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Tragicomedia de Fulano y MenganoFulano se subió a la barandilla
de la torre de babel
de los deseos
pero antes de caer
pensó en su vida
y se agarró
a un paragüas mensajero
Mengano se colgó
de las narices
de una estatua libertaria
de Pinocho
pero antes de saltar
pensó en el crimen
que sería morir
como un mentiroso
Fulano escapó
hacia las montañas
pensando en encontrar
un santuario
pero cuando
le empapó la madrugada
echó de menos
su techo imaginario
Mengano volvió a hacer
de equilibrista
en el balcón
de los desafinados
pero el no pretendía ser artista
solo queria ser
un loco equilibrado
La oscura vida de Will Temple. "Episodio piloto"Verde como el vómito de una parturienta. Esa era la definición que había dado tu querido y único amigo de aquella camisa comprada en Covent Garden el invierno pasado. Y lo cierto es que nunca habías visto vomitar a una mujer de parto, ni ganas tenías de ello, por lo que el verde de la camiseta te recordaba más bien al verde de los residuos radiactivos. Ese verde que, cuando sale en un bidón y está escrita más abajo la palabra “danger”, augura una de las más terribles desgracias que pueden augurarse en una película. De hecho, la palabra “danger”, era el axioma perfecto para las mutaciones. Para cualquier tipo de mutaciones; desde Zombies hasta tortugas ninja. Todo lo alcanzaba aquella palabra. El caso es que se celebraba una fiesta, y tú estabas invitado simplemente por ser vecino de la chica que cumplía en aquel día 22 años. Por sanidad emocional, pensabas que aquella camisa espantaría a cualquier bicharraco que se te acercase, dándote la oportunidad de ser tú el que diese el primer paso. De ésta manera, podrías conseguir la atención de aquellas personas cuya atención realmente mereciese la pena conseguir. Había que tener mucha personalidad para llevar puesta una camisa como ésa, no cabe duda. Tú no la tenías, pero disfrutabas con la ficción de que efectivamente, tu personalidad era mucho más interesante que la de aquellos individuos de tu misma edad que se disfrazaban de gente moderna y de moda, listos para confrontar cualquier tipo de enlace socialmente disponible con la vivacidad, agilidad y frescura que requería aquel tiempo. Era cuestión de vivir rápido y además bien. Sin embargo ese no era tu terreno, desde que eras un niño de teta observabas el mundo desde tu cuna con salvaje curiosidad, y nunca desde entonces has dejado de hacerlo. Te parecía todo tan curioso: las relaciones humanas, tan sencillas en su finalidad y tan complejas en su forma, atraían tu atención como la sangre atrae a un escualo. Así era y tus continuos intentos por entrar dentro de la normalidad hormonal propia de tu edad y de tus impulsos sexuales resultaban sencillamente vanos. Eras diferente, había que aceptarlo y cargar con ello. En esa carga estabas pensando cuando paso un ejemplar de tu mismo género con el pelo teñido de naranja fosforito, cosa que hasta entonces juzgabas imposible, y una camiseta exageradamente pegada al cuerpo. No pudiste evitar pensar en la palabra “sudor”, seguida de la sensación de asco propia de esas palabras que se distinguen por su facilidad para ser reconocidas y materializadas por los sentidos. Efectivamente, era cuestión de horas que aquel chico comenzase un proceso de sudoración profusa relacionada con el ejercicio físico. Pero tus ojos no pudieron evitar fijarse en otro ejemplar, ésta vez del sexo contrario, que sentado en un sofá leía plácidamente un ejemplar de Ghost Rider. No tenía ningún rasgo destacable, más allá del hecho de leer un cómic en medio de una fiesta. Razón suficiente para que tú y tu camisa verde os acercaseis hasta que la distancia se redujo lo suficiente para que la acústica de la habitación permitiese efectuar un “hola”. -Hola- dijo Will por encima de su camisa verde. la respuesta no fue tal, pues la chica decidió simplemente ignorar a un pesado más, ataviado inclusive con una camisa tan… monstruosa. - Me ha parecido que estabas leyendo El Motorista Fantasma. Es un cómic muy bueno. Fue una lástima la pésima adaptación que le hicieron.