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日志


la sombra del ciprés es alargada

Podías ser mejor de lo que eres, no cabe duda,

Ser más guapo, tener más dinero, y más cultura,

Pero eso no te preocupa, nunca necesitaste abuela

Sólo dos palabras, y tu imaginación vuela.

 

“Pues es jodido el tema del amor, caballero”

Le dijo un día lejano Góngora a Quevedo

Luego se liaron a palos en la villa de Madrid

De todos es sabido que se odiaron hasta morir

 

Cientos de años pasaron y ahora hay ordenadores

Donde escribe mucha gente, y no sólo escritores

Y siguen hablando de amor, de odios y pasiones

De corrupción, de celos, de humanas sensaciones

 

Razón no me falta para ser razonable, lector

Y lo más razonable es no guardar nunca rencor

Ni odio ni celos, ni “pensamientos pecaminosos”

Que diría un cura, pero seguro que de los ociosos

 

“Nunca he odiado a nadie, padre”, -diría en confesión

“¿Pensamientos pecaminosos?…-utilice su imaginación”

“corrupto no sería, más que nada por propia convicción”

Cuando hay celos, así habla un apasionado corazón:

“Ni la luna, ni las estrellas, no te las puedo dar

Porque antes ya te las dieron

Ni una sola mirada, ni un apasionado te quiero

No te los puedo dar

Porque antes ya te los dieron

 

No te puedo prometer nada, absolutamente nada

Porque todo ya te lo  prometieron

No puedo ser otra persona más que yo mismo

Porque nadie puede ser sustituido

Nunca seré sustituto de nadie,

Y a mi nunca me sustituyeron

 

Ni por un instante pienses que estoy derrotado

Porque nadie me ha derrotado nunca

Ni por un instante pienses que he desistido

Porque no he desistido nunca

 

Este idioma tiene muchos matices, palabras por inventar

Términos y conceptos fuera de nuestro alcance

Hasta que alguien los escriba, sólo puedo darte mis besos

Que son míos, que ya he dado antes, perdidos en el tiempo

Solo yo decido quien los merece… puede que seas tú…

 

Es menos que un idioma de signos sin sentido

Pero más no tengo que ya no te hayan ofrecido

Y más no mereces de este corazón afligido.”

 

Bajo la sombra de un ciprés paseábamos

Mi amigo el cura y yo, entre escombros

Me asombró la conclusión del aspirante a santo:

“La razón es poderosa…pero el corazón… es humano.”

Digamos que..Mengano, si, sobrevivió (basado en hechos reales)

En algún lugar perdido entre las terraza madrileñas, los supervivientes de aquel agosto se reunían a tomar algo una vez la noche envolvía la luz, y con ella al calor extremo del verano, no sé si el más caluroso del siglo, pero si lo suficientemente sofocante para que el más nimio movimiento durante el día supusiese una sudoración casi excesiva. Allí se encontraba un tal Mengano, con unos amigos, en aquel verano del 2004 o así. Realmente no eran precisamente muy amigos suyos. Podríamos conjeturar más bien que eran amigos de la chica que se sentaba a su derecha, cogiéndole la mano de vez en cuando y aparentando una estabilidad en una hipotética relación que nunca habían tenido. De hecho, para que engañarnos, ni siquiera se encontraba a gusto entre aquella gente. No eran malas personas, todo lo contrario; de simpáticos, llegaban a hacerse casi entrañables. Pero no era el estilo de nuestro tal Mengano. Y después de dos horas hablando de motos, tunning y las cualidades maravillosas del whisky con coca- cola, no podía evitar sentirse, de alguna manera, algo irascible. Osease, para aclararnos, el tal Mengano, llegado un punto en que sus conocimientos sobre automóviles no daban para más, empezó a aburrirse como un caballo en una despensa sin comida, y sin espacio. Pero allí estaba el pobre hombre, amante de los libros de Pérez- Reverte y de Cortazar, seguidor de las teorías filosóficas de Hegel, atormentado adorador de las películas de Peter Jackson, friki en general, hablando sobre tubos de escape y llantas. La noche discurría monótona y relajante, y el tinto de verano, fresquito, llegaba a su boca desahogando el calor que su cuerpo había estado acumulando involuntariamente durante horas. Llegó un momento en que nuestro Mengano decidió abstraerse de la conversación, más o menos en el momento en el que estaban hablando de equipos de sonido para coches, y empezó a recordar aquel concepto de "Todo lo racional es real y todo lo real es racional”, que defendía Hegel. Uno de los contertulios, atento desde su silla, no tardó en darse cuenta de la situación, y mediante la simbología del codazo le hizo saber a sus allegados su situación de autismo voluntario. “Está en la parra”, fue el comentario que pudo oír Mengano. Pero lo ignoró. Estaba muy a gusto subido en aquella parra, y no tenía intención de bajarse de ella en un buen rato. Los caminos de la mente son inescrutables, y de la ciencia de la lógica de Hegel pasó a conjeturar sobre la posible fecha de salida de la edición extendida de “El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey”. De vez en cuando disfrutaba de algún trago del fruto del árbol en el que se encontraba alegóricamente subido. Fue precisamente cuando se empezó a acabar el tinto de verano cuando se percató de un acontecimiento que estaba ocurriendo a pocos metros de donde se encontraba, justo delante de sus narices.

Y es que, al acabarse la bebida, la chica que acompañaba a nuestro joven atormentado se levantó para dirigirse hacia la barra, con la clara intención de exigir más de aquella ambrosía a cambio de una pequeña remuneración monetaria. Y estaba esperando en la barra con cierta placidez su petición cuando dos chicos de su edad se acercaron a la barra, posicionándose muy cerca de ella. Esto no hubiese llamado la atención de Mengano; evidentemente, todos tenían derecho a la bebida teniendo la edad legal y dinero para comprarla. Tampoco le pareció anormal el hecho de que se pusieran a hablar con su futura escanciadora: al fin y al cabo estábamos en verano, las prendas femeninas brillaban por su ausencia, dejando sin cubrir mas centímetros de los acostumbrados. Si a eso le añadimos una chica en edad de merecer, como dicen en los pueblos de nuestra geografía, la conversación estaba clara. Quizá simplemente hablaban del tiempo. Por qué no…

El caso es que el joven Mengano, aunque vislumbraba los acontecimientos desde la posición en la que se encontraba, se hallaba enfrascado en sus sueños cinéfilos: pensaba en lo bien que estaría una nueva película de Indiana Jones, en una posible adaptación de El Hobbit, incluso especulaba con una posible segunda parte de BrainDead ( en español subtitulada: “tu madre se ha comido a mi perro”)

 Pero un gesto que se produjo a varios metros de distancia le hizo bajarse de su querida parra: uno de aquellos chicos había bajado el brazo, con la funesta intención, hecha realidad, de tocarle el culo a la chica que, momentos antes, daba la mano a nuestro peculiar Mengano. El contacto con el glúteo derecho de aquella chica fue rápido; nada mas sentir el roce, ella reaccionó quitándole la mano. Mengano había visto el movimiento en cámara lenta, y esperaba que la siguiente reacción de aquel chico fuera la retirada. Al fin y al cabo, todos nos podemos equivocar. Pero en vez de eso, aquel chico, frustrado por el intento fallido, cogió de la muñeca a aquella chica, acercándola hacia sí. A pesar de la influencia que la racionalidad de Hegel había tenido decisivamente en la conducta de Mengano, no pudo evitar que la parte reptil de su cerebro le pidiese a gritos una reacción. Y fue así como nuestro protagonista mandó a dos aclamados directores, como son Spielberg y Jackson, a la mierda, junto con sus posibles futuros proyectos. Levantándose, se dirigió con paso firme, y algo de mala hostia, hacia el escenario de los acontecimientos. La chica le vió, se dirigió hacia el con cierta mirada de miedo y de preocupación. Entendió pronto nuestro amigo Mengano que el miedo de aquella mirada era por el mal momento que acababa de pasar, y que la preocupación era por el posible daño que podrían inferir a su persona. Así pues en el rápido desenlace de los acontecimientos, Mengano comprendió pronto que lo mejor era volver a la mesa y olvidar el desagradable momento. El agresivo chico lucía un peinado estilo mohawk macarril, que puso de moda el galáctico Beckham,  así como un tatuaje tribal en el brazo izquierdo. El esperma característico de la marca “el niño” se reflejaba en su camiseta, que carecía de mangas. Y todo hubiese quedado en un susto sin más, un suceso desagradable en una vida de éxitos (ya que nos ponemos a escribir…), de no ser porque aquel chico tenía ganas de liarla. Y justo después de apartar a la chica de su lado, nuestro Mengano recibió un empujón, no muy fuerte; de esos empujones que no pretenden hacer daño, pero pretenden llamar la atención, en sentido pugilístico. Mengano lo interpretó así, más que nada por la frase que acompañó al gesto: “¿Qué quieres, que te infle a hostias?”

El amigo de aquel mentecato contemplaba la escena con una estúpida sonrisa de oreja a oreja, encantado con la posible pelea que se avecinaba.

Mengano miró a aquel imbécil de arriba abajo, calculando sus posibilidades. Era evidente que aquél chico le iba a machacar: le sacaba dos cabezas, y eso si se ponía de puntillas, y  sus brazos eran gigantescos: con el tribal de su brazo izquierdo podría hacerse, bien estirado,  un felpudo para el baño. Así que se limitó a responder con el arma de los débiles, la ironía. Su reacción fue tan simple como efectiva: le tiró un beso. Aquello era un vacile difícil de soportar, y aquel bicho se acercó con cara de pocos amigos a Mengano. Desde el bar se oía una música que  le hizo sonreir, pues era una canción de Smash Mouth: Why can´t we be friends?. Muy propio de los guantazos que se avecinaban, muchos de los cuales, a no ser que mediase intercesión divina, se los iba a llevar nuestro querido protagonista. A medida que el bicho se acercaba, Mengano retrocedía, sin darle la espada, fijos sus ojos en los de aquel ser, enrojecidos por el humo. Estaba justo al lado de la mesa, donde sus contertulios, amigos de la chica que minutos antes estaba pidiendo bebida, contemplaban la escena haciéndose los suecos. Vamos, como si no conociesen a Mengano, ni en la vida hubiesen oido hablar de él. Por unos instantes, Mengano contempló la posibilidad de, si sobrevivía a los golpes, meterles un tubo de escape a todos y cada uno de ellos por el culo. O unas llantas. Ya se vería. El caso es que casi estaba encima de ellos, que tímidamente se apartaron, sin hacer ruido, sin molestar; mecánicos de la cobardía. Y ya estaba casi encima de la mesa, cuando acabó harto y, no podemos decir que armándose de valor, pues este nunca le había faltado, pero si de aire, le gritó a su furibundo contrario algo así como: “ ¡si quieres que te pegue más fuerte de lo que te pega tu padre, ven aquí si tienes huevos!”.  Lo cual enfureció a su estúpido asaltante, posiblemente porque en realidad su padre sí que le pegaba, y se lanzó a la carrera contra Mengano, pues sabía perfectamente que la presa era segura, y la sangre podría correr a borbotones. Fue fácil, fue limpio. Tan sencillo que Mengano lo recuerda con una sonrisa pues, al ritmo de smash mouth, tuvo los reflejos suficientes como para apartarse de la trayectoria del puño que quería descargar un brutal y contundente puñetazo contra la estructura ósea de su cara, al tiempo que su pie se trababa con el de su adversario, y sus manos lo empujaban, con fuerza, por el hombro y por la cintura. Así fue como el cencerro vestido de “el niño” voló por los aires, no a mucha altura, para qué vamos a mentir. Pero si la suficiente como para caer justo encima de la mesa, y romperla con el peso del cuerpo a él inherente. No sabía si reirse, irse o aprovechar el momento y apalear a aquel bichejo. El caso es que Mengano fue imbécil y su reacción consistió en acercarse a aquél chico y preguntar: “estás bien?”. Craso error. No era un ser racional, la filosofía de Hegel no funcionaba con aquel tipo. Y cuando Mengano le tendía la mano para ayudarle a recuperar la verticalidad, aquel ser lo aprovechó para desbaratar su equilibrio y tirarlo al suelo. Rodó sobre si mismo Mengano, al lado contrario de su agresor, para levantarse. Se oía al dueño del bar decir aquello de “he llamado a la policía; si queréis pegaros, os vais a la calle”. Ya no había trucos posibles, ni mesas que romper. Volvían a llegar a las manos, mientras en el bar sonaba la mítica canción de Metallica “nothing else matters”. Irónico destino otra vez. Mengano comprendió que la única salida que tenia era la contundencia. Así que, ya los dos en pie, dirigió un directo a la nariz de aquel alterador del orden público. No se lo esperaba; al fin y al cabo él era el matón, el fuerte, el que iba a reventar vértebras. No reaccionó: le dolió, sí, pero no lo suficiente para dejar una trifulca… simplemente, le sorprendió. Su amigo hace tiempo que no se reía, y se limitó a sujetar a su compañero y sugerirle que desistiese. El otro hizo agrios ademanes de venir a por Mengano, que lo esperaba desafiante, demasiado confiado en sus propias posibilidades. Pero aquel ser acabó por irse, con su camiseta de “el niño” empapada de sangre, y la frustración de no haber conseguido ni sexo, ni sangre(que no fuese la suya propia,claro). La chica que le acompañaba, que había permanecido muda, pálida, sin reacción, durante la querella, fue a abrazarle, medio llorando, medio sorprendida por el desenlace de los acontecimientos.

Mengano volvió con sus “amigos”, que le preguntaban aquella cantinela protocolaria y falaz de “¿estás bien?”.

Y Mengano respondió “sí, estoy bien”. No obstante, no pudo evitar pensar “ y estaré mucho mejor que vosotros cuando os meta vuestros tubos de escape por el culo”.

Estado de Bienestar

Era una vez un cuaderno vacío
Lleno de historias aún por contar
Esto aquí, esto allá, voy a desayunar
 
Era una vez un boligrafo negro
Lleno de trazos por marcar
Esto aquí, esto allá, y ahora empiezo a pensar
 
Era una vez una frase vacía
Llena de letras por desordenar
esto aqui, esto alla, bajo un ratito a nadar
 
Estoy entre hacerme el artista o irme a estudiar
y dudo entre pierna de pollo o cordero y couscous
entre comer en mi casa o comerme un menu
 
Era una vez una tarde lluviosa
Llena de horas por aprovechar
esto aqui, esto alla, me voy a ver el mar
 
Y  estoy entre perder la tarde o empezar a pensar
estoy entre hacer un poema o irme a cenar
estoy entre hacerme el artista o irme a sobar
creo que hoy tengo estado de bienestar

Hoy he decidido matar a Eugenio (es ficción, que conste!!)

Escribo algo entre clase y clase? No, qué va! Ya lo tenía escrito. Quizá nunca fue expresado en medio físico alguno, pero de alguna forma ya estaba escrito. Y quién sabe de que voy a hablar en estos misteriosos momentos. Mi mente elucubra imágenes que se van dictando poco a poco en este Nuevo Documento de Microsoft Word, que va recogiendo, mansamente, sin preguntar, sin saber qué le está pasando, todas y cada una de mis apreciaciones. Que pueden ser muy estúpidas, si, pero se van recogiendo poco a poco sin ningún tipo de problemas, lo que me hace pensar que  ciertamente estamos equivocados al juzgar, hablar, o escribir acerca de la “rebelión de las máquinas”, puesto que es evidente que las únicas máquinas que se revelan son las de fotos. Aquí enfrente del teclado, vista al frente, con una disciplina férrea propia de un militar o de un medio de comunicación propagandístico superior, el país se doblega ante las más altas tecnologías. Parece que lo que acabo de decir no tiene sentido alguno, pero demonios, si que lo tiene. Toda la frase, desde un punto que marca la muerte de la asertación anterior hasta el final que dicta la agonía de un último pensamiento, tiene sentido. Recorren de una manera medianamente ágil mis dedos las teclas situadas exactamente en un ángulo recto debajo de mi nariz, pensando que finalmente vamos a escribir una historia de terror, donde alguien va a morir, donde alguien lo va a pasar mal hasta que muera, va a vivir instantes de angustia tan desagradables que el lector va a tener miedo a continuar leyendo, pues sabrá que el inefable final que espera al protagonista de ésta historia es certero como que hoy se pondrá el sol. Además se sentirá identificado de alguna manera con nuestro querido protagonista. Será un hombre, puesto que mi mente no es capaz de lucubrar finales funestos para humanos del sexo femenino. Será un hombre bueno, lo que no quiere decir que sea un hombre ejemplar; tendrá innumerables defectos, habrá sumado a su vida innumerables vicios, la perfección estará tan alejada de él como los barrenderos de los cubos de basura durante una huelga. Pero… y quién no tiene defectos? Digamos que este hombre tiene unos 28 años, edad con la que todo el mundo puede llegar a identificarse: o la ha tenido, o la tendrá. O la está teniendo ahora mismo, y además tiene la desgracia de llamarse Eugenio y haber nacido el 8 de febrero. Como nuestro protagonista, que dentro de poco estará relativamente muerto.

 Y es que es un 8 de febrero cuando arranca nuestra historia. Un frío como sólo puede sentirse en la Asturias profunda, más cerca de León que de la costa. En un pequeño hórreo reconvertido en cómoda vivienda, nuestro amigo Eugenio celebraba su vigésimo octavo cumpleaños. Y lo celebraba según la costumbre mas acostumbrada por el hombre moderno occidental: unos amigos, algo para picar, y alcohol, mucho alcohol. Fue así como Eugenio pasó la tarde y parte de la noche con sus invitados. Realmente, no todos eran sus amigos, pues la vida social de este hombre se limitaba casi básicamente al Messenger, pero su hermana se había traído a unos cuantos amigos aprovechando la ocasión: una fiesta gratis y en tu propia casa no se da todos los días. Fue así como Eugenio llegó al entumecimiento de los sentidos característico de la cogorza.

Casi flotando, con ciertas ganas de vomitar, Eugenio salió a la calle con la intención de respirar aire puro y recobrar cierto sentido de la realidad. Pensó acertadamente que el aire fresco de la noche asturiana lo reconfortaría. Pero había olvidado que su nacimiento se produjo en una helada noche de febrero. Y que hoy estaba celebrando su cumpleaños, luego no era extraño que aquel fenómeno meteorológico se repitiese. Y el viento soplaba en todas direcciones, arremolinado, cuchillos de frío atravesaban el cuerpo bien abrigado de nuestro querido amigo.

Eugenio había convocado a la musas del vodka en exceso. Con tanto reclamo, había dejado el Valhalla vacío. Y ahora luchaba por no perder la dignidad del movimiento recto y se esmeraba por acortar el zig- zag que, sin proponérselo, marcaban sus piernas en la nieve, que había cuajado horas atrás. Y vio aquel camino, marcado por unos lánguidos pinos que se mecían a la voluntad del frío invernal.

Frío que no era muy diferente que aquel que encogía su propio corazón cuando, desde que era un niño, su inocente mirada se posaba en aquel camino de piedra, escoltado por árboles gigantes que parecían observar al viajero con un cierto deje de violencia, de brutalidad. Nunca antes se había planteado la posibilidad de caminar por aquella cañada abandonada hace siglos, convertida en camino hace otros tantos, perdido a la voluntad del tiempo. Pero el alcohol no le tiene miedo a nada. Y la ceguera de  Eugenio era casi espiritual, así que caminó, no podemos decir que con paso firme, hacia aquel camino que se perdía en la oscuridad. Al inicio del camino la luna imponía su clárida luz al incesante empuje del viento, y esa claridad meridiana con la que advertía el camino hizo creer a Eugenio que nada era imposible. Continuó por aquella senda, ajeno a la voz que le hablaba, le gritaba, desde su interior, advirtiéndole de un peligro visceral que hacía que su corazón latiese más rápido, descontrolado. Pero atribuyó inconsciente, borracho como estaba, aquel pálpito acelerado al frío que le hacía estremecerse dentro de su abrigo. Y siguió caminando.

Siguió caminando hasta que, de haber echado un vistazo a su espalda, hubiera visto que su casa había desaparecido; ya no se oían las voces familiares, o al menos reconocibles, de los invitados que momentos antes compartían risas, juegos y bebida con él. El fuego del hogar se divisaba tenue, pareciendo más un fuego fatuo, o fantasmal, que el centro de calor de su propia casa. Habría notado que la frondosidad de la vegetación crecía al tiempo que a la luz de luna le resultaba más y más difícil penetrar entre el follaje. Pero su sentido común seguía estando disimulado con el alcohol, y ante la falta de oscuridad tuvo la absurda idea de iluminar el suelo con la tenue luz de su propio móvil. Había decidido, finalmente, acabar con todos sus miedos, con todos sus fantasmas, y llegar al final de aquel lánguido trayecto. Fuese el que fuese.

No pudo advertir por tanto los primeros pasos de una criatura que se acercaba por su espalda, agazapada en la oscuridad, aliada con la noche. Si Eugenio fuese un animal salvaje, o simplemente hubiese estado más atento a su propio instinto, hubiese distinguido entre la masa de aire frío un intenso olor a almizcle. Pero no lo estaba, por lo tanto no pudo sentir la sonrisa que dibujó en la profundidad de la noche el contorno de unos dientes blancos. Una sonrisa ansiosa, de necesidad.

Tampoco pudo advertir que unos pasos se acercaban, mecidos y acompasados con el viento. Unos pasos que procuraban moverse con el viento a su favor, para no despertar sospechas, pero que hace tiempo decidieron simplemente moverse sin hacer ruido: nadie se iba a percatar de su presencia.

Y así fue el camino para Eugenio hasta que la oscuridad fue total. Ya ni siquiera los árboles proyectaban sombras en el suelo del camino. Sus ramas habían cerrado todo rastro de luz, y su móvil sólo le permitía verse las manos. Nada más. Cosa que al resto del mundo le hubiese parecido una luz miserable, inapropiada, inexistente. Pero a Eugenio le pareció la luz de la vida cuando su móvil emitió un leve pitido, y se apagó. Oscuridad total. Lo había conseguido, la borrachera se había disipado. Ahora sí, estaba atento a todo lo que acontecía a su alrededor. Algo a su espalda también se percató de la situación.

Inmovilizado, aterrorizado, tragado por la oscuridad, Eugenio intentaba pensar qué es lo que debía de hacer. Estaba a punto de vomitar, cuando un ruido alertó todas y cada una de sus terminaciones nerviosas. Un simple “clic” de una ramita, a su derecha, entre dos árboles. Cogió el móvil con firmeza, presto a defenderse del posible agresor. No le hubiese servido para nada, pero se aferró al inservible instrumento como si fuese el arma definitiva. Escuchó, alerta a todo lo que respirase a su alrededor. Nada. Posiblemente, se tranquilizó, el viento había quebrado alguna ramita.

Pero de pronto los sintió. Unos ojos desgarraban la oscuridad, mirándole.

Y no era un animal. De alguna manera, esos ojos miraban con inteligencia, conscientes de lo que estaban viendo. El terror se hizo carne cuando se recortó una figura humanoide, tan cerca de Eugenio que podía oler perfectamente su desagradable perfume. Y Eugenio gritó, a la vez que lanzaba el móvil hacia aquel ser surgido de la nada, que ponía en peligro su seguridad vital. El móvil fue tragado por la noche. La figura se acercaba. Algo hizo que Eugenio desistiese en el mismo momento en que iba a avalanzarse sobre aquel ser, presto a luchar por su propia supervivencia. Era un rostro conocido. Era un hombre. Era el novio de su hermana.

Alegría es una palabra que se aproxima a lo que sintió Eugenio ante aquella revelación. Lo que iba a ser un ataque desesperado se transformó en un abrazo.

Abrazo que se quedo en tan sólo una buena intención cuando percibió que aquel chico, que conocía bien, aproximaba a su cuello una navaja. Y la sangre arterial hubiese salpicado el suelo del camino, como si fuese un antiguo ritual de magia negra, de no ser porque la providencia colocó junto al pié derecho de Eugenio una piedra, de tal manera que el acto reflejo de echarse hacia atrás se alió con la gravedad, tirándolo al suelo, poniéndolo a salvo por un instante. Y su agresor cayó con el, en un instante eterno en el que ambos forcejeaban por dejar su carne a salvo del desgarro del metal. En un último instante Eugenio  consiguió milagrosamente desarmar de un manotazo a su agresor, que cayó pesadamente justo encima de él. Las manos de cada cual fueron trémulas a agarrar el cuello del otro. Así comenzó la lucha por estrangularse. Eugenio, sorprendido, cansado, con el miedo todavía palpitándole en la sien, luchaba torpemente por no ceder ante la suerte que le aguardaba. El otro era más fuerte, no podía evitar su muerte. Lo sabía, pero luchaba. Los ojos del hombre que le estaba a punto de dar muerte estaban inyectados en sangre. Y cuando Eugenio finalmente dejó de apretar, una sarcástica sonrisa blanca se dibujo en la cara del asesino. Y siguió apretando. Estaba a punto de salir el sol. Pero, para cuando amaneciese, para Eugenio ya sería demasiado tarde.

la verdad sobre El Che

 

Y resulta poco esperanzador pensar que en esta hora sombría de la tarde tendría que estar en clase de derecho financiero(y tributario), pero mi estimado profesor, amante de los marcianos y muy posiblemente ávido comedor de salchichas de frankfurt, ha decidido no acudir a la cita marcada por el destino… bueno, por el destino no, por el horario de clase aprobado por el decanato de mi universidad. La facultad de derecho ha sido un cachondeo supino desde hace años, y parece que este año, aunque sea mi último año aquí, las cosas no van a cambiar.

 

Entonces, habida cuenta de que tengo clase justo después de la hora profanada por el olvido de un profesor orondo, he decidido acercarme a una de las dos aulas de informática de las que dispone mi facultad, y escribir alguna tontería, con el ánimo de publicarla posteriormente en mi blog(palabra que, no se a los demás, pero a mi me recuerda a un erupto: “¡blog!, ups, perdone…”)

 

Y, quizá decisivamente influido por el entorno pseudo progre que me rodea, quizá porque por alguna extraña razón se ha despertado a estas horas de la tarde mi vena política, he decidido, después de esta larga y tendenciosa introducción, decir unas palabras sobre El Che. Podría decir más de lo que aquí voy a escribir en las líneas siguientes, pero a veces el tiempo no se compra, y sigue siendo el mismo.

¿Por qué, oh cielos, la imagen de El Che llena las camisetas de adolescentes y jóvenes (y no tan jóvenes)? ¿Por qué hay gente que se emociona cantando aquello de  “aprendimos a quererle desde la histórica altura donde el sol de su bravura le puso cerco a la muerte”?

las respuesta es tan simple como el ritual de procreación de un caracol, lo cual no deja de ser, como la frase misma, retorcida: por su aspecto

Posiblemente sus admiradores no saben que aquel ministro de Industria que hace buenos a Montilla y a Clos le había descerrajado personalmente un tiro en la nuca a un niño de doce años. Era el aspecto. Era un logro de la fotografía de Alberto Korda. El joven barbado que ya no podía envejecer, la mirada soñadora, la boina, la estrella. Una exaltación que se prolonga cuarenta años y que tiene más visos de crecer que de decaer.

Y eso que el hombre de las camisetas, el dueño del rostro que explotan hasta las más selectas marcas de moda, contribuyó decisivamente a la implantación del régimen que ha privado a millones de cubanos de libertad durante toda su vida. Algo evidente e inadvertido (como la carta robada de Poe) compensa la inutilidad de las protestas de los disidentes y la dificultad de los hechos para abrirse paso entre los mitos: hoy la imagen de Korda no significa nada. Los periodistas abusan estos días de la palabra "icono" olvidando que en este caso no hay objeto representado. Ya no. El de la boina estrellada, en estado bidimensional, sólo es icono en la cárcel llamada Cuba; y con excepciones notables, como la de Castro. En el resto del mundo, es decir, en el mundo (pues Cuba pertenece a otro planeta) la imagen triunfa pero el símbolo fracasa por falta de realidad subyacente, el significante se desorbita y no hallará significado, el emblema se aborta y cae en el vacío. No habría que preocuparse en exceso por lo que no es.

Hablando de preocupaciones, vamos a dar una vuelta por los últimos meses de vida de El Che, como acabó muriendo ejecutado en Bolivia, historia interesante y quizá muy distante de la imagen martirizada que dejó para las generaciones venideras, que se visten con su cara, decoran sus habitaciones, imitan su atuendo boinero, pero desconocen la verdad más allá de la propaganda oficialista de los miles de escritores seguidores de un hombre que dijo, textualmente, que “ a los gays les haría comerse sus cojones, para que aprendiesen a dejar de serlo”. Muy propio de diarios de una motocicleta, si.

El general de aviación René Barrientos era el presidente de Bolivia cuando Ernesto Guevara fue ejecutado en octubre de 1967. El Che es muy conocido en esta España nuestra, pero de Barrientos no se sabe nada.

Fue en 1964 cuando el ejército acababa de dar un golpe de estado contra el presidente Paz Estenssoro, el histórico líder del Movimiento Nacional Revolucionario que, desde 1952, y mediante golpe de estado, gobernaba Bolivia con un programa nacionalista de expropiaciones mineras y reforma agraria. Paz era un poco como el Evo Morales del momento, pero menos indígena y más ilustrado. El MNR se había labrado una leyenda latinoamericana como el movimiento que había destruido el poder de "los barones del estaño", Hoschild,, Patiño y Aramayo, quienes para las conciencias izquierdistas del momento eran como la odiosa globalización liberal de hoy día.

No es extraño que a Guevara le doliera mucho el derrocamiento del MNR. Quizás esto tuvo algo que ver con su desatinada decisión de lanzar su insurgencia en Bolivia. Imposibilitado de actuar clandestinamente en un medio social como el de los mineros, totalmente urbanizados, puso sus esperanzas en levantar a los campesinos bolivianos contra el general que había frustrado su modelo revolucionario de juventud. Grave error. Barrientos era muy popular entre los campesinos. Quien realizó la ejecución del Che fue un soldado del ejército boliviano, por lo que asumo que el soldado, antes de disparar, había recibido autorización de Barrientos. La propaganda antiamericana sostiene que la orden de ejecución la dio un tal Rodríguez(ironía del destino), agente de la CIA, pero esto es improbable, porque esta agencia prefería conservar la vida del revolucionario para evitar el aura del martirio y para sacarle información. Siempre me pregunté sobre la rectitud moral de la orden de ejecutar al Che sin más. No he logrado cuestionar seriamente la decisión. Sin duda la justicia abstracta hubiese brillado con un juicio en toda regla, pero dudo que desde otro punto de vista se hubiera hecho justicia si tal juicio se hubiese llevado a cabo. El Che atacó un país extranjero; llevaba consigo la fama de sanguinario, por lo que sus intenciones eran manifiestas. Tenía millones de admiradores en el mundo, no sólo entre las masas y las élites, sino entre muchos gobernantes. Las campañas por su liberación eran previsiblemente temibles. Su supervivencia como preso hubiera planteado problemas graves de seguridad a Bolivia. Su extradición a los Estados Unidos hubiera entrado en contradicción con el nacionalismo de los militares bolivianos.
El Che había llevado la violencia a dos continentes, por lo que no parece contrario a las leyes de la guerra que se dispusiera de su vida según una de las leyes supremas que rigen en los conflictos armados: la necesidad.

En fin, que la historia del joven atormentado dista mucho de lo que fue en realidad. No se evitará que Korda siga cobrando derechos de autor por la imagen de este hombre, que siga siendo imagen del capitalismo (que es para lo que ha quedado), ni que se le siga recordando con un aura de romanticismo idealista. Inexistente, por cierto. Tan inexistente como el sentido común crítico de una servilleta.

 

Historia de una Lámpara

La ropa yacía inservible, inerte, en el suelo. Había dos cuerpos desnudos en una cama, no muy lejana. Dos cuerpos que se encontraban profundamente unidos, un abrazo congelado en un instante eterno; se movían juntos, susurraban juntos, respiraban juntos. El tiempo era una formalidad que se había quedado atrás hace ya muchas horas, pues el reloj se había roto desde la primera señal, la primera intuición, el primer síntoma que correspondía al deseo compartido de responder la ternura con besos, el cariño con caricias, el amor con sexo. No podían evitar perderse en la insospechada profundidad de sus miradas, que llenaban sus recuerdos de aire caliente, hasta que se elevaban, se desprendían y acababan perdiéndose en una brevedad de miles de minutos, en los más recónditos límites de la cordura, dejando un espacio infinito y delicado para sentimientos que necesitaban ser expresados a través de la piel. Y es que cada centímetro de piel era una batalla de sentimientos, un grito de vida expresado a través del contacto necesario entre dos almas, que sólo deseaban despojarse de cualquier síntoma de mortalidad y estar unidas para compartir, sin esperar nada a cambio, solo por el mero hecho de compartir unos sentimientos, unas emociones y unas sensaciones que irrumpían bruscamente en sus vidas, haciéndose tan necesarias como el mero hecho de respirar, de comer y de beber. El pulso de ambos estaba acelerado, pero era acompasado como una melodía, como una gran banda sonora de una gran película. Ël besaba el cuello de ella, posando suavemente sus labios sobre su piel, para que sintiese absolutamente todo lo que estaba dispuesto a transmitir: el pensamiento que nublaba su juicio y su mente, que lo oscurecía todo como si estuviese al final de un oscuro túnel y la única salida fuese precisamente esa palabra, ese sentimiento, esa sensación, que lo embargaba todo: eternidad. La eternidad de no dar nunca un beso por perdido, de sentir que cada caricia se hacía precisamente eterna, que la huella que mutuamente se dejaban más en su alma que en su cuerpo sería profunda, imborrable. En una palabra, si, eterna. Nunca pudo comprender por mucho que lo intentase, y realmente lo había intentado, como había llegado a aquella comprensión, a aquella unión, a crear aquella necesidad tan espontánea, tan hermosa como diferente a todas las demás que su cuerpo, su mente y su alma podían haber sentido anteriormente. Todo era nuevo, era una explosión de sensaciones que comenzó desde el mismísimo momento en que sus manos coincidieron en el espacio y en el tiempo, anulando ambos, juntándose y comenzando a dar vida a un vínculo ahora indispensable. Habían subido de la mano las escaleras que les conducían hasta su cuarto, donde más tarde se perderían en lo parte más íntima del concepto de amar a otra persona. La habitación tenía apenas dos tragaluces, con lo cual estaba parcamente iluminada. Ello no impediría la actividad sexual a pareja alguna. Pero no estamos hablando de sexo, estamos hablando de compartir experiencias, sentimientos, sensaciones. Se querían mirar a los ojos. Se querían ver. Sin embargo, la luz de la habitación era demasiado, no permitiría dejar que los cuerpos de ambos se susurrasen pidiendo caricias, bañados por la bella sombra de una luz distante. Colgaba de la cabecera de la cama una lámpara, cuya bombilla dejó de funcionar hace tiempo. Ambos pensaron que sería el artificio ideal para mirarse a los ojos, besarse, y dejar que sus cuerpos se conociesen conspirando con las sombras. Pero él ya sabía que aquello era un imposible, y cuando ambos se tumbaron en el lecho que les recibía con una comodidad cordial, casi confidente, y ella alargó su mano hacia el interruptor de aquella lámpara post-apocalíptica, él le advirtió la imposibilidad eléctrica de hacerla funcionar. Ella le dirigió una mirada, también eléctrica, y accionó con descaro el interruptor. Fue así, pensó él, como Dios creó el mundo: y se hizo la luz. Y fue así como empezó todo.

Superhéroes, la parida mental de una mañana de septiembre.

Estoy sentado frente a mi escritorio. Escribo. No dejo de escribir, maldición, llevo toda la mañana escribiendo. El sabor de las galletas del desayuno es un recuerdo tan lejano que me da la sensación de que hace semanas que no digiero comida alguna. Eso, teniendo en cuenta que hace sólo unas dos horas que he desayunado, resultaría preocupante. Pero realmente, no lo es tanto. Estoy absorto en mis propios pensamientos, que van fluyendo desordenadamente en un montón de documentos “Word” que acabaran atropelladamente borrados, destruidos, con suerte ignorados en alguna esquina de mi abarrotado “escritorio”. Mis pensamientos no son del todo alegres, lo que no impide que mi estado emocional sea francamente bueno. Pero no puedo evitar lamentar profundamente el hecho, por otro lado, supongo, algo lógico, de no tener superpoderes.

Como a cualquier mortal, me encantaría salir de mi casa por las mañanas y volar hasta donde me apetezca ir. Si para ello es necesario vestirse con los calzoncillos por fuera del pantalón, es un sacrificio que estaría dispuesto a soportar. Hice la prueba hace muchos años, cuando era un niño regordete y rubio con tirabuzones. Pero lo único que conseguí fueron unos cuantos moratones al intentar abordar el poco ambicioso proyecto de establecer una línea aérea regular entre un sofá y otro. Colgué mis mallas de Superman a la corta edad de ocho años.

Más tarde pensé que quizá eso de volar por ahí era demasiado ambicioso, y que me tenía que centrar en algo más terrenal. Es entonces cuando concebí la idea de, por qué no, emular al sorprendente Spiderman.  Era evidente que no me iba a dejar picar por ninguna araña radiactiva, y mucho menos para lanzar telarañas por las muñecas, detalle que por cierto me daba mucho asco. Pero lo de trepar por las paredes pues si, me parecía una idea muy buena. Más lento que volar, obviamente, pero con la ventaja de que éste nuevo disfraz llevaba máscara; nadie te veía la cara, nadie te reconocía, y sobre todo, nadie te veía con los calzoncillos por fuera. La fuerza de la gravedad o mi graso trasero de aficionado a las palmeras de chocolate, tal vez ambos al mismo tiempo, impidieron que el traje hiciese su función. Desgraciadamente, no pude trepar por las paredes al estilo arácnido.

Fue por aquel entonces cuando una película de Tim Burton se proyectaba en los cines madrileños. La peli no era otra que Batman, y aquel soltero ricachón, joven atormentado, que no tenía más poderes mágicos que un par de pistolas lanza alambres, me abrió los ojos. Así fue, como os lo estáis imaginando: las mallas del caballero negro sustituyeron a las del enclenque hombre araña.  Fui de hombre murciélago por la vida el tiempo suficiente como para cerciorarme de que los gadgets que Batman lucía en la película, o eran muy difíciles de conseguir, o muy caros. O no existían, claro. Aún así guardo especial respeto y consideración hacia el mito de mi infancia: un póster de su, de momento, última película se alza por encima de la cabecera de mi cama. Bueno, venga, seamos sinceros, pero no se lo digáis a nadie… cambiad Gotham por Alcobendas y descubriréis que, efectivamente, yo soy Batman.

Fantasmadas aparte, además de poderes especiales para hacer desplazamientos rápidos, económicos y seguros, toda mi vida he querido tener poderes mentales. Siempre me ha atraído especialmente aquél poder que te permitía leer la mente. Saber que piensan los demás siempre te proporciona una gran ventaja. Hay muchos poderes telequinéticos por ahí, manipular elementos, controlar el clima y un gran etc que acaba cuando se le acabe la imaginación a cada cual, pero siempre me ha dado especial “morbo” eso de poder saber lo que los demás están pensando…

Otros poderes tales como la superfuerza o resistencia, pues no se, son muy atractivos, claro, pero… ¿alguien se ha percatado de lo feos y lo raros que son los superhéroes con ese tipo de poderes? Bicharracos desagradables con algún tipo de deformación y muchos traumas infantiles. Lo de los traumas lo podemos pasar en pos de la superación de las barreras naturales, pero… ¿encima deformidades? No, gracias.

 

Al final no he podido evitar crecer, no dejé de leer comics y de ir al cine, pero seguí creciendo, y llegó un momento dado en que me dí perfectamente cuenta de que claro, eso de los poderes mágicos es la po**a, pero no es nada… digamos… ¿cómo podría decirlo suavemente? Ah si, nada realista.

Aún así no puedo dejar de sumergirme en un realismo brotado de la idea romántica y heroica de que todos tenemos algo bueno que explotar y que ofrecer al mundo, que la vida merece la pena y todos absolutamente todos, incluso los gordos bajitos feos, con verrugas en las sienes, sin pelo, con nariz de dos metros y quince centímetros, granos en el culo y celulitis en el esófago, pueden ser felices. Vamos, que estoy de un positivo que echo pa´atrás. Es evidente que, pensando así, la vida me ha ido dando sus bofetadas, y me dará muchas más, como es lógico. Y puede que no esté preparado y que lo pase mal. Pero incluso en esos momentos sigo siendo Batman (aunque sea un Fake Batman de los muchos que circulan por el mundo), y saldré adelante, siempre y cuando no sea en una cajita de pino, claro…

Aunque, podría cambiar de superhéroe, porque…

Una araña se desliza, sigilosamente, por mi ventana. Busca una mosca que me ha estado molestando con cierta persistencia durante mas o menos media hora. La mosca ya no está, la he matado y la he mandado al mas allá(es decir, al sumidero).  La araña tendrá hambre. Se ha parado justo enfrente de la pantalla del ordenador. Me mira. Nos miramos. La tensión se desliza liviana en el aire, cuando calculo mentalmente lo que costaría un disfraz de Spiderman… tamaño adulto. Es cuestión de alargar la mano hacia el pueril insecto, dejar que la llema de uno de mis dedos, supongo que el dedo corazón para darle mas emotividad a la escena, roce al animal, para que reaccione picándome y transmitiéndome los superpoderes propios del comic. Sólo hay un problema: estoy sin blanca, y sin el atuendo complementario, tener superpoderes no tiene gracia. 

Breve resumen de lo que se siente cuando verdaderamente se quiere a alguien

La fatalidad de tu nombre me invita a reaccionar,

No caeré herido de muerte, noqueado de miedo,

sólo quiero acercarme a tí, cogerte de la mano, solamente.

Hacerte sentir  lo que yo siento, que es sincero, si, pero

ingenuo como la mirada de un niño; y te miro a los ojos.

Nado en tu mirada con un cincel preparado para escribir,

para dejar mi impronta en la más profunda cueva de tu alma.

El oxígeno me va faltando cuando me rasga tu tristeza.

Pero mis pulmones son fuertes, son titánicos, resisten.

La voluntad les llena de aire, cincelo  un sentimiento,

la única palabra que quiero que guardes cerca del corazón:

no te pido nada, y los dos sabemos  que es verdad:

el único sentimiento que para ti deseo es… felicidad. 

10 maneras de matar un pimiento: 1- Como matar al pimiento de Gernika.

El Pimiento (llamado Pimentón en Venezuela) y que su nombre original es el de "chíle",que proviene del nahuatl; es una variedad cultivada de la Capsicum annuum, que muestra una piel de diferentes colores: rojo, verde, amarillo, púrpura, etc. El pimiento tiene poco (o muy escaso) contenido de capsaicina; es por esta razón por la que la variedad Europea con frecuencia no suele picar.

Se trata de una planta de cultivo extendido por todo el mundo, es considerada una planta de huerta y que generalmente se suele comercializar en diferentes colores: verde, rojo y amarillo. Originariamente procede de América y tras el descubrimiento se empezó a extender por Europa. Dentro de esta especie se pueden encontrar numerosas variedades, generadas por diferencias en el clima, las condiciones del suelo, etc.

 

Existen diversos métodos y maneras de matar a este pequeño y a veces desagradable vegetal que tiene la virtud de asfixiarte, quemarte la boca, hacerte salivar en exceso de lo picante que esta, y así mismo la muy extraña virtud de no saber  absolutamente a nada cuando ya estás preparado física y anímicamente para otra acometida de dolor gustativo en tu pobre cavidad bucal.

Dependiendo del tipo de pimiento la forma de sentenciar a este monstruoso engendro vegetal a la nada varía considerablemente. Así pues, atentos:

 

Empezaremos con la variedad llamada popularmente pimiento de Gernika. Este pimiento vizcaíno, típico de la comarca del Txoriherri, no pica en absoluto. A pesar de ser un pimiento vasco de pura cepa, se nota su origen extremeño, y genéticamente no llega a presentar la pureza reclamada para la raza vasca autentica. Por ello no pica porque, si fuese vasco autentico, sólo los auténticos vascos podrían merendárselo sin sufrir atroces ulceras duodenales e inflamación del píloro. La manera de sacrificar a este impuro elemento de la gastronomía vasca es la siguiente:

A)    córtese una haya del monte Igueldo, en los lindes con Donosti. Debe de cortarse con un hacha de mango de roble, una solamente y en dos, o a lo sumo tres, certeros hachazos, dados por un vasco con RH vasco. Parece que no es importante, pero sólo de esta manera se asegurará la precisión del futuro “instrumento de la fatalidad”.

B)     Una vez cortada la haya, dispóngase a desgarrar con las manos desnudas dos trozos de corteza de la misma. Debe de ser con las manos desnudas, sin uso de guantes o cualquier otro material que no sea piel humana vasca: los pimientos de Gernika son muy sensibles y notarían la diferencia.

C)     Sitúese el pimiento a sacrificar entre los dos trozos de corteza previamente arrancados. Cójase una piedra del propio monte, a ser posible lo mas irregular que pueda encontrarse, de tal manera que el trabajo luzca más artesanal, estéticamente más impecable.

D)    Por último, golpee la piedra, de arriba a abajo y reiteradamente, contra sus genitales, hasta que se le escapen dos o tres lágrimas de dolor. El pimiento no podrá soportar la sensación de ver a un auténtico vasco llorar, y cederá ante la presión de las cortezas. Es conveniente no derramar más de dos o tres lágrimas, pues de lo contrario el pimiento en lugar de espachurrarse explotará.

 

Elementos a tener en cuenta:

 

-1 auténtico vasco, de RH vasco puro. Los abertzales no valen, pues aunque abertzale significa “patriota”, suelen ser descendientes de familias andaluzas y extremeñas. No tenemos nada contra estas nobles raíces, pero la pureza del RH es esencial para la eficacia del castigo.

 

-1 hacha de mango de roble. De roble vasco, por supuesto.

 

-1 Haya del Monte Igueldo. Muchos preguntaran, ¿ por qué debe de derribarse una haya para tan sólo dos cortezas?. Y mi respuesta no puede ser otra… “preguntárselo a Arzalluz”

 

El proximo dia continuaremos con los pimientos de Padrón.  

En la carretera

Sus ojos no paraban de mirarme. Escudriñaban mi rostro, buscando los mios. Pero solo podían ver su contorno blanco, afilado en mi perfil… estaba conduciendo y era evidente que en una curva, una mirada puede ser mortal. No obstante y aún así ambos éramos conscientes de que al final yo iba a ceder, e iba a responder una mirada tan intensa como la suya con otra mirada; rápida, probablemente, si, pero tan intensa que nadie en su sano juicio la hubiese considerado nunca una ojeada. Me encantaba perderme en sus ojos… me encantaba mirar sus labios, que tantos besos propiciaban y que tan bien se aparejaban con los míos. Merecían la pena los diez segundos de riesgo por diez segundos de sentimientos tan profundos como los que despertaban en ambos aquellas miradas, desafiantes, llenas de promesas que se pueden cumplir, más tentadoras que cualquier manzana en paraíso alguno concebido por la mente de algún dios creado a imagen y semejanza del hombre. Yo no soy un gran conductor. Nunca lo he sido y nunca he pretendido serlo. La velocidad es algo que utilizo como arma arrojadiza cuando llego tarde a algún sitio y no me queda mas remedio que pisarle para no cometer el error de dejar que otros lleguen antes que yo. Pero conduciría diez horas tranquilamente, y seguidas, solo por el placer de ser consciente de que ella esta sentada a mi derecha, mirándome. Mi mano se apoya firmemente en la palanca de cambios cuando debo acometer un cambio de marcha. Es entonces cuando aprovecha ese sutil momento para regalarme una aun mas sutil caricia en mi mano y en mi brazo, caricia que mi cuerpo agradece irguiéndose un poco sobre el asiento y dedicándola una suave sonrisa, que en cualquier otro momento podría pasar por irónica, pero en aquel instante solo reflejaba la mas pura y sencilla de las satisfacciones. Supongo que ella no puede ver esa sonrisa, pero vuelve a haber una conexión especial entre ambos, pues ambos sabemos instintivamente que se ha dado cuenta de que, efectivamente, mi sonrisa ha sido la respuesta que ella buscaba.

Los semáforos comportan los momentos más codiciados para ambos. Nos unimos por unos instantes, en un momento que parece de placer eterno cuando nuestra piel transmite la necesidad mutua de estar unidos, aunque sea por unas pocas moléculas de piel que forman las comisuras de nuestros labios. La necesidad de contacto es esencial entre nosotros, va más allá de la necesidad fisiológica y brutal de la procreación. Simplemente, necesitamos tocarnos, estar en contacto por unos instantes. La información pasa de un alma a otra por medio de las caricias, de los besos, de las miradas. Hablábamos de la vida, del pasado, del presente, de música, de lo que nos gustaba, de lo que no, de muchas cosas y de ninguna.  Sin embargo, necesitábamos transmitirnos otro tipo de lenguaje, un lenguaje especial nacido de una extraña simbiosis que ninguno de los dos entiende y ninguno de los dos buscaba. Un lenguaje que no se basa en ninguna simbología, en ningún canon, en ninguna conducta socialmente establecida por la raza humana. Simplemente necesitamos besarnos, acercarnos el uno al otro, encontrarnos en nuestro propio espacio y sentir que, aunque sea por un mínimo instante que no pase del segundo, el universo somos nosotros, y  solo somos nosotros los que decidimos qué hacer con él.  

 

El tiempo pasa, seguimos nuestro camino. Yo no creo en los dioses, pero parece que es el propio Zeus el que azota el horizonte con una tormenta eléctrica: es un espectáculo grandioso, salvaje, conmovedor. Nosotros lo observamos mientras que en el coche suena una bossa nova. Que gran contradicción y, al mismo tiempo, que gran banda sonora para una gran noche. Era uno de los pocos instantes que existen en la vida en el que tienes la sensación de que la naturaleza comulga con tu estado de ánimo. Te sientes respaldado por fuerzas que no puedes controlar, y que sin embargo parecen decirte muchas cosas. Aquella electricidad, descargada por la naturaleza en aquel cielo gris tormenta, era una replica perfecta de lo que pasaba en los pocos instantes en los que nuestras miradas se encontraban, en los que nuestra piel se rozaba, en los que nuestros labios formaban un todo indefinido…

El viaje se acaba, el cielo descarga un chaparrón inmisericorde cuando bajamos del coche. Ahora nuestros ojos se encuentran casi sin querer, y a veces juegan a no encontrarse. Pero vuelven a ser los besos los que descontrolan ese juego perfecto, y tan pronto como me encuentro a dos centímetros de su boca, necesito que el espacio se reduzca a cero. Ella se da cuenta, pues mis ojos no pueden dejar de mostrar lo que mi alma anhela, busca, necesita para encontrar la paz.  Sabe lo que quiero y no duda en dármelo, porque ella también siente que necesita ese contacto. Por eso, antes de que nuestros labios se encuentren y destruyan el espacio opresor que los separa, nuestras almas ya se han besado.

Pasadas las horas, la carretera, negra como un abismo, nos llevará a nuestro irónico destino, que no es otro que el punto de partida. Es muy tarde, el cansancio ha hecho mella en nuestra mortalidad, es inevitable; pero ella estará sentada a mi lado, luchando por escapar de los brazos de Morfeo y regalarme una caricia más. 

23

 

Dicen que el amor es un sentimiento

Que es dulce, que es bonito, que es una explosión

Es un ¡boom! Cuando le llega su momento

Pero el amor no mueve al mundo, mueve a las personas

Somos mártires de nuestro pensamiento, lo más cercano a la verdad

Pero… ¿quieres la verdad, quieres oírla?

Tristeza no es una palabra errónea cuando te digo

Que esta noche sin querer he soñado contigo

Mi maldita conciencia está rallada cual vinilo antiguo

de Edith Piaff, con canciones de amor y castigo

mi cerebro, que es humano, sufre y busca soluciones

sé que mañana por la mañana se acabaran las sensaciones

volveré a pensar, el ser racional ganará al pasional

pero esta noche reviento, si no te digo lo que siento:

por un instante fuiste el mejor vendaje para mi corazón herido

por un momento te miré a los ojos, y todo cobró sentido

la pasión se hizo carne, la soledad, al fin, un monstruo etéreo

y nunca te agradeceré lo suficiente tu sinceridad;

que fue como una cura para un enfermo de gangrena

sinceridad azul y lacrimosa, haría de tus ojos mi emblema,

hablaste con la razón, sin dejar de lado al corazón

algo dentro de mi, murió amputado, quizá salvaste mi alma,

 pero una esperanza muy, muy lejana, me acabó diciendo adiós. 

Mi pequeño homenaje a todos los que tienen que estudiar (a mi mismo tambien, jeje)

Buscas energía porque crees que la has perdido.

Y sin embargo no es así, te das pronto por vencido.

Buscas el momento para volar, salir corriendo,

sin embargo estas atrapado entre una silla y un escritorio.

Ocho patas, plástico cuero y madera que te atrapan.

Encarcelado te sientes, como en un barco una rata.

Tus piernas son tus alas pero hoy no están desplegadas,

sino recogidas bajo la mesa, haces tu resumen, y te pesan.

Hoy es el momento de echar de menos el movimiento,

que solo se detecta en tus ojos, leyendo concentrado, lento.

Cárcel de letras y conocimiento donde aprendes conceptos

interesantes, aburridos, inservibles, palabras sin sentimientos

Sabes que este es el lugar, que este es tu momento;

por mucho que quieras escapar, y aunque puedas hacerlo

sabes que si quieres aprobar, no tienes mas argumentos.

Tu conciencia te invita a perseverar en el intento:

¡ya tendrás tiempo para navegar a lomos del propio viento! 

Mi pequeño homenaje a la que fue mi pequeña casa.

Llevaba ya mucho tiempo pensando en si debo o no mudarme de casa. No es que estuviese especialmente cómodo, tranquilo, a gusto, en mi actual vivienda. Pero no acabo de convencerme del todo al respecto de haber comprado otra. Son cosas que pienso cuando al abrir la puerta de mi cuarto esta gime como un gato atropellado. Me gustaría aclarar la situación embarullada en la que me encuentro actualmente al respecto de lo que es y lo que podría ser mi casa. Mi hogar. No entiendo muy bien por qué, pero esta vieja casa, algo destartalada y bastante menuda en comparación con lo que seria mi más próxima adquisición, me trae buenos recuerdos. No sólo recuerdos de lo que ya ha sucedido entre estas paredes, recuerdos que viven agolpados en mi memoria, y que son tan buenos como malos, tan dignos de recordar unos como otros. Me refiero a los recuerdos que quizá este perdiendo, esos momentos futuros que me esperan en este inmueble y que quizás este condenando al vacío de lo imposible. Quién sabe si aquí se iluminara mi vida de nuevo con otro gran amor, viviré cenas románticas a la luz de las velas, se me quemará el asado en el momento más inoportuno. O haciendo aquel postre tan extraordinariamente sabroso que prepara mi madre, se me estropee el horno y surja el temido humo e incluso se atisben algunas llamas entre la masa de ingredientes, apelotonada e inservible. Discusiones no faltarían, voces roncas e irritadas o irritables rebotando por las paredes formando un auténtico aglomerado de energía negativa. Luego vendría la reconciliación, el momento de ver las cosas desde un punto de vista más pacifico y acabar las controversias, algunas importantes y hasta definitivas, otras monótonas, insulsas o incluso inexistentes. Pasar frío y calor entre estas paredes, de nuevo, como lo he hecho durante los últimos 15 años. Resistir a la nueva ola de calor redundantemente más calurosa del siglo, soportar el mayor chaparrón universal que los más antiguos del lugar recuerden. Sentarse en una silla y simplemente pensar, pero pensar rodeado permanentemente por aquellas paredes, aquellas grietas, aquellas ventanas, muebles y cuadros que me habían visto crecer, desarrollarme, convertirme en una persona de bien… bueno, persona de bien, de mal, o de lo que sea, pero persona al fin y al cabo. Realmente era difícil separarse de aquel cuarto que acogió entre sus muros mis primeras relaciones sexuales, mi primera declaración de amor totalmente seria, mirando a los ojos al ser amado y afirmando rotundamente y sin miedo la frase mas osada que puede pronunciar un hombre: “te quiero”. La primera vez que se me rompió el corazón estaba allí y fue en esa pared donde lancé un puñetazo de rabia contenida que quería desbocar, dejándome el pellejo que tapaba uno de mis nudillos, haciendo caer un cuadro que estaba allí colgado y que mostraba a quien quisiera verla una fotografía de un pasado no muy lejano en el que estaba disfrazado de payaso. Una ironía con la que quizá inconscientemente aquella pared pintada de blanco me quería hacer entender que en la vida hay luces y sombras, y son tan importantes y necesarias tanto unas como otras. Voy al baño a solventar una urgente necesidad que todos tenemos varias veces en un día, y no puedo evitar que se forme una mueca parecida a una sonrisa irónica en mi rostro cuando levanto la tapa del váter a la que le falta un tornillo y que se dobla, al elevarla, hacia la izquierda. El cuarto de baño, tan pequeño que casi era imposible no tener claustrofobia, estaba decorado con pequeños azulejos azules, con caracteres florales en cada baldosa que formaba el entramado. No quedaba mal, no llamaba mucho la atención, no resaltaba absolutamente nada, no era de buena calidad, pero era mi baño, y me gustaba. Era el único que disponía aquella pequeña casa, y recuerdo la gran tragedia que a veces suponía el encontrárselo ocupado cuando, después de haberte comido un helado de chocolate en la feria de mayo, tus tripas reclamaban abiertamente y sin dilación el precio por haber ingerido aquella mole de grasa y colorantes. Y como no sabías dónde estaban los baños en aquella feria, ni te encontrabas en disposición de asegurar que eran lo suficientemente limpios como para sentar tus nobles posaderas sin temor a cualquier sucia bacteria, decidías ir a tu casa, que al fin y al cabo estaba cerca. Cinco minutos andando haciendo un ejercicio de concentración verdaderamente admirable casi sucumben cuando por fin llegas al baño, que esta al final del pasillo, y cuando vas a girar el pomo de la puerta que te va a conducir a la redención (o al reventón, puestos a describir), te encuentras con que alguien ha tenido la misma idea en el mismo momento…no, momentos antes, porque si no, no estaría ocupado. Era un drama del momento, duro, difícil… pero luego esbozas una sonrisa de estupidez al invocarlo como tu efeméride particular.

 

Rápidamente sin embargo solvento aquella necesidad tan fisiológica y me dispongo a entrar en la habitación contigua, la más grande de la casa, donde antaño se encontrara el cuarto de mis padres. Y no puedo evitar, casi sin querer y con un poco de vergüenza ante tal expresión de sentimientos, derramar un lagrimilla, que sale tensa de mi lacrimal y se escurre por mi mejilla al recordar a mis padres en aquella habitación, cuando, los fines de semana, me levantaba y tenia que ir al baño, y tras la puerta entreabierta los veía durmiendo, tranquilos, diríase incluso que felices. O cuando en los albores de una edad que parece tan lejana como el renacimiento, mis pesadillas me conducían invariablemente a aquel cuarto, como el santuario de salvación donde ningún monstruo se atrevería siquiera a acercarse. Recuerdo como me gustaba, al caer enfermo por alguna sinuosa enfermedad, irme a aquella cama, tan grande para un cuerpecito tan pequeño como era el mío, tan segura que era un conjuro de buena salud para un niño con fiebre. Y me acurrucaba entre las sábanas mientras mi madre me atendía, sin poder evitar cierto semblante de preocupación, aun cuando los dos sabíamos que, en realidad, tampoco era para tanto, y que era cuestión de tiempo ( y de cariño), que me recuperase. O cuando entraba mi padre y me miraba el pulso y buscaba la fiebre en mi frente, serio, pero a la vez transmitiendo sensación de seguridad, lo que hacia que todos nos sintiésemos mas tranquilos. En un nuevo hogar, mis padres tendrán un cuarto mas grande, aunque conservasen la misma cama. Pero yo ya no era un niño desde hace mucho tiempo, y la sensación de seguridad tendría que procurármela yo mismo en mi propia cama. Cierto es que hacia años que no caía enfermo, y ninguna intención tenía de que aquello cambiase. Tenia muchas cosas que ver, mucho que oír, demasiadas cosas que hacer en un tiempo que por fortuna esta limitado porque, si hiciésemos todo lo que quisiésemos hacer, absolutamente todo, ¿de que valdrían los sueños?.

 

Salgo y cierro la puerta con cariño, que vuelve a maullar de forma semejante a la de mi cuarto. Justo en frente, al otro lado del baño, esta la cocina, lugar de reunión social por excelencia de casi toda familia que se precie. Allí había comido los más exquisitos manjares que el ser humano podría siquiera soñar en una noche de hambre oscura sin siquiera luz de luna. El mejor cocinero del mundo nunca había pasado por aquellos fogones, nunca había preparado nada en aquella cocina, ni se había dignado a pisarla. Es mas, ni siquiera le conozco ni sé quién es. Pero tengo clarísimo que nunca degustará los platos que yo tuve la suerte de degustar, a veces, pocas-contadas con las dedos de una mano-, de hacer. Oigo casi sin querer el monótono ruido de cuchillos tenedores y vasos danzando en un ritual de alimentación conocido y familiar, al unísono con ecos de conversaciones pasadas tensas, divertidas, alegres, tristes, llenas de amor, ingenio, incluso a veces con dosis de furibundo odio. La cocina, qué mejor lugar para reunirse y hablar. Incluso, en la mas soez de las tradiciones no escritas, ver la tele a la vez que se mastica, sin hablar los unos con los otros, simplemente gozando por unos momentos de la compañía de una persona que puede que no vuelvas a ver hasta dentro de muchas horas, quizá días, y que forma parte de tu familia, de tu vida y de tu corazón.

Una nueva cocina me esperaba, pero no seria aquella. Muchos años pasarían hasta que pudiese condensar tantos recuerdos entre sus robustas paredes, como lo ha hecho la cocina que ahora abandono cerrando la puerta a mi espalda sin mirar atrás, mientras me dirijo a lo que un dio fue mi cuarto, junto con el de mi hermano. Pero los niños crecen, invariablemente, no hay mas remedio, y en ese espacio no había los suficientes metros cuadrados para dos adolescentes con carácter: habiendo un cuarto libre, más pequeño, pero lo suficientemente grande como para albergar un dormitorio, no había por qué compartir un espacio que se nos hacia literalmente pequeño para los dos. Pero aun así la ternura hizo presa de nuevo de mis pensamientos, y en aquel momento no pude evitar recordar lo bien que me lo pasaba con mi hermano cuando, juntos, veíamos series de televisión. O cuando, presa del miedo, mi hermano juntaba su cama con la mía, para sentirse seguro en medio de una oscuridad que, aún entre paredes familiares, no dejaba de ser negra e inescrutable. Recuerdo también las cazas de monstruos que se producían en aquel lugar, cuando, yo ya más mayor y más temeroso del que dirán en los recreos del colegio que de los monstruos bajo mi cama, me dedicaba a cazar monstruos por la noche cuando mi hermano sentía miedo, para que se sintiese más seguro, más tranquilo. Al fin y al cabo, soy el hermano mayor, y no podía permitir que mi hermano durmiese mal por unos bicharracos abstractos que todos habíamos creído escudriñar alguna vez en la oscuridad y que no eran más que malas pasadas de nuestra apreciadísima imaginación. Así pues, espada de plástico en mano, atacaba monstruos imaginarios en los lugares más recónditos del armario, que año tras año me parecía mas pequeño, y mis estocadas producían definitivamente la desaparición de todo elemento hostil en la habitación y, lo que era más importante, en la sorprendentemente creativa mente de mi hermano.

No pude evitar irme sin pensar un instante antes en invitar a mi hermano a comer uno de estos días, y rememorar aquellos años locos, recónditos, un souvenir que yo guardo como un tesoro y del que mi hermano, demasiado pequeño aun, solo guarda pequeños recuerdos borrosos.

 

Ya solo quedaba el salón, antes de recoger una caja que quedaba con viejos marcos de tiempos pasados y felices, como los de ahora. El salón. Allí si que se acababa juntando  toda la familia, perros incluidos. Qué fieles fueron aquellas bestias, que cuidaron de nosotros cuando éramos niños, aguantaban nuestros juegos infantiles, a veces crueles, nos seguían sin problemas en cualquier momento y lugar, y aguantaban estoicamente las broncas por hacer sus necesidades en algún lugar de la casa. Nunca se encontrará en la naturaleza un animal más fiel que un perro. Yo he tenido varios, he crecido con perros a mi alrededor, y vive dios que moriré con un perro al pie de mi cama.

Canes aparte, curiosamente, de los numerosos recuerdos que se encuentran en mi quijotera, tan desordenada como los archivos secretos del CNI, recuerdo claramente aquel día que ví, con mis padres y mi hermano, la segunda parte de Conan. La primera parte llevaba el subtitulo de “ El barbaro”. Esta segunda parte se llamaba “ El destructor”. La película no era nada más allá que una exhibición de músculos y batallas bestiales, tajos desoladores que cortaban a enemigos canallas en dos, héroes que se enfrentaban a brujos y sacerdotisas diabólicas sólo con su valor y con su espada. La película no es mas que una más del montón, típica de los años ochenta, el héroe que puede con todo, o casi. Pero lo que más recuerdo, con grata sorpresa por mi parte, es que estábamos todos juntos, mis padres, mi hermano, y yo. Hasta el perro parecía fijarse en la pantalla, siguiendo el abrupto guión de aquella película. Recuerdo la cara de sorpresa de mi hermano cuando Conan mataba a tres hombres de un solo mandoble de su poderosa espada, o como mis padres veían la película juntos en el sofá, abrazados, contentos por tener a toda la familia reunida en un solo espacio, compartiendo unos momentos de ocio que, a pesar del carácter sangriento del metraje de la cinta, por las circunstancias en que se daban eran enternecedores. Aquel día la cena fue un coloquio sobre espadas, brujos y bestias mitológicas.  Cuántas cosas me han pasado en ese salón, innumerables, de cualquier tipo imaginable. “Mi vida en el salón”, podría ser el título de un libro, que a poco recordar alcanzaría ampliamente las doscientas paginas. Pero en este momento y en este lugar, aporreando las teclas de mi ordenador portátil, solo recuerdo el día en que todos juntos vimos Conan, que no es ni el momento mas feliz allí vivido ni la mejor película jamás vista, ni mucho menos; pero es un momento cotidiano de una vida que, con sus pros y sus contras, sus momentos de todo signo, transcurrió feliz entre las paredes de un hogar que hoy visito por ultima vez, polvoriento y sucio, y que nunca mas volveré a pisar.  Aunque la vida da muchas vueltas, quizá…

 

El caso es que justo en este instante debo de coger lo que queda en ella e irme a un nuevo hogar. Recuerdos, momentos, sentimientos, olores, colores, y un futuro corrompido porque nunca más tendrá lugar, son lo ultimo que quedará cuando cierre la puerta por última vez, y abandone lo que ha sido mi hogar durante tantos años. Lo que será mi hogar, en mi memoria,  durante muchos años más, hasta que los años pasen y la tormenta del tiempo la opaque, y se convierta en otro recuerdo borroso que, en un día de otoño, mi yo futuro recordará a a resbalalágrimas, mitificado, engrandecido por la oscuridad que destruirá los malos recuerdos y exaltará los grandes momentos aquí vividos. Cierro la puerta con pesar, me espera un nuevo hogar, seré feliz y con el peso de los años lo considerare mío, pero aquí dejo una etapa de mi vida. Y nunca, pase lo que pase en la larga existencia que aún me queda por recorrer,  olvidaré el 1ºB,  que esconde entre sus muros los mejores momentos de mi infancia; mi verdadera patria. 

desvario 4

Aquella tarde pense que todo habia acabado

Que no habia salido el sol, que dios era despiadado

Que la verdad no rige el universo

Que todo va mal, que estamos todos dispersos

Que la derrota del ser humano era cuestion de tiempo

Que el alfa y el omega eran un eterno desierto.

Busque en tus ojos la respuesta de tanta tirania.

Y el “no lo se” de tu mirada reflejaba cobardia.

Aun asi agarre tu mano cuando inconsciente caias

A un infierno enmarañado de ideas y mentiras.

No me temblo el pulso en aquella tarde sombria

Aunque Hades reclamase mi cabeza por tanta osadia

Mire de frente el horror de tu caida, rece por ti

Luchaba con todas mis fuerzas para evitar el fin

La noche llego como una esperanza pauperrima

la madrugada era ya un sudario cuando desperte

No estabas, y yo habia muerto en tus ojos abismales

desvario 3

Cansado, triste desentona el llanto

Como una melodía aprendida

Que transcurre a solas en su despedida

Caminando por páramos helados

Donde una vez te contempló el sol.

Abrazado a una razón para existir

sientes tu profunda debilidad

cuando clavas tus ojos

en aquello que mas quieres

tan cercano como tu piel

tan lejano como el dolor.

Una pequeña historia de sangre parte 1

Templado es el clima cuando Andrade sale por la puerta de su casa, con destino a su trabajo. Un terrible saludo a la panadera de la esquina, que se cruza en su camino, es lo único que le separa de su total aislamiento, voluntario, del contacto con los de su especie. Trabaja en su cubículo empresarial haciendo todo el esfuerzo posible por esforzarse lo mas mínimo, -y que le jodan al jefe-.  El no tiene la culpa de que le hayan contratado, solo porque se haya pasado siete años de su patética vida en Oxford estudiando derecho. No tenia la culpa de que sus padres fuesen adinerados, osease ricos, con pasta. Acaudalados. Habia crecido sumido en todos los placeres que el dinero puede ofrecer a un ser humano, y estaba enchufado en un puesto de dirección. Al otro lado del pasillo estaba el despacho de su secretario, un gordo caucásico de unos treinta años, que respondia al nombre de Jacinto. Le gustaba meterse con Jacinto. Hirsuto, orondo, de pelo negro como el azabache y grandes orejas que se doblaban, como constreñidas por su propio peso, en su parte mas alta,  hacían de el un personaje mas propio del bestiario de tolkien que de un ser humano al uso. Vestido de chaqueta y corbata, el pobre hombre no podía evitar que la sudoración se asomase por exceso mas allá de la pudorosa protección de la camisa en la zona de las axilas, mientras que pequeñas huellas de sudor asomaban en su cara, y el brillo que producían hacia que su piel pareciese mas pálida y amarillenta. Molecularmente inestable desde el punto de vista estético. Andrade disfrutaba obligándole a hacer numerosos encargos innecesarios y a veces surrealistas, como aquella vez que le obligo ir a por papel higiénico de la marca “pojhu nu”. El único lugar donde se vendía semejante artefacto era una pequeña tienda situada a las afueras de la ciudad, un comercio regentado por asiáticos llamado “el gordo de la suerte”, por estar apostado, además, frente a un kiosco de lotería. Sudoroso, Jacinto se trago tres horas de atasco en pleno mes de junio y con el aire acondicionado estropeado. Cuando le dio el papel higiénico a su jefe, este se limito a señalar que quería su pedido del establecimiento “gordo de la suerte”, no del “gordo sudoroso”. Aquella aberración moral la cometió Andrade delante de Isabel, la mujer que compartía pared de oficina con el y que ocupaba el corazón del pobre Jacinto. Aquella humillación se sumaba a otras tantas que hacían bajar la cabeza a Jacinto a la vez que tragaba saliva.

El caso es que recibió una llamada nada mas llegar a su oficina. Era de su rubia y operada novia republicana, Betty. Había conocido a un jeque árabe en un viaje de placer en Dubai, y al parecer el placer se lo había dado el jeque beneficiándose a la infiel conservadora, niña de papa y con un útero con el doble de capacidad de lo habitual, prácticamente mutante. Los dientes apretados y el comienzo de un tamborileo muy desagradable en la sien fueron la primera respuesta corporal de Andrade ante tal revelación. Poco después,  la palabra puta salio de entre sus labios, sonando a maldición, y colgo sin mas el teléfono.

Y el pobre Jacinto entro en el peor momento de todos, con una corbata colmada de Mickey Mouse por todas partes, lo que denotaba que efectivamente seguía viviendo con su madre, y esta le seguía comprando la ropa. Andrade no se lo pensó, de un grito expulso a aquel trasgo de la habitación nada mas recibir el orden del día. Su imaginación, su mala idea o simplemente su situación de cornucopia actual le hicieron concebir en unos instantes un plan que casi se podía leer en el malicioso brillo de sus ojos negros como los de un tiburón.

El auricular en una mano, un anuncio seleccionado en la otra, llamo a una fulana de las múltiples impresas en el periódico. Pacto hora, lugar y precio. No fue muy caro, y se iba a reír como nunca.

Cinco minutos antes de lo que iba a ser la hora H llamo a Jacinto y a Isabel para discutir el tema de la OPA que tanto estaba dando que hablar en aquel inmueble. A Isabel la pidió un informe sobre la situación actual de la empresa “hostil”, informe que tardaría todavía unos minutos en preparar. Nada mas llegar Jacinto, le ordeno, simple y suavemente –suavidad que sorprendió y dio esperanzas de una vida laboral mejor a Jacinto- que esperase en su despacho. Fue a buscar a Isabel, que como había previsto todavía andaba revisando documentación. Acompañando con una sonrisa la ágil reverencia con la que la saludo, se intereso por su trabajo y la ayudo a buscar los textos necesarios para su elaboración. Por el pasillo se oía el taconeo de una mujer que se acercaba, rubia exuberante de ojos verdes, al despacho de Andrade…

desvario 2(versos blancos)

Buscas en el tiempo dormido la soledad de un momento remoto

Asumes la flaqueza de tu propia conciencia

cuando la plasticidad del reloj se rompe

Y todo son formas

Proyectas el futuro como una sombra

 distante y gris, que se acerca.

Te abraza, protectora,

y te pregunta al oido que es lo que quieres.

Solo puedes observar la nebulosa sin abrir la boca.

Y esperas que todo gire mas y mas deprisa

 y llegue el final, que es tu destino.

Sin preguntas, sin esfuerzo

El peso de tu propio centro de gravedad

desarrollado a instancias de un sueño

que es el esfuerzo abstracto

de un proyecto ya cumplido.

Solo el nihilismo hablara de nosotros

Cuando hayamos muerto.

Con los brazos de la fiebre

con los brazos de la fiebre
que aún abarcan mi frente
lo he pensado mejor
y desataré
las serpientes de la vanidad
el paraíso es escuchar
el miedo es un ladrón
al que no guardo rencor
y el dolor
es un ensayo de la muerte

en la piel de una gota
mis alas volvieron rotas
y entre otras cosas
ya no escriben con tinta de luz

el paraíso deviene en infierno y
luego se quema
y sin que nadie se mueva
¿quien lo arregla?

gestado en mis escombros
de pastoso paladar
el disparate del caos
me derroto
con palabras de alabanza

Desvario Nº1

Insólitamente, hoy me apetecía ponerme a escribir. Es extraño, realmente. La cuestión es que no tengo aún claro de que voy a hablar, aunque me hago una ligera idea. Actualidad política? Puede ser. O puede ser que no. En todo caso, la cuestión es que me apetecía escribir, cualquier cosa diría yo; el caso es rellenar un folio y hacerlo con la suficiente delicadeza para que el lector, en el ánimo de leer algo un poco coherente (o no), se encuentre con algo lo suficientemente alentador como para empezar las primeras líneas y llegar hasta el final sin saltarse la mitad. Consiste en no ser un proverbial coñazo. Y no es tarea fácil, mas ahora que se de que voy a hablar… efectivamente, los peores presagios de los lectores que sagazmente han llegado, no sin esfuerzo, a estas líneas, se han hecho realidad. Voy a hablar de política.
No hace falta saber leer los hígados de buey al estilo sacerdote cartaginés para darse cuenta de que a todos los lectores se les ha pasado la palabra “zapatero” por la cabeza nada mas leer la palabra “política”. Lógico. Efectivamente, no voy a hablar de el. Ni del estatuto de Cataluña. Ni de ETA.

Voy a hablar de nosotros. Ignoro si coincidire ideológicamente con alguno de los pocos lectores que se van adentrando en las más profundas líneas de esta maraña de ideas, que van fluyendo como frases, más o menos leíbles, en formato html. Pero la expresión “nosotros” es exacta. Me refiero a “nosotros, los votantes”. Aquellos que tenemos directamente la culpa de poner y quitar a aquellos otros que luego cometen las pifias más sorprendentes en nombre de la democracia.

Si, nosotros tenemos el poder ( como aquel héroe de los ochenta, montado en su tigre verde), es lo gracioso que tiene la democracia, que si tienes +18 años puedes elegir al que luego elige las correspondientes pifias a cometer.

La política se podría describir como la sorprendente habilidad que tienen los políticos para vendernos proyectos futuros que luego se llevaran a cabo (o no…). Se supone que los partidos políticos tienen una ideología concreta, diferenciada, pero todos buscan lo mejor para nosotros. Nosotros luego nos lo tragamos, y votamos. Algunos no lo hacemos, en la creencia de que, al final, va a dar igual el color del voto, porque todos se acaban destiñendo.

No voy a ser hipócrita. Yo voto. Yo, me lo creo. Muchos de nosotros creemos. El sistema funciona, de hecho. Con mas o menos cagadas, pero funciona. Es lo mejor que hay. Funciona más allá de la teoría. Porque, en teoría, funciona hasta el comunismo… en teoría.

Es increíble lo extraordinariamente aburrido que puede ser para el común de los mortales un tema tan increíblemente relevante como lo es la política. A pocas personas les gusta hablar de política, a muy pocas.
De hecho, mucha gente vota con el estomago (es decir, le da literalmente asco un determinado partido y/o ideología o dirigente), o con el corazón (versión sentimental del voto estomacal: se vota en la creencia de un país/mundo mas justo y mejor, pero sin tener ni idea realmente de por qué).

Esto proporciona la parte mas irónica de todo el sistema: los partidos políticos se gastan una pasta en campañas electorales (pasta subvencionada en parte por nosotros, queridos amigos) para explicarnos algo que a la inmensa mayoría le importa un comino saber: su programa electoral. O lo que es lo mismo, que es lo que van a hacer si gobiernan… al menos en teoría.

Es aquí donde desaparece el término nosotros, y aparece el término “masa”. Efectivamente, el secreto esta en la masa. Puede ser fina o gruesa, pero ahí esta el meollo de la cuestión. La masa se produce cuando el individuo deja de pensar como tal, (se han dado casos en los que directamente se deja de pensar), apoyando directamente al colectivo estomacal del que el anteriormente individuo y ahora borrego cree formar parte (colectivo estomacal: grupo de “opinión” formado por situaciones estomacales; es decir, pasionales: guerra civil, racismo, etc.). Aunque no es la única razón, puede darse el caso de que, simplemente, el individuo nunca haya existido como tal. Es triste, pero es así.
Pues bien, la “masa” es la base de voto de cualquier partido político. Pase lo que pase, nunca cambian de voto.
Luego nos encontramos con el que podríamos denominar colectivo de la caridad, que votan en la creencia, a veces coherente, a veces no, de que es necesario un cambio para mejorar una determinada situación; por ejemplo, la gente que voto al PSOE por los atentados del 11M. Esta gente, que suele ser ideológicamente promiscua, cambia el voto en relación con su situación económica o social. Si es buena, mantienen el voto; si no, lo cambian. El único problema de este colectivo es que les importa un mojón de vaca lo que los partidos políticos puedan ofