Cruz Pedro 的个人资料La Quijotera de Moe照片日志列表更多 ![]() | 帮助 |
|
|
Mi pequeño homenaje a la que fue mi pequeña casa.Llevaba ya mucho tiempo pensando en si debo o no mudarme de casa. No es que estuviese especialmente cómodo, tranquilo, a gusto, en mi actual vivienda. Pero no acabo de convencerme del todo al respecto de haber comprado otra. Son cosas que pienso cuando al abrir la puerta de mi cuarto esta gime como un gato atropellado. Me gustaría aclarar la situación embarullada en la que me encuentro actualmente al respecto de lo que es y lo que podría ser mi casa. Mi hogar. No entiendo muy bien por qué, pero esta vieja casa, algo destartalada y bastante menuda en comparación con lo que seria mi más próxima adquisición, me trae buenos recuerdos. No sólo recuerdos de lo que ya ha sucedido entre estas paredes, recuerdos que viven agolpados en mi memoria, y que son tan buenos como malos, tan dignos de recordar unos como otros. Me refiero a los recuerdos que quizá este perdiendo, esos momentos futuros que me esperan en este inmueble y que quizás este condenando al vacío de lo imposible. Quién sabe si aquí se iluminara mi vida de nuevo con otro gran amor, viviré cenas románticas a la luz de las velas, se me quemará el asado en el momento más inoportuno. O haciendo aquel postre tan extraordinariamente sabroso que prepara mi madre, se me estropee el horno y surja el temido humo e incluso se atisben algunas llamas entre la masa de ingredientes, apelotonada e inservible. Discusiones no faltarían, voces roncas e irritadas o irritables rebotando por las paredes formando un auténtico aglomerado de energía negativa. Luego vendría la reconciliación, el momento de ver las cosas desde un punto de vista más pacifico y acabar las controversias, algunas importantes y hasta definitivas, otras monótonas, insulsas o incluso inexistentes. Pasar frío y calor entre estas paredes, de nuevo, como lo he hecho durante los últimos 15 años. Resistir a la nueva ola de calor redundantemente más calurosa del siglo, soportar el mayor chaparrón universal que los más antiguos del lugar recuerden. Sentarse en una silla y simplemente pensar, pero pensar rodeado permanentemente por aquellas paredes, aquellas grietas, aquellas ventanas, muebles y cuadros que me habían visto crecer, desarrollarme, convertirme en una persona de bien… bueno, persona de bien, de mal, o de lo que sea, pero persona al fin y al cabo. Realmente era difícil separarse de aquel cuarto que acogió entre sus muros mis primeras relaciones sexuales, mi primera declaración de amor totalmente seria, mirando a los ojos al ser amado y afirmando rotundamente y sin miedo la frase mas osada que puede pronunciar un hombre: “te quiero”. La primera vez que se me rompió el corazón estaba allí y fue en esa pared donde lancé un puñetazo de rabia contenida que quería desbocar, dejándome el pellejo que tapaba uno de mis nudillos, haciendo caer un cuadro que estaba allí colgado y que mostraba a quien quisiera verla una fotografía de un pasado no muy lejano en el que estaba disfrazado de payaso. Una ironía con la que quizá inconscientemente aquella pared pintada de blanco me quería hacer entender que en la vida hay luces y sombras, y son tan importantes y necesarias tanto unas como otras. Voy al baño a solventar una urgente necesidad que todos tenemos varias veces en un día, y no puedo evitar que se forme una mueca parecida a una sonrisa irónica en mi rostro cuando levanto la tapa del váter a la que le falta un tornillo y que se dobla, al elevarla, hacia la izquierda. El cuarto de baño, tan pequeño que casi era imposible no tener claustrofobia, estaba decorado con pequeños azulejos azules, con caracteres florales en cada baldosa que formaba el entramado. No quedaba mal, no llamaba mucho la atención, no resaltaba absolutamente nada, no era de buena calidad, pero era mi baño, y me gustaba. Era el único que disponía aquella pequeña casa, y recuerdo la gran tragedia que a veces suponía el encontrárselo ocupado cuando, después de haberte comido un helado de chocolate en la feria de mayo, tus tripas reclamaban abiertamente y sin dilación el precio por haber ingerido aquella mole de grasa y colorantes. Y como no sabías dónde estaban los baños en aquella feria, ni te encontrabas en disposición de asegurar que eran lo suficientemente limpios como para sentar tus nobles posaderas sin temor a cualquier sucia bacteria, decidías ir a tu casa, que al fin y al cabo estaba cerca. Cinco minutos andando haciendo un ejercicio de concentración verdaderamente admirable casi sucumben cuando por fin llegas al baño, que esta al final del pasillo, y cuando vas a girar el pomo de la puerta que te va a conducir a la redención (o al reventón, puestos a describir), te encuentras con que alguien ha tenido la misma idea en el mismo momento…no, momentos antes, porque si no, no estaría ocupado. Era un drama del momento, duro, difícil… pero luego esbozas una sonrisa de estupidez al invocarlo como tu efeméride particular.