- Will insistió, pues al fin y al cabo no tenía nada más que hacer ni tampoco nada que perder, excepto tiempo. El factor cómic pesó sobre la conciencia de la muchacha, que no tuvo más remedio que discurrir entre la típica excusa del “no te había oído” y una sonrisa. -Pues sí, la adaptación es una mierda. Últimamente adaptan cómics sin parar, despreocupándose por la calidad y abrumando con efectos especiales y…- la duda surgió en su mente y la respuesta era necesaria-… perdona que te pregunte, pero… ¿de qué conoces tú a Carmen? Will ni siquiera sabía con precisión cuál era el nombre de su vecina, así que en el fondo agradeció la utilidad de la información recibida por la desconocida. Su respuesta era sencilla y de lo más evidente. Viendo la clase de gente que se paseaba por aquel sitio, estaba claro que no era uno de sus amigos. -Soy su vecino desde hace un tiempo. Vivo en el chalet de al lado. ¿Cómo te llamas? -La respuesta era efectivamente precisa, pero la duda seguía ahí. Raro es que Carmen invite a un tío con aquellas vestimentas tan peculiares. Seguramente, la invitación vendría de arriba. De los padres. -Me llamo Isabel- contesto la chica mirando atentamente aquella camiseta grotesca que parecía el torso desnudo y sin rasgos anatómicos de El Increíble Hulk.- ¿Y tu? -Me llamo Will. Encantado de conocerte. Dime, ¿que más cómics te gustan? Y lo cierto es que, durante aquella conversación, afable, interminable, monotemática pero, a su manera, interesante, Will tuvo todo el tiempo que sus ojos necesitaban para examinar de arriba abajo a aquella friki de los comics Marvel. Su innata curiosidad le había hecho desarrollar una fuerte intuición acerca de lo que podían hacer y cómo podían ser lo demás, por lo que, por ejemplo, no necesitaba ver a una mujer desnuda para saber cómo era su cuerpo. Isabel era una mujer alta, más allá del metro ochenta por los tacones que calzaba y las largas piernas que, durante la conversación, cruzaba por debajo de su cuerpo. Era una señal de que se estaba empezando a encontrar a gusto. Al principio no cruzaba ni una sola mirada con él, pero tras media hora de conversación las miradas se encontraban y se regocijaban en el encuentro, que con el tiempo paso de ser casual a ser buscado, casi deseado, por los dos interlocutores. La experiencia le había enseñado a Will que hay un momento, en la mirada de toda mujer, en que se puede ver perfectamente cuáles pueden llegar a ser sus sentimientos hacia uno mismo. Era ese momento en que la necesidad tan animal como humana de espacio visual propio se desvanecía y sus pupilas buscaban las otras con asiduidad, y cuando las encontraban y se disparaba la química hormonal , éstas se dilataban y la respiración se volvía, por momentos, potencialmente exagerada. Era apenas un suspiro, unos segundos interminables en los que el más experimentado podía otear su futuro con la mujer que tenía enfrente. Sin embargo, la interpretación era tan flexible que la posibilidad de fracaso era exactamente la misma que la de éxito. Pero algo le decía a Will que no se equivocaba cuando pensó que iba a persuadir a aquella chica para compartir con él algo más que palabras. No tenía prisa. Una copa, otra, otra más entre Iron Man y El Capitán América, y todo iba sobre ruedas. El final de aquella noche se presentaba como un guión que se le acababa de escapar de las manos a Stan Lee. El alcohol hizo su parte en la desinhibición, y en una carcajada basada en el cruce entre Thor y Venom las caras se acercaron y los brazos se enlazaron, manteniendo el equilibrio, si, mas incrementando la tensión sexual que se mascaba en el ambiente. Will ya sentía la respiración de Isabel en su boca cuando un empujón le hizo perder el equilibrio, el beso y el buen humor. Se levantó, y cuando lo hizo pudo ver una cabeza naranja fosforita, rodeando una cara con gesto nefasto y contrariado, mientras tanto, Isabel lloraba acurrucada en su sillón, pidiendo perdón a aquel hombre entre sollozos. Como Will había pronosticado, el hombre esgrimía una profusa sudoración, que hacía que su exigua camiseta se le pegase más al cuerpo y un hedor desagradable surgiese por debajo