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日志


Por qué los ecologistas no suelen tener razón.

 
Y es que no la suelen tener, es curioso, pero es así. Gracias a Dios, porque si no viviríamos una catástrofe constante y seguramente estaríamos, muchos de nosotros, muertos y calcinados, alimentando el cruel suelo de piedra inerte donde otrora crecieran flores, de las que sirven para decorar, para fumarse, para comerse o simplemente para estar ahí. Y eso se le ocurrió a Malthus, aquello de la Ley de los rendimientos decrecientes: si el malthusianismo fuese cierto, el crecimiento de la producción conduciría fatalmente a catástrofes ecológicas que reducirían la producción y finalmente llegaríamos realmente a las hambrunas globales pronosticadas como inminentes desde hace ya más de dos siglos. Para evitar tales catástrofes, los ecologistas proponen un empobrecimiento intencional, más o menos severo, en el frente económico y severas medidas de planificación familiar en el frente poblacional.
Para el neo-malthusianismo, la mejor organización de la sociedad no sería aquella capaz de producir un bienestar creciente para una población creciente, sino aquel capaz de detener ordenadamente el crecimiento de producción y población y distribuir la producción decreciente de la forma más equitativa posible.
Sin embargo, el malthusianismo, incluso el neomalthusianismo, están equivocados: la población humana se triplicó el pasado siglo mientras la producción de alimentos creció a un ritmo aún mayor. De hecho en la segunda mitad del mismo siglo la población se duplicaba y el suelo dedicado a la producción de alimentos no se ha incrementado. Exactamente lo contrario de lo predicho por Malthus (que predijo que no había suelo suficiente para alimentar a tanta población). Es curioso cómo los ecologistas se basan en las teorías de un hombre de tendencia política claramente conservadora(propugnaba dejar morir a los pobres para ahorrar recursos: nada de justicia social), para predecir las fatalidades de nuestro planeta.
 
En 1968, el profesor Paul Ehrlich, héroe y mentor del vicepresidente Gore, predijo que EEUU padecería una gravísima hambruna. "En los 70 –afirmó–, centenares de millones de personas morirán de hambre". De acuerdo con los vaticinios de Ehrlich, 65 millones de americanos perecerían de inanición entre 1980 y 1989, y para 1999 la población de EEUU habría descendido hasta los 22,6 millones. Con todo, sus predicciones para la tierra de John Bull eran aún más lúgubres: "Si fuera aficionado al juego, apostaría a que Inglaterra no existirá en el año 2000".
 
En 1972 el Club de Roma evacuó un informe en el que alertaba de que el oro se agotaría en 1981, el mercurio y la plata en 1985, el estaño en 1987 y el petróleo, el cobre, el plomo y el gas natural en 1992. Previamente, Gordon Taylor había afirmado, en The Doomsday Book (1970), que, si nadie se lo impedía, los americanos consumirían todos los recursos del planeta allá por el año 2000. También de 1970 data la siguiente profecía del biólogo de Harvard George Wald: "La civilización tocará a su fin en quince o treinta años, a menos que actúe de inmediato para resolver los problemas que tiene planteados la Humanidad"; y este augurio del senador Gaylord(fucker, licencia que me permito: aprovecho para aconsejar el visionado de "Meet the Fuckers", una peli divertidísima) Nelson: "[Para 1995,] entre el 75 y el 85% de las especies animales se habrán extinguido".
 
Pero esto no es del pasado y añorado siglo XX. No, la catástrofe ecológico- malthusiana viene de lejos. En 1885 el Servicio Geológico de EEUU anunció que había "pocas posibilidades, o ninguna" de que hubiera petróleo en California; pocos años después dijo lo mismo de Kansas y Texas. En 1939, el Departamento de Interior anunció que las reservas americanas de petróleo durarían sólo 13 años más. En 1949, el secretario de Interior dijo que el desabastecimiento americano de petróleo estaba al caer. En 1974, el Servicio Geológico (volvemos a vérnoslas con este organismo) aseguró que EEUU sólo tenía gas natural para 10 años; el caso es que la American Gas Association dice que hay gas para los próximos 1.000 ó 2.500 años)
 