Rápidamente sin embargo solvento aquella necesidad tan fisiológica y me dispongo a entrar en la habitación contigua, la más grande de la casa, donde antaño se encontrara el cuarto de mis padres. Y no puedo evitar, casi sin querer y con un poco de vergüenza ante tal expresión de sentimientos, derramar un lagrimilla, que sale tensa de mi lacrimal y se escurre por mi mejilla al recordar a mis padres en aquella habitación, cuando, los fines de semana, me levantaba y tenia que ir al baño, y tras la puerta entreabierta los veía durmiendo, tranquilos, diríase incluso que felices. O cuando en los albores de una edad que parece tan lejana como el renacimiento, mis pesadillas me conducían invariablemente a aquel cuarto, como el santuario de salvación donde ningún monstruo se atrevería siquiera a acercarse. Recuerdo como me gustaba, al caer enfermo por alguna sinuosa enfermedad, irme a aquella cama, tan grande para un cuerpecito tan pequeño como era el mío, tan segura que era un conjuro de buena salud para un niño con fiebre. Y me acurrucaba entre las sábanas mientras mi madre me atendía, sin poder evitar cierto semblante de preocupación, aun cuando los dos sabíamos que, en realidad, tampoco era para tanto, y que era cuestión de tiempo ( y de cariño), que me recuperase. O cuando entraba mi padre y me miraba el pulso y buscaba la fiebre en mi frente, serio, pero a la vez transmitiendo sensación de seguridad, lo que hacia que todos nos sintiésemos mas tranquilos. En un nuevo hogar, mis padres tendrán un cuarto mas grande, aunque conservasen la misma cama. Pero yo ya no era un niño desde hace mucho tiempo, y la sensación de seguridad tendría que procurármela yo mismo en mi propia cama. Cierto es que hacia años que no caía enfermo, y ninguna intención tenía de que aquello cambiase. Tenia muchas cosas que ver, mucho que oír, demasiadas cosas que hacer en un tiempo que por fortuna esta limitado porque, si hiciésemos todo lo que quisiésemos hacer, absolutamente todo, ¿de que valdrían los sueños?.
Salgo y cierro la puerta con cariño, que vuelve a maullar de forma semejante a la de mi cuarto. Justo en frente, al otro lado del baño, esta la cocina, lugar de reunión social por excelencia de casi toda familia que se precie. Allí había comido los más exquisitos manjares que el ser humano podría siquiera soñar en una noche de hambre oscura sin siquiera luz de luna. El mejor cocinero del mundo nunca había pasado por aquellos fogones, nunca había preparado nada en aquella cocina, ni se había dignado a pisarla. Es mas, ni siquiera le conozco ni sé quién es. Pero tengo clarísimo que nunca degustará los platos que yo tuve la suerte de degustar, a veces, pocas-contadas con las dedos de una mano-, de hacer. Oigo casi sin querer el monótono ruido de cuchillos tenedores y vasos danzando en un ritual de alimentación conocido y familiar, al unísono con ecos de conversaciones pasadas tensas, divertidas, alegres, tristes, llenas de amor, ingenio, incluso a veces con dosis de furibundo odio. La cocina, qué mejor lugar para reunirse y hablar. Incluso, en la mas soez de las tradiciones no escritas, ver la tele a la vez que se mastica, sin hablar los unos con los otros, simplemente gozando por unos momentos de la compañía de una persona que puede que no vuelvas a ver hasta dentro de muchas horas, quizá días, y que forma parte de tu familia, de tu vida y de tu corazón. Una nueva cocina me esperaba, pero no seria aquella. Muchos años pasarían hasta que pudiese condensar tantos recuerdos entre sus robustas paredes, como lo ha hecho la cocina que ahora abandono cerrando la puerta a mi espalda sin mirar atrás, mientras me dirijo a lo que un dio fue mi cuarto, junto con el de mi hermano. Pero los niños crecen, invariablemente, no hay mas remedio, y en ese espacio no había los suficientes metros cuadrados para dos adolescentes con carácter: habiendo un cuarto libre, más pequeño, pero lo suficientemente grande como para albergar un dormitorio, no había por qué compartir un espacio que se nos hacia literalmente pequeño para los dos. Pero aun así la ternura hizo presa de nuevo de mis pensamientos, y en aquel momento no pude evitar recordar lo bien que me lo pasaba con mi hermano cuando, juntos, veíamos series de televisión. O cuando, presa del miedo, mi hermano juntaba su cama con la mía, para sentirse seguro en medio de una oscuridad que, aún entre paredes familiares, no dejaba de ser negra e inescrutable. Recuerdo también las cazas de monstruos que se producían en aquel lugar, cuando, yo ya más mayor y más temeroso del que dirán en los recreos del colegio que de los monstruos bajo mi cama, me dedicaba a cazar monstruos por la noche cuando mi hermano sentía miedo, para que se sintiese más seguro, más tranquilo. Al fin y al cabo, soy el hermano mayor, y no podía permitir que mi hermano durmiese mal por unos bicharracos abstractos que todos habíamos creído escudriñar alguna vez en la oscuridad y que no eran más que malas pasadas de nuestra apreciadísima imaginación. Así pues, espada de plástico en mano, atacaba monstruos imaginarios en los lugares más recónditos del armario, que año tras año me parecía mas pequeño, y mis estocadas producían definitivamente la desaparición de todo elemento hostil en la habitación y, lo que era más importante, en la sorprendentemente creativa mente de mi hermano. No pude evitar irme sin pensar un instante antes en invitar a mi hermano a comer uno de estos días, y rememorar aquellos años locos, recónditos, un souvenir que yo guardo como un tesoro y del que mi hermano, demasiado pequeño aun, solo guarda pequeños recuerdos borrosos.
