía. Todos los viernes, Calzones Amarillos mandaba una expedición al Caprabo, a comprar alcohol en cantidades abundantes, y  se reunían en Alonso Martínez y se ponían a contar historias y a hacer el indio.  Vivían de lo que les daba ElCampo. Perdón, quería decir Alcampo, pues allí trabajaban de transportistas. Pero a pesar de lo que pueda parecer, no todo era paz y felicidad en la tribu. Calzones Amarillos tenía un enemigo mortal, que deseaba su muerte más que la tercera edad desea a Sara Montiel. Todo aconteció el día del 24 cumpleaños de Calzones Amarillos. Mojino Escozío, el anterior jefe de la tribu, había muerto de cirrosis, y era necesario, esencial para el devenir de la tribu, elegir otro líder que supiese colar a toda una tribu en el Kinépolis. Sólo quedaron dos candidatos posibles a suceder al viejo líder muerto- murió con casi 35 años, casi ná…- Calzones Amarillos y Cerumen En La Oreja. La prueba de fuego que determinaría quién sería el líder era vencer al malvado demonio Sífax. Sífax tenía forma de segurata de la discoteca Pachá. Sería aclamado jefe de la tribu aquel que consiguiese derrotar a Sífax en Combate singular. Cerumen En La Oreja, que era un hombre enratonao, con el pelo churretoso- no se le veía limpio-, intentó acometer al monstruoso puerta de la única manera en que tendría algún tipo de posibilidad de vencerle. Intentaría darle pena  y, cuando estuviese descolocado, con el lacrimal desbordado por la sucesión de patéticos acontecimientos que le iba a contar, le daría una patada justo en la parte donde los cojoncillos están menos recauchutados, y no es que duela, es que jode. Con esa idea había tenido la precaución de llenarse de bolitas de papel la punta del zapato, para no hacerse daño el, se entiende. Se acercó a él y empezó a contar todo aquello que había pensado soltarle: “ mis padres eran hippies, me dieron una educación muy liberal, no me regañaban nunca y teníamos que ir siempre en culos… bueno, que eso no era una educación ni era nada.  Pero claro, yo siempre he sido una persona sensible, no sabes? Y  me traumatizó tanto que cuando mi tía Leocadia me regaló un Hamster no se me ocurrió otra cosa que someterle a una operación de cambio de sexo, pero claro como era tan pequeñito el pobre animal, me equivoqué y le hice un pene que más que un pene era una pena: me salió más doblado que una curva de la M-30. Desde entonces, el pobre Abominable siempre mea hacia la izquierda. Pero  bueno, en realidad nunca se quejó porque es un animal muy callado y no molesta mucho. Lo único es que hay que tener cuidado cuando lo coges, porque el roce le hace pupilla en sus cositas. Hay que cogerlo siempre tumbao a la derecha- En este punto, el guardia le pidió amablemente que se marchase. No le escuchó, porque en la tribu de los Sius, los nombres indios no son cursiladas, son hechos reales. Y Cerumen en la Oreja es Cerumen en la Oreja. Calzoncillos Amarillos es… bueno, sigo con la historia-, porque si lo coges hacia la izquierda pues está mal. Cuando crecí intenté dedicarme a la industria del porno, pero no me dejaron porque soy feo. Míreme, soy muy feo. Soy más feo que un bulldog masticando una avispa. Soy tan feo, que cuando nací, el doctor fue a la sala de espera y le dijo a mi padre: “hicimos lo que pudimos…pero salió”- en este momento, el segurata se crujía los nudillos a la vez que sonreía misteriosamente…-, fíjese si soy feo, que mis padres tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugase conmigo. Soy tan feo, que trabajaba en una tienda de animales, y la gente no paraba de preguntarme cuánto valía yo. Una vez en una discoteca una chica absolutamente perfecta, como esas que salen en la televisión, vino hasta donde estaba yo, que me había acercado hasta aquella discoteca por oler, y me dijo “ ven a mi casa, que no hay nadie”. Cuando llegué no había nadie. Además tengo un problema gastrointestinal interno que hace que… prrfadd-eructo-, ups… un provechito, jeje….-los puntos suspensivos acontecen porque, en medio de la explicación, un puño crujió la mandíbula de Cerumen en la Oreja: le había avisado ya tres veces para que se largase, su suciedad corporal le impidió oírlo, y le dio un recadito, porque le tenía que dar, claro-… bueno, tampoco hace falta ponerse así, que ya si eso me voy sin más, eh? Sin problemas ni cosas así bizarras. Que yo reparto felicidad…”. Así fue el contundente fracaso de Cerumen en la Oreja.