Para los que crean que vamos a morir todos en unos treinta años- Gore dixit- Por culpa del calentamiento global, que sepan que, curiosamente, en 1970, los verdes vaticinaban un enfriamiento del planeta (antropogénico, claro), el advenimiento de una nueva Edad de Hielo y la muerte por inanición de miles de milloes de seres humanos.
Cito textualmente las irónicas preguntas de Walter E. Williams al respecto (si cae algo suyo en vuestras manos, leedlo: estéis de acuerdo con él o no, no os dejará indiferente)
¿Qué tipo de medidas debió haber tomado el Gobierno para evitar ese desastre que jamás se produjo? En 1968, Ehrlich predijo que Inglaterra no existiría en el año 2000. ¿Qué debio hacer el Parlamento británico para prevenir semejante calamidad, que finalmente no tuvo lugar? En 1939 el Departamento de Interior advirtió de que EEUU sólo tenía petróleo para otros 13 años. ¿Qué tendría que haber hecho el presidente Roosevelt para prevenir lo que no vino?
Y ahora una última pregunta que mi no tengo más remedio que hacerme: ¿qué nos hace pensar que el alarmismo ecologista es más digno de crédito ahora que ha cambiado el enfriamiento por el calentamiento global?El vapor de agua es el responsable de más del 95% del efecto invernadero, sin el cual la temperatura media de la Tierra podría ser de –17ºC. La mayor parte del cambio climático es producto de las excentricidades orbitales del planeta y de la actividad registrada en el Sol. Por otro lado, los pantanos naturales emiten cada año más gases de efecto invernadero que todas las fuentes de origen humano juntas.
 
                      
                                                                                                                                                             UNA VERDAD INCÓMODA... PARA GORE
 
SI NO NOS SALVA EL CAPITÁN PLANETA, ESTAMOS PERDIDOS XD                  
 
 
                                                                                   
                                                                                      MI APOCALIPSIS ES MÁS ESTILO TERMINATOR. Mooola O O
 
 

El día que fuí racista

Cuatro años. Esa es la edad que tenia la primera vez que ví a un negro. Bueno, seamos políticamente correctos; la primera vez que Cruz vio a un “hombre de color”. Aquel hombre lucía una floreada camisa hawaiana y esbozaba la sonrisa más luminosa que aquel niño, blanco y con rizos blancos surcándole la frente, había visto en su corta existencia. Le resultaba extraño que aquel hombre fuese tan… tan diferente. Sus ojos azules miraban desorbitados, desde la inocencia más descarada, a aquel  hombre, que ajeno a la expectación que había causado mantenía una animada conversación con una mujer de larga melena rubia, blanca como una tiza, que posiblemente  años después hubiese llamado más la atención del  curioso niño que aquel hombre. Pero claro, era la primera vez que se enfrentaba a algo así, tan alejado de la raza caucásica que distinguía a sus conocidos y familia. Buscaba irremediablemente una respuesta ante tal disparate llevado a cabo por la naturaleza. ¿Cómo era posible que no seamos todos iguales? Buscó con la mirada a su madre, que estaba entablando una conversación, posiblemente hablando de “cosas de mayores”, muy interesantes, muy importantes, vitales para el desarrollo normal del mundo occidental. Pero aquel día sucedía algo extraordinario. En la Plaza Bohemia, en La Manga, Cruz habíase topado con un señor que parecía blanco, se vestía como un blanco, se comportaba como un blanco… pero efectivamente, era negro. Desconocía si los negros se comportarían, al ser de otro color, de manera diferente a como se comportan los blancos. Era la primera vez que encaraba este problema, y a pesar de no ser un niño caracterizado por molestar demasiado, aquel día insistió en reclamar la atención inmediata de su madre, que le miró como sólo una madre puede mirar a un hijo, con esa mezcla de amor y paciencia. Cruz señaló, con cierto nerviosismo ante la necesidad de una explicación contundente, a aquel hombre de color, aludiendo a voz en grito que era… ¡negro!. La madre de la criatura, cariacontecida, disimuló una amplia sonrisa al paso de una pareja que se había quedado mirando, bastante sorprendida, a su vástago. “Es de mala educación señalar” había sido la respuesta última a la pregunta del ingenuo infante. Y dejó de señalar; pero no por dejar de señalar había desaparecido la natural inquietud del niño frente a la ausencia de una explicación.