de los brazos. No pudo entender los insultos que le dedicaba aquel intelectual, pues sus sentidos estaban embotados por la caída, el alcohol y la rabia, y sólo pensaba en golpearle. Sí, aquel cutre imitador de la Antorcha Humana- quizá por ello salía con Isabel-, sucumbiría ante su boxeo: volaría como una mariposa, picaría como una abeja. Lo de picar como una abeja no lo consiguió, pero quedó para todos los allí presentes constancia de que sí que voló como una mariposa, del metro ochenta al cero, besando el suelo al tiempo que emitía un ligero vómito, curiosamente de color verde. Era su última noche en España hasta dentro de mucho tiempo, y curiosamente lo agradecía, mientras cerraba los ojos por un momento y pensaba que todo aquello no era más que un mal sueño. Pero tarde o temprano tendría que levantarse…
El mercurio oscila entre el calor y su exceso en Waikiki, pero solo puedes esperar una respuesta parecida a la negativa. Es decir: no, no vas a conseguir ese empleo que tanto anhelas en la panadería de Jake Longbottom, simplemente porque no eres lo suficientemente bueno. Las aspas del ventilador funcionan a treinta centímetros de tu cara y puedes oír perfectamente su susurro, como el de una mosca cuando está acechando los deshechos fecales de un búfalo. Sin duda alguna un gran festín para el patético insecto. Un insecto, como tú: cuatro años en la mejor escuela de repostería que el dinero pueda pagar, y te encuentras suplicando a un gordinflón para que te deje un puesto como ayudante de horno. “No le voy a decepcionar”, era la frase que repetida diez veces en una entrevista que duró menos de media hora te hizo perder todo tipo de amor propio. Ahora te agazapas en la cama del motel, mirando a tu móvil, esperando la ansiada llamada, deseando que todo vaya bien, que te den el trabajo y que tu vida de un giro de… bueno, de unos veinte grados. Al menos, así tendrás dinero para pagarte tu propia manutención y no tener que recurrir ni a tus padres ni a las mujeres, que entran y salen de tu vida como quien entra y sale del dentista cada cierto tiempo. O del ginecólogo, por analogía, claro está. El sueldo no era gran cosa y el trabajo… bueno, si te sentías como una mosca, es indiscutible que el trabajo era la suculenta mierda de búfalo: execrablemente necesaria para sobrevivir. Pero el teléfono no sonaba, ni tan siquiera brillaba, estaba ahí, a oscuras, ajeno a todos tus pensamientos y problemas, casi se podía decir que hasta contento de no tener que sonar. La impaciencia te hizo acercar tu trémulo dedo índice hasta una tecla, simplemente para hacerlo brillar y obligarle a compartir contigo esos momentos de angustiosa espera. Y al hacerlo, aquel conglomerado de tornillos y plástico efectivamente se iluminó, mostrando un mensaje en su pantalla: “Pulse desbloq y luego *”. No sabes si sentirte indignado o agradecido por el hecho de que una máquina se dirija a ti con esos modos, tan diplomáticos, educados, ajenos al ambiente de decadencia que te rodea. Por el rabillo del ojo y gracias a la lucecilla del aparato que te acaba de llamar de usted distingues un animal negro como la noche moviéndose con cierta velocidad hacia unas migas de un bollo que ha sido toda la comida que has probado hoy. El animal rápidamente coge una de las migas más grandes y se larga disparado por la puerta entreabierta. Deberías levantarte y cerrar la puerta, antes de que vengan más bichos negros, atraídos por la colecta que acababa de hacer su compañera de especie. Sin embargo, al ir a cerrar la puerta, compruebas que otro bicho, más bien de color marrón y algo más grande, se está comiendo a la desventurada alimaña que había osado adentrarse en tu habitación. Es en el momento en el que oyes el crujido de un caparazón hundiéndose ante la poderosa presión de unas mandíbulas hambrientas, cuando caes en la cuenta: ¿por qué demonios estaba la puerta abierta? Es decir, ese motel era lo único que te habías podido permitir con tus últimos cincuenta dólares, ahorrando treinta para, sencillamente, comer. Y un motel de veinte dólares en una isla como aquella no era lo más seguro del mundo: estaba claro que