Ahora probó suerte Calzones Amarillos, que se acercó a Sífax y le dijo:

 -Tío,... se los has contado a todo el mundo menos a mi
- ¿El qué...?
- Los pelos de los huevos!!!

En ese momento un musculado brazo de gimnasio o de anabolizantes para caballos, o quizá un poco de todo, un fifty fifty de esos, descargó su mala leche sobre la cara de Calzoncillos Amarillos. Pero justo antes de que el impacto rompiese los vasos sanguíneos, los huesos y demás tejidos de la nariz de nuestro héroe, éste grito: “soy hemofílico!!”. El puño se paró a la vez que una mueca de asco surgió en la cara del puerta, momento que Calzones Amarillos aprovechó para impulsar su cuello y con él su cabeza, que iba pegada, hacia la arquitectura nasal del bicharraco aquel. Brotó sangre y el mareo hizo que el segurata cayese de culo sobre el sucio suelo. Allí, entre la masa de gente que luchaba por entrar, Calzones Amarillos pugnaba por salir antes de ser apalizado por los amigos de aquel ser. Vitoreado, fue proclamado líder, aquel trece de abril, el mismísimo día de su 24 cumpleaños. Mientras tanto, su rival lloraba en una esquina, “ayyy, ayyy”, con cara de… bueno, con cara de que se la hubiesen partido. 3 años después, en el 27 cumpleaños de Calzones Amarillos, se celebró una fiesta de las que no se hacían en el campamento desde que secuestraron a Tamara, digooo… a Ambar, y montaron un espectáculo con un gitano y una cabra.  Tamara comía cosas de metal  encima de la cabra y el gitano tocaba la guitarra entre tanto. Esta vez contaban con la presencia del Coro de Pedos de Basauri, que crearon un ambiente mágico en medio de la noche, con fuegos artificiales y olor a quemado.  Calzones Amarillos se levantó a decir unas palabras: “Estimados…”. Y murió. Y esto es una muerte más misteriosa de la que puedan escribir en sus libros tanto Stephen King como Michael Crichton, que además son más largos que la infancia de Heidi, más aún que el campo de Oliver y Benji. Porque… sabéis por qué murió así, de repente?. No lo sabéis. Y yo tampoco. Esto es más misterioso que la portera de Edgar Alan Poe…y más simple que el vocabulario del correcaminos. Si, amigos, si. Mec- Mec.

Papilla de Guizmo: huele a pies y sabe a chorizo.