Así que, ahíto de curiosidad, Cruz se dirigió con paso firme, posiblemente con mirada decidida también, hacia aquel señor que disfrutaba de una refrescante copa muy bien acompañado, en una noche de verano de las más típicas murcianas: noches en las que la oscura densidad del cielo, a veces estrellado, refrescaba cuerpos y ánimos a los tórridos, cansados y sin embargo felices veraneantes. Eran los años ochenta, los felices ochenta, y el turismo de playa al estilo Benidorm todavía no había llegado a aquellos lares. Estaban, más o menos, los de siempre, y recuerdo que se podía pasear tranquilamente, saludando a gente que te conocía y a la que conocías y que preguntaba por familiares y amigos. El tiempo y la masificación han convertido aquellos tiempos en circunstancias lacrimógenas e imposibles actualmente. Aquella escuela de vela queda muy lejana en la infancia, junto con sus pequeñas travesías y sus calas. Calas y playas generalmente llenas de medusas, eso si, pero no por ello deja de ser un recuerdo bastante bucólico. Además, una vez aprendes a coger medusas con la mano- sin que te piquen-, son un arma de lo más efectiva… pero eso es otra historia.

Y Cruz aún no sabía coger medusas con la mano, cuando llegó a la altura del taburete de la barra del bar donde se encontraba sentado el negro. Cogió con el descaro que sólo dan los años( se entiende: los pocos años o los muchos, muchos años), la mano de aquel hombre, que nunca sabremos si cogía medusas con ella, y al volverla y ver la palma de tono blanquecino, la duda se fraguó de nuevo en la viva mente de aquel niño. Y aunque era yo el que estaba allí y soy yo el que lo cuenta, no recuerdo que es lo que se me pasó por la cabeza en aquel momento. Pero seguro que algún cultureta lo llamaría un “brainstorming”, pues Cruz dedujo que, por supuesto, a aquel hombre le pasaba lo mismo que le pasaba a él cuando se ponía a jugar con los demás niños en el parque. Que, a veces, se ensuciaba. Aquel señor, seguramente, tendría por tanto un parque de arena para él solito. O a lo mejor trabajaba allí. También pensó en la posibilidad de que ese señor estuviese quemado por el sol, circunstancia que conocía muy bien, pues su madre siempre insistía en ponerle aquellas pringosas y desagradables cremas en la cara y demás partes de su cuerpo precisamente para evitarlo. Ni él (quiero decir mi yo niño), ni yo soportamos el desagradable y pringoso tacto de la protección solar. Pero seguro que, en ese instante, di gracias a Dios y a mi madre por haberme pringado de aquellos mejunjes, pues estaba claro que aquel señor estaba negro por haberle quemado el sol. Lo había visto una vez en una barbacoa: la carne se quemó, y se quedó efectivamente del mismo color del rostro que me contemplaba con creciente curiosidad. En todo caso estaba claro: o ese hombre estaba tremendamente sucio, o tremendamente quemado. Sólo había una forma de averiguarlo. El algodón no engaña, pensaba mientras la imagen del mayordomo buscando suciedad con aquél algodón me aleccionaba sobre lo que debería de hacer a continuación. Frotaría el anverso de la mano de aquel hombre: si salía suciedad, estaba claro que necesitaría un buen baño. Si no, debería de avisar a mi madre para que llamase a un hospital: no se podía dejar a aquel hombre a la intemperie, a merced de los elementos. Seguro que si estaba tan quemado le dolería que le tocase. Así que Cruz frotó la mano de aquel hombre, con delicadeza el primer segundo, con esmero cuando comprobó que no había reacción dolorosa, y por lo tanto era evidente que estaba tremendamente sucio.

 

Y lo que son las cosas. En un mundo hostil, donde rara vez nadie dice otra cosa que no sea “yo”, y la gente se da por ofendida con muy poca cosa, resulta que aquel negro ni siquiera levantó la mano. En un gesto que denotaba inteligencia, una inteligencia de las que se ven poco, muy poco, se dio perfecta cuenta de que aquel niño blanquísimo, con blanquísimos bucles de pelo cayéndole sobre la frente, sólo buscaba respuestas a algo que desconocía. Y su gesto fue una sonrisa. Una sonrisa al comienzo de la improvisada inspección “sanitaria”, y una carcajada monumental una vez se dio cuenta de la situación que estaba viviendo- y nunca mejor dicho- en sus propias carnes. Lo cierto es que aquella risa resonaba fuerte, enérgica, positiva, ese tipo de risa contagiosa por lo sana, lo natural, lo espontánea que es. Y recuerdo perfectamente que, sin querer, yo también me eché a reír, dándome cuenta de que, efectivamente, aquel negro era, efectivamente, negro. Mis padres se acercaron, visiblemente conmocionados al verme raspar la mano de aquel negro en busca de explicaciones raciales, y mi madre me vino a dar la mano, avergonzada. No lo recuerdo, pero previsiblemente estaría roja como un tomate.