el pestillo de la puerta acompañaría al gesto de cerrar ésta una vez estuvieses dentro. Una nota, cercana al depredador marrón, y por lo tanto tirada en el suelo, te daba las gracias de parte de una tal Esmeralda: “ha sido una noche fantástica, espero que nos volvamos a ver en Madrid”. Sonó el teléfono sacándote de tus pensamientos, que desfilaban decididamente por el borde de la paranoia al pensar que, probablemente, aquella chica se había acostado contigo por pena. Pero una vez vuelto a la realidad el teléfono seguía sonando, así que no había otra cosa que hacer que descolgar. Desde el número privado que te llamaba surgió una voz potente y familiar, de alguien que lo tiene todo en la vida. Efectivamente, era la voz de tu padre. Después de un monólogo interminable acerca de lo inútil que puedes llegar a ser en ciertas ocasiones, a la orden que siguió a aquella perorata fuiste capaz de contestar un único e inofensivo monosílabo: sí. Es decir, sí, te subirás a la limusina que en cuatro horas llegaría a tu cuchitril, cogerás ese vuelo charter y te plantarás en Madrid con dos maletas y carácter sumiso. Tus sueños infantiles de independencia, a base de limpiar hornos, se hacían añicos. Volverías a Madrid, a tu vida millonaria y contemplativa de la vida y de la naturaleza. Volverías a trabajar para tu padre, en un trabajo que no es que no te gustase, es que lo odiabas, indefinidamente. Allá van Will Temple y sus dos maletas, dispuestos a hacer el memo una vez más, después de su enésimo fiasco vital, como un hijo pródigo inútil de tantos que vagan por el mundo con el estigma de la inutilidad.
Shawn Michaels vs Kurt AngleMucho tiempo. Horas, días. Semanas preparando tan sólo menos de veinte minutos de combate. Y cardenales, golpes, moratones, cortes, calambres, esguinces y un hombro dislocado para llegar hasta donde estoy ahora. El combate. Sesenta mil personas esperan detrás de la cortina. Y aquí, en Backstage, lo único que se respira es tensión. El aire está muy ocupado llenando los pulmones de auténticos titanes, algunos de más de 130 kilos. Atletas que llevan en esto desde el instituto. A mi alrededor puedo ver antiguos luchadores de Vale Tudo, campeones olímpicos, ex marines, ex combatientes de fuerzas especiales, como los SWAT, futbolistas* retirados por una inoportuna lesión e incluso, paradójicamente, doctores en derecho que han decidido dedicarse a una profesión que, continuamente, te llena de adrenalina. Y cuanto más lo pruebas, más lo vives, más quieres. Yo estoy aquí, rezando porque todo salga bien: que la gente se divierta, que el combate sea bueno y, sobre todo, que no ocurra ningún percance que me lesione a mí, o a mi compañero. La idea es volver a casa con todos los huesos en su sitio, y disfrutar de unas merecidas vacaciones con mi familia. Pero todos sabemos que las contusiones serán inevitables. Hay que salir ahí a darlo todo, y una vez que surges entre bambalinas, escuchas tu música, haces tu entrada y te subes al ring, ves, escuchas, sientes a la gente animándote, sólo piensas en darlo todo porque el espectáculo merezca la pena. Hago los últimos estiramientos antes de entrar al ring. Un puntal de dos minutos para fortalecer el cuello. El truco está en el cuello. Desde que empecé en el mundillo he ido a unas olimpiadas, a un campeonato del ejército de los Estados Unidos y, antes, a dos o tres campeonatos universitarios. Menos las olimpiadas, los he ganado todos. El luchador que tengo ante mí, sin embargo, “sólo” ha ganado una medalla de oro en Atlanta 96. Pero de eso hace ya casi diez años. Me ha saludado hace apenas cinco minutos, luego se ha puesto a calentar. Gran tipo, Kurt Angle. Después de los combates reales, vino la televisión, el espectáculo para todos los públicos, la eterna discusión sobre si lo que hacemos es un montaje o es real. Obviamente, es un montaje. Nadie, en ninguna disciplina deportiva, puede dar un combate de veinte minutos seguidos. Siempre habría un vencedor mucho antes. Lo que hacemos nosotros es entretener. Es espectáculo. Unos cantan, otros actúan; nosotros luchamos. Y aunque esté todo pactado, y yo sepa de antemano que