A pesar de que el día sea largo cuando lo ha sido, es decir, cuando empezó para mí a las ocho y media de esta mañana, tengo la desavenencia de ponerme a escribir. Lo sé, es muy tarde y debería estar metido en la cama. Durmiendo. Diablos, no. Leyendo. Eso sí. No sé que me ocurre últimamente, pero ahora soy capaz de dormir seis horas nada más, y estar relativamente bien. Y es lo que hago. No me entran más. Esta última frase podría tener un contexto muy diferente, si. Gargantas profundas aparte, lo cierto es que más horas no logro conciliar el sueño. Lo más preocupante de esta situación es que no tengo ni la más remota idea de lo que voy a escribir a continuación, por lo que es posible que un zombie manco, de esos de las peliculas del genial George A. Romero, que salen con medio cerebro y medio desarrapados de los cementerios tuviesen más creatividad que yo(nota mental: por lo que pueda pasar, a mí me enterrarán, si o sí, de Armani. Si lo se, lo de las cenizas es muy bucólico, pero yo creo en la ciencia y en los desastres radiactivos, y no quiero resucitar de cualquier manera). Me está pasando por la imaginación hablar de Mickey Mouse. Se lo que estáis pensando, malditos sádicos de mierda, pero tenéis razón: la comida del burguer king tiene excesivas grasas saturadas, no las consumáis despues de media noche o os pasará algo irremediable... es mejor recalentar las sobras al micro- hondas ( Micrro... Hondasss!!!!). Ya os lo advertí, y os lo advertí precisamente porque yo lo había hecho. Y una hora después de consumir la sobresaturación de grasa animal, acabo de hacerme una papilla de Guizmo. Que por cierto, huele a pies y sabe a chorizo. Normal, es chino. Seguro que un Gi- Joe sabe igual. O un He- Man, pero más picante. El caso es que me imagino una gran noticia en un programa de estos apestosos del corazón hablando de mickey mouse. de darse en algún país, sería en Chorrilandia, el país donde los Ewoks se depilan y los niños reciben una educación hippie. Bueno, que eso no es ni educación, ni es nada, porque no les regañan nunca y están todo el día en culos.  Este país estaría localizado en algún lugar del mapa entre Granoyers y Alabama. Y la noticia en cuestión relataría el intento de acoso sexual por parte de mickey mouse a una compañera de rodaje de la película: "no es país para viejos", en la que mickey mouse actuaría representándose a sí mismo como asesino psicópata que mataría a todo aquel ser humano mayor de 25 años que no viese "House of Mouse", los domingos después de la resaca. La compañera de rodaje sería la típica estúpida de película que en vez de coger una pistola coge una banana para defenderse, se cae doce veces en diez metros, se equivoca de llaves del coche y sin embargo se salva. Si, Scary Movie hizo estragos en mi inocente juventud. Y en la tuya también, querido lector, pues si no no sabrías de que cojones estoy hablando. Y lo sabes. Así que procura ver House... of Mouse, este domingo. La actriz en cuestión estaría encarnada por el ídolo adolescente en España en este momento. La mujer que todo hombre se querría llevar a la cama para hacer cualquier cosa menos dormir. Yo soy muy antiguo y supongo que las tetas de pamela anderson marcaron un antes y un después en mi forma de ver el mundo erótico festivo que se "abría" ante mí , y éste tipo de tías  pues sinceramente no me gustan, pero soy tolerante. Estamos hablando, como no podía ser de otra manera, de Pilar Bardem. Hay que ser muy, muy, muy pervertido para acosar sexualmente a Pilar Bardem, o intentarlo. Pero estamos hablando de mickey mouse, con minúscula. Un ratón desalmado, una rata. Al parecer Pilar Bardem se habría defendido usando precisamente un raticida que previamente había adquirido en la droguería regentada por chinos de la esquina de su mansión... digooo... humilde casa de actriz no subvencionada por los impuestos de millones de ilusos que creen  que el calvo de la lotería algún día volverá a hacer los anuncios de la once...
Asi que roció con aquel spray al roedor violador, que, confuso, se retorció en cómica agonía mientras goofy y donald se retorcían las manos de impaciencia a la espera de un papel protagonista que nunca tuvieron en la compañía. Sin embargo mickey sobrevivió. Fué precisamente en un restaurante en Paquévaleéso, capita chorrilandesa, donde a la salida del hospital, semanas después, daría explicaciones sobre su actuación: " Tengo un rabo que me lo piso desde hace más de 50 años. Lo raro es que no haya pasado nada más, teniendo en cuenta que estoy rodeado todo el día de niños que me piden besos y abrazos. Sólo quiero vivir como la rata que soy!!". Gran gesto de ecuánime sinceridad, la del roedor. Se podría ver por supuesto, un condimento verde en el plato de mickey, un verde espeso, humeante, que delataba una preparación del plato de la casa: un Guizmo con Commando Cobra. Y de postre, Teletubbies.