Ya solo quedaba el salón, antes de recoger una caja que quedaba con viejos marcos de tiempos pasados y felices, como los de ahora. El salón. Allí si que se acababa juntando toda la familia, perros incluidos. Qué fieles fueron aquellas bestias, que cuidaron de nosotros cuando éramos niños, aguantaban nuestros juegos infantiles, a veces crueles, nos seguían sin problemas en cualquier momento y lugar, y aguantaban estoicamente las broncas por hacer sus necesidades en algún lugar de la casa. Nunca se encontrará en la naturaleza un animal más fiel que un perro. Yo he tenido varios, he crecido con perros a mi alrededor, y vive dios que moriré con un perro al pie de mi cama. Canes aparte, curiosamente, de los numerosos recuerdos que se encuentran en mi quijotera, tan desordenada como los archivos secretos del CNI, recuerdo claramente aquel día que ví, con mis padres y mi hermano, la segunda parte de Conan. La primera parte llevaba el subtitulo de “ El barbaro”. Esta segunda parte se llamaba “ El destructor”. La película no era nada más allá que una exhibición de músculos y batallas bestiales, tajos desoladores que cortaban a enemigos canallas en dos, héroes que se enfrentaban a brujos y sacerdotisas diabólicas sólo con su valor y con su espada. La película no es mas que una más del montón, típica de los años ochenta, el héroe que puede con todo, o casi. Pero lo que más recuerdo, con grata sorpresa por mi parte, es que estábamos todos juntos, mis padres, mi hermano, y yo. Hasta el perro parecía fijarse en la pantalla, siguiendo el abrupto guión de aquella película. Recuerdo la cara de sorpresa de mi hermano cuando Conan mataba a tres hombres de un solo mandoble de su poderosa espada, o como mis padres veían la película juntos en el sofá, abrazados, contentos por tener a toda la familia reunida en un solo espacio, compartiendo unos momentos de ocio que, a pesar del carácter sangriento del metraje de la cinta, por las circunstancias en que se daban eran enternecedores. Aquel día la cena fue un coloquio sobre espadas, brujos y bestias mitológicas. Cuántas cosas me han pasado en ese salón, innumerables, de cualquier tipo imaginable. “Mi vida en el salón”, podría ser el título de un libro, que a poco recordar alcanzaría ampliamente las doscientas paginas. Pero en este momento y en este lugar, aporreando las teclas de mi ordenador portátil, solo recuerdo el día en que todos juntos vimos Conan, que no es ni el momento mas feliz allí vivido ni la mejor película jamás vista, ni mucho menos; pero es un momento cotidiano de una vida que, con sus pros y sus contras, sus momentos de todo signo, transcurrió feliz entre las paredes de un hogar que hoy visito por ultima vez, polvoriento y sucio, y que nunca mas volveré a pisar. Aunque la vida da muchas vueltas, quizá…
El caso es que justo en este instante debo de coger lo que queda en ella e irme a un nuevo hogar. Recuerdos, momentos, sentimientos, olores, colores, y un futuro corrompido porque nunca más tendrá lugar, son lo ultimo que quedará cuando cierre la puerta por última vez, y abandone lo que ha sido mi hogar durante tantos años. Lo que será mi hogar, en mi memoria, durante muchos años más, hasta que los años pasen y la tormenta del tiempo la opaque, y se convierta en otro recuerdo borroso que, en un día de otoño, mi yo futuro recordará a a resbalalágrimas, mitificado, engrandecido por la oscuridad que destruirá los malos recuerdos y exaltará los grandes momentos aquí vividos. Cierro la puerta con pesar, me espera un nuevo hogar, seré feliz y con el peso de los años lo considerare mío, pero aquí dejo una etapa de mi vida. Y nunca, pase lo que pase en la larga existencia que aún me queda por recorrer, olvidaré el 1ºB, que esconde entre sus muros los mejores momentos de mi infancia; mi verdadera patria. |
|
|