voy a perder éste combate, porque así lo hemos decidido, veinte minutos habiéndotelas con un monstruo de más de cien kilos de peso, son muchos minutos. Además, ya soy mayor para estas cosas. Empecé en la época dorada de éste deporte, junto al legendario Hulk Hogan. La diferencia es que Hogan era el héroe, la estrella, y yo me limitaba a perder mis combates y sonreír. Pero todo cambia en ésta vida, y cuando la franquicia de la compañía te abandona, tienes que mover el banquillo. Yo tuve mi oportunidad, y la aproveché. Fui campeón 4 veces, 4. Sí, todos los combates estaban escritos, todos, menos uno… pero eso, eso es otra historia. El caso es que después de dos años inactivo por una lesión de espalda más que seria, me enfrento a uno de los luchadores más técnicos que existen en la actualidad. Y la lucha tendrá que ser buena. Fuerzas de flaqueza, esfuerzo, mucho esfuerzo, para estar a su altura. Va a salir todo a pedir de boca. Será un combate, simplemente, memorable. Los esteroides están prohibidos, hasta los painkillers están prohibidos. Sólo hay que verme ahora, y verme hace siete años. Era un monstruo de cultivados músculos a base de gimnasio, batidos de proteínas y pastillas. Ahora soy un hombre de cuarenta años que no llega a los noventa kilos de peso, dedicado más a mi religión que a mi ego. Soy sacerdote protestante; lo cual no deja de ser irónico, después de la vida turbia, alejada de la virtud, que me ha caracterizado hasta no hace demasiado. Pero ahora miro al cielo y le pido a Dios una oportunidad para hacer las cosas bien. No sé hacer otra cosa, sólo luchar. Y lo hago endiabladamente bien. Así que, temo por mi espalda, por mi mujer y por mi hija de cuatro años, pero a la vez espero dar un buen, un gran espectáculo. Suena mi música, la misma que lleva sonando desde hace quince años, la gente grita, se entusiasma, reclama mi presencia. Todo es un torbellino de sensaciones, sentimientos. El corazón se acelera a más no poder. Espero un poco… si, ahora, debo salir. Es mi momento. Disfrutad del espectáculo.
Ponte las putas gafas!!
Y no es que alguien que yo conozca, y haya tenido un momento visualmente limitado, sea el objetivo de esta frase infame que todos hemos dicho con más o menos carga ofensiva alguna vez en nuestras dilatadas pero limitadas vidas. Tampoco es que ahora me haya dado por las drogas, o me haya enganchado a esos extraños somníferos nicaragüenses que hacen que tengas alucinaciones si tomas más de tres tabletas a la semana… No, mi salud mental es básicamente la misma que hace años, lo cual no quiere decir que sea buena, ni que sea mala; simplemente, no ha cambiado. Lo cual, en cierto sentido- o, que demonios, en varios sentidos-, es un alivio. Ni siquiera es mía la originalidad de la frase: no me he levantado y he ido directamente al ordenador a escribir cuatro gracias acerca de una frase usada desde que la humanidad usa dichos artefactos visuales para poder ver al prójimo, obviamente también para ver al próximo, que es importante identificar y diferenciar de los demás próximos, que pueden ser prójimos de no importa cual fuera la clase, pero si están próximos o aproximándose es mejor identificarlos cuanto antes. Por si acaso se aproximan demasiado. Prójimo y Próximo. La Historia fue cruel, una vez más, pues sólo Próximo llegó a ser emperador. A Prójimo lo trataron fatal, hasta que llegó Jesús y predicó aquello de amar al Prójimo. No era más que justicia. El caso es que aquí me encuentro hablando de que voy a hablar de la frase que he puesto, justo al principio, con una inquietantemente tolerada falta de ortografía, y después de varias puñeteras líneas aún no sabéis de qué voy a hablar. Bueno, más bien, de por qué voy a hablar de lo que voy a hablar, y de por qué estáis delante de vuestro ordenador juntando letras y formando palabras, buscando un sentido a todo esto, cuando podrías estar juntando dos rodajas de pan con jamón y queso y haceros un mixto. Acompañado, eso si, de una refrescante cervecita o refresco gaseoso al gusto. Los más sedientos requerirán supongo el incombustible vaso de agua. También habrá alguna nenaza a la que le dé por el té helado: es una mariconada, pero no hay nada que objetar: si apetece, apetece. Pero creedme, todo tiene sentido y todo encaja. Os lo explicaré. En primer lugar quiero dar las gracias al Gobierno de la Nación. No, no os preocupéis, aún no he echado mano a la dormilina nicaragüense,. Lo que digo es cierto: gracias al tan nefasto como famoso canon digital, ahora me siento más motivado si cabe a bajarme cosas de internet, ya sean películas, libros, música o cualquier otra cosa. Ya que pago por ello, Miguel Bosé podrá producir otro disco con el diezmo que ganó ayer cuando mi padre se compró una impresora, pero yo paso del señor Bosé y de su hermana Bimba, que debe ser un pedazo de pan, llamándose así. Yo la hubiese puesto “Rodajita”, para no comercializar demasiado la marca que todos tenemos en mente, o quizá “Hogaza”…bueno, “Hogaza” no, porque se parece mucho a “Holgazana”, y tampoco merece la pena insistir en ello. El caso es que hoy por la mañana, mientras ordenaba apuntes(qué remedio), me he descargado un clasicazo de los ochenta: They Live. Es del año 1988, pero aún así puedo asegurar a propios y extraños que no he querido que coincidiese su veinte aniversario con la consecución de la Eurocopa por parte de nuestra bien amada Selección. Sin embargo, paradójicamente, así es. En esta película, se sucede una invasión extraterrestre, de esos extraterrestres de toda la vida, casi entrañables ya, que se meten en los cuerpos de las personas que se dicen humanas. Está el típico héroe casual, muy de los ochenta, con su mullet al viento, cuadrado y sin novia hasta el final de la peli, que suele acabar con un beso a una chica normal; no una modelo superespectacular: en los ochenta las heroínas eran mujeres normales con cierta gracia. Eso sí con los pantalones subidos casi hasta la altura de los sobacos. Normalmente con cintita en el pelo. Y no, no iba a juego con el resto del vestuario. Así eran los ochenta. El caso es que nuestro casual hero americano, aparte de la recortada Terminator marca de la casa, tiene un objeto que puede hacerle distinguir entre los extraterrestres y los no extraterrestres: unas gafas de sol. Aquí algunos dirán, con ira, con furia asesina: ¿tres párrafos con bromas insustanciadas sobre “próximo” y “prójimo”, para llegar ahora a esto??. A esa gentuza que ha pensado algo similar, sólo quiero hacerles notar que hace tiempo las gafas de sol pueden ser graduadas. Y aunque no lo fueran, que lo son, Próximo siguió siendo emperador. Volviendo al hilo argumental, el héroe tiene un amigo, el típico actor secundario que, desde el minuto diez de la película más o menos, sabes que la va a cascar. Pero no te importa, ha nacido en la gran pantalla para morir, y sólo esperas que a medida que avance el metraje no desarrollen demasiado su personaje, para no simpatizar con él demasiado antes de que muera. En este caso efectivamente, nadie simpatiza con este pobre hombre. Más después de la escena que he puesto a continuación. Su amigo, el héroe, el “pride of america” (si bien me consta que el actor, que no es otro que el famoso luchador “Rowdy” Roddy Piper, es escocés), le intenta convencer de que se ponga las gafitas, para que vea a los malos, y juntos limpien la ciudad. Pero claro, el otro, de natural desconfiado, no lo tenía muy claro, pues no veía la necesidad de ponerse gafas de sol en un callejón y a la sombra. Así que bueno, como son americanos, son hombres, y son los ochenta, resuelven la controversia de la manera más civilizada posible: a puñetazos. La cabezonería humana no tiene límites, sería la conclusión de esta dilatada aproximación al mundo de John Carpenter. Pues si, dos hombres liados a puñetazos y patadas en los huevos( más bien rodillazos), por unas gafas que, se ve a la legua, son compradas en los chinos. Faltaba un buen publicista en la peli, puede que Ray- Ban hubiese pagado una pasta porque unas gafas suyas tuvieran tanto protagonismo. Pues ya sabéis: si no queréis llevaros una paliza, si alguien os ofrece unas gafas, no lo dudéis: ponéoslas. Puede que el mundo dependa de vosotros. |
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