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Superhéroes, la parida mental de una mañana de septiembre.Estoy sentado frente a mi escritorio. Escribo. No dejo de escribir, maldición, llevo toda la mañana escribiendo. El sabor de las galletas del desayuno es un recuerdo tan lejano que me da la sensación de que hace semanas que no digiero comida alguna. Eso, teniendo en cuenta que hace sólo unas dos horas que he desayunado, resultaría preocupante. Pero realmente, no lo es tanto. Estoy absorto en mis propios pensamientos, que van fluyendo desordenadamente en un montón de documentos “Word” que acabaran atropelladamente borrados, destruidos, con suerte ignorados en alguna esquina de mi abarrotado “escritorio”. Mis pensamientos no son del todo alegres, lo que no impide que mi estado emocional sea francamente bueno. Pero no puedo evitar lamentar profundamente el hecho, por otro lado, supongo, algo lógico, de no tener superpoderes. Como a cualquier mortal, me encantaría salir de mi casa por las mañanas y volar hasta donde me apetezca ir. Si para ello es necesario vestirse con los calzoncillos por fuera del pantalón, es un sacrificio que estaría dispuesto a soportar. Hice la prueba hace muchos años, cuando era un niño regordete y rubio con tirabuzones. Pero lo único que conseguí fueron unos cuantos moratones al intentar abordar el poco ambicioso proyecto de establecer una línea aérea regular entre un sofá y otro. Colgué mis mallas de Superman a la corta edad de ocho años. Más tarde pensé que quizá eso de volar por ahí era demasiado ambicioso, y que me tenía que centrar en algo más terrenal. Es entonces cuando concebí la idea de, por qué no, emular al sorprendente Spiderman. Era evidente que no me iba a dejar picar por ninguna araña radiactiva, y mucho menos para lanzar telarañas por las muñecas, detalle que por cierto me daba mucho asco. Pero lo de trepar por las paredes pues si, me parecía una idea muy buena. Más lento que volar, obviamente, pero con la ventaja de que éste nuevo disfraz llevaba máscara; nadie te veía la cara, nadie te reconocía, y sobre todo, nadie te veía con los calzoncillos por fuera. La fuerza de la gravedad o mi graso trasero de aficionado a las palmeras de chocolate, tal vez ambos al mismo tiempo, impidieron que el traje hiciese su función. Desgraciadamente, no pude trepar por las paredes al estilo arácnido. Fue por aquel entonces cuando una película de Tim Burton se proyectaba en los cines madrileños. La peli no era otra que Batman, y aquel soltero ricachón, joven atormentado, que no tenía más poderes mágicos que un par de pistolas lanza alambres, me abrió los ojos. Así fue, como os lo estáis imaginando: las mallas del caballero negro sustituyeron a las del enclenque hombre araña. Fui de hombre murciélago por la vida el tiempo suficiente como para cerciorarme de que los gadgets que Batman lucía en la película, o eran muy difíciles de conseguir, o muy caros. O no existían, claro. Aún así guardo especial respeto y consideración hacia el mito de mi infancia: un póster de su, de momento, última película se alza por encima de la cabecera de mi cama. Bueno, venga, seamos sinceros, pero no se lo digáis a nadie… cambiad Gotham por Alcobendas y descubriréis que, efectivamente, yo soy Batman. Fantasmadas aparte, además de poderes especiales para hacer desplazamientos rápidos, económicos y seguros, toda mi vida he querido tener poderes mentales. Siempre me ha atraído especialmente aquél poder que te permitía leer la mente. Saber que piensan los demás siempre te proporciona una gran ventaja. Hay muchos poderes telequinéticos por ahí, manipular elementos, controlar el clima y un gran etc que acaba cuando se le acabe la imaginación a cada cual, pero siempre me ha dado especial “morbo” eso de poder saber lo que los demás están pensando… Otros poderes tales como la superfuerza o resistencia, pues no se, son muy atractivos, claro, pero… ¿alguien se ha percatado de lo feos y lo raros que son los superhéroes con ese tipo de poderes? Bicharracos desagradables con algún tipo de deformación y muchos traumas infantiles. Lo de los traumas lo podemos pasar en pos de la superación de las barreras naturales, pero… ¿encima deformidades? No, gracias.
Al final no he podido evitar crecer, no dejé de leer comics y de ir al cine, pero seguí creciendo, y llegó un momento dado en que me dí perfectamente cuenta de que claro, eso de los poderes mágicos es la po**a, pero no es nada… digamos… ¿cómo podría decirlo suavemente? Ah si, nada realista. Aún así no puedo dejar de sumergirme en un realismo brotado de la idea romántica y heroica de que todos tenemos algo bueno que explotar y que ofrecer al mundo, que la vida merece la pena y todos absolutamente todos, incluso los gordos bajitos feos, con verrugas en las sienes, sin pelo, con nariz de dos metros y quince centímetros, granos en el culo y celulitis en el esófago, pueden ser felices. Vamos, que estoy de un positivo que echo pa´atrás. Es evidente que, pensando así, la vida me ha ido dando sus bofetadas, y me dará muchas más, como es lógico. Y puede que no esté preparado y que lo pase mal. Pero incluso en esos momentos sigo siendo Batman (aunque sea un Fake Batman de los muchos que circulan por el mundo), y saldré adelante, siempre y cuando no sea en una cajita de pino, claro… Aunque, podría cambiar de superhéroe, porque… Una araña se desliza, sigilosamente, por mi ventana. Busca una mosca que me ha estado molestando con cierta persistencia durante mas o menos media hora. La mosca ya no está, la he matado y la he mandado al mas allá(es decir, al sumidero). La araña tendrá hambre. Se ha parado justo enfrente de la pantalla del ordenador. Me mira. Nos miramos. La tensión se desliza liviana en el aire, cuando calculo mentalmente lo que costaría un disfraz de Spiderman… tamaño adulto. Es cuestión de alargar la mano hacia el pueril insecto, dejar que la llema de uno de mis dedos, supongo que el dedo corazón para darle mas emotividad a la escena, roce al animal, para que reaccione picándome y transmitiéndome los superpoderes propios del comic. Sólo hay un problema: estoy sin blanca, y sin el atuendo complementario, tener superpoderes no tiene gracia. Breve resumen de lo que se siente cuando verdaderamente se quiere a alguienLa fatalidad de tu nombre me invita a reaccionar, No caeré herido de muerte, noqueado de miedo, sólo quiero acercarme a tí, cogerte de la mano, solamente. Hacerte sentir lo que yo siento, que es sincero, si, pero ingenuo como la mirada de un niño; y te miro a los ojos. Nado en tu mirada con un cincel preparado para escribir, para dejar mi impronta en la más profunda cueva de tu alma. El oxígeno me va faltando cuando me rasga tu tristeza. Pero mis pulmones son fuertes, son titánicos, resisten. La voluntad les llena de aire, cincelo un sentimiento, la única palabra que quiero que guardes cerca del corazón: no te pido nada, y los dos sabemos que es verdad: el único sentimiento que para ti deseo es… felicidad. 10 maneras de matar un pimiento: 1- Como matar al pimiento de Gernika.El Pimiento (llamado Pimentón en Venezuela) y que su nombre original es el de "chíle",que proviene del nahuatl; es una variedad cultivada de la Capsicum annuum, que muestra una piel de diferentes colores: rojo, verde, amarillo, púrpura, etc. El pimiento tiene poco (o muy escaso) contenido de capsaicina; es por esta razón por la que la variedad Europea con frecuencia no suele picar. Se trata de una planta de cultivo extendido por todo el mundo, es considerada una planta de huerta y que generalmente se suele comercializar en diferentes colores: verde, rojo y amarillo. Originariamente procede de América y tras el descubrimiento se empezó a extender por Europa. Dentro de esta especie se pueden encontrar numerosas variedades, generadas por diferencias en el clima, las condiciones del suelo, etc.
Existen diversos métodos y maneras de matar a este pequeño y a veces desagradable vegetal que tiene la virtud de asfixiarte, quemarte la boca, hacerte salivar en exceso de lo picante que esta, y así mismo la muy extraña virtud de no saber absolutamente a nada cuando ya estás preparado física y anímicamente para otra acometida de dolor gustativo en tu pobre cavidad bucal. Dependiendo del tipo de pimiento la forma de sentenciar a este monstruoso engendro vegetal a la nada varía considerablemente. Así pues, atentos:
Empezaremos con la variedad llamada popularmente pimiento de Gernika. Este pimiento vizcaíno, típico de la comarca del Txoriherri, no pica en absoluto. A pesar de ser un pimiento vasco de pura cepa, se nota su origen extremeño, y genéticamente no llega a presentar la pureza reclamada para la raza vasca autentica. Por ello no pica porque, si fuese vasco autentico, sólo los auténticos vascos podrían merendárselo sin sufrir atroces ulceras duodenales e inflamación del píloro. La manera de sacrificar a este impuro elemento de la gastronomía vasca es la siguiente: A) córtese una haya del monte Igueldo, en los lindes con Donosti. Debe de cortarse con un hacha de mango de roble, una solamente y en dos, o a lo sumo tres, certeros hachazos, dados por un vasco con RH vasco. Parece que no es importante, pero sólo de esta manera se asegurará la precisión del futuro “instrumento de la fatalidad”. B) Una vez cortada la haya, dispóngase a desgarrar con las manos desnudas dos trozos de corteza de la misma. Debe de ser con las manos desnudas, sin uso de guantes o cualquier otro material que no sea piel humana vasca: los pimientos de Gernika son muy sensibles y notarían la diferencia. C) Sitúese el pimiento a sacrificar entre los dos trozos de corteza previamente arrancados. Cójase una piedra del propio monte, a ser posible lo mas irregular que pueda encontrarse, de tal manera que el trabajo luzca más artesanal, estéticamente más impecable. D) Por último, golpee la piedra, de arriba a abajo y reiteradamente, contra sus genitales, hasta que se le escapen dos o tres lágrimas de dolor. El pimiento no podrá soportar la sensación de ver a un auténtico vasco llorar, y cederá ante la presión de las cortezas. Es conveniente no derramar más de dos o tres lágrimas, pues de lo contrario el pimiento en lugar de espachurrarse explotará.
Elementos a tener en cuenta:
-1 auténtico vasco, de RH vasco puro. Los abertzales no valen, pues aunque abertzale significa “patriota”, suelen ser descendientes de familias andaluzas y extremeñas. No tenemos nada contra estas nobles raíces, pero la pureza del RH es esencial para la eficacia del castigo.
-1 hacha de mango de roble. De roble vasco, por supuesto.
-1 Haya del Monte Igueldo. Muchos preguntaran, ¿ por qué debe de derribarse una haya para tan sólo dos cortezas?. Y mi respuesta no puede ser otra… “preguntárselo a Arzalluz”
El proximo dia continuaremos con los pimientos de Padrón. En la carreteraSus ojos no paraban de mirarme. Escudriñaban mi rostro, buscando los mios. Pero solo podían ver su contorno blanco, afilado en mi perfil… estaba conduciendo y era evidente que en una curva, una mirada puede ser mortal. No obstante y aún así ambos éramos conscientes de que al final yo iba a ceder, e iba a responder una mirada tan intensa como la suya con otra mirada; rápida, probablemente, si, pero tan intensa que nadie en su sano juicio la hubiese considerado nunca una ojeada. Me encantaba perderme en sus ojos… me encantaba mirar sus labios, que tantos besos propiciaban y que tan bien se aparejaban con los míos. Merecían la pena los diez segundos de riesgo por diez segundos de sentimientos tan profundos como los que despertaban en ambos aquellas miradas, desafiantes, llenas de promesas que se pueden cumplir, más tentadoras que cualquier manzana en paraíso alguno concebido por la mente de algún dios creado a imagen y semejanza del hombre. Yo no soy un gran conductor. Nunca lo he sido y nunca he pretendido serlo. La velocidad es algo que utilizo como arma arrojadiza cuando llego tarde a algún sitio y no me queda mas remedio que pisarle para no cometer el error de dejar que otros lleguen antes que yo. Pero conduciría diez horas tranquilamente, y seguidas, solo por el placer de ser consciente de que ella esta sentada a mi derecha, mirándome. Mi mano se apoya firmemente en la palanca de cambios cuando debo acometer un cambio de marcha. Es entonces cuando aprovecha ese sutil momento para regalarme una aun mas sutil caricia en mi mano y en mi brazo, caricia que mi cuerpo agradece irguiéndose un poco sobre el asiento y dedicándola una suave sonrisa, que en cualquier otro momento podría pasar por irónica, pero en aquel instante solo reflejaba la mas pura y sencilla de las satisfacciones. Supongo que ella no puede ver esa sonrisa, pero vuelve a haber una conexión especial entre ambos, pues ambos sabemos instintivamente que se ha dado cuenta de que, efectivamente, mi sonrisa ha sido la respuesta que ella buscaba. Los semáforos comportan los momentos más codiciados para ambos. Nos unimos por unos instantes, en un momento que parece de placer eterno cuando nuestra piel transmite la necesidad mutua de estar unidos, aunque sea por unas pocas moléculas de piel que forman las comisuras de nuestros labios. La necesidad de contacto es esencial entre nosotros, va más allá de la necesidad fisiológica y brutal de la procreación. Simplemente, necesitamos tocarnos, estar en contacto por unos instantes. La información pasa de un alma a otra por medio de las caricias, de los besos, de las miradas. Hablábamos de la vida, del pasado, del presente, de música, de lo que nos gustaba, de lo que no, de muchas cosas y de ninguna. Sin embargo, necesitábamos transmitirnos otro tipo de lenguaje, un lenguaje especial nacido de una extraña simbiosis que ninguno de los dos entiende y ninguno de los dos buscaba. Un lenguaje que no se basa en ninguna simbología, en ningún canon, en ninguna conducta socialmente establecida por la raza humana. Simplemente necesitamos besarnos, acercarnos el uno al otro, encontrarnos en nuestro propio espacio y sentir que, aunque sea por un mínimo instante que no pase del segundo, el universo somos nosotros, y solo somos nosotros los que decidimos qué hacer con él.
El tiempo pasa, seguimos nuestro camino. Yo no creo en los dioses, pero parece que es el propio Zeus el que azota el horizonte con una tormenta eléctrica: es un espectáculo grandioso, salvaje, conmovedor. Nosotros lo observamos mientras que en el coche suena una bossa nova. Que gran contradicción y, al mismo tiempo, que gran banda sonora para una gran noche. Era uno de los pocos instantes que existen en la vida en el que tienes la sensación de que la naturaleza comulga con tu estado de ánimo. Te sientes respaldado por fuerzas que no puedes controlar, y que sin embargo parecen decirte muchas cosas. Aquella electricidad, descargada por la naturaleza en aquel cielo gris tormenta, era una replica perfecta de lo que pasaba en los pocos instantes en los que nuestras miradas se encontraban, en los que nuestra piel se rozaba, en los que nuestros labios formaban un todo indefinido… El viaje se acaba, el cielo descarga un chaparrón inmisericorde cuando bajamos del coche. Ahora nuestros ojos se encuentran casi sin querer, y a veces juegan a no encontrarse. Pero vuelven a ser los besos los que descontrolan ese juego perfecto, y tan pronto como me encuentro a dos centímetros de su boca, necesito que el espacio se reduzca a cero. Ella se da cuenta, pues mis ojos no pueden dejar de mostrar lo que mi alma anhela, busca, necesita para encontrar la paz. Sabe lo que quiero y no duda en dármelo, porque ella también siente que necesita ese contacto. Por eso, antes de que nuestros labios se encuentren y destruyan el espacio opresor que los separa, nuestras almas ya se han besado. Pasadas las horas, la carretera, negra como un abismo, nos llevará a nuestro irónico destino, que no es otro que el punto de partida. Es muy tarde, el cansancio ha hecho mella en nuestra mortalidad, es inevitable; pero ella estará sentada a mi lado, luchando por escapar de los brazos de Morfeo y regalarme una caricia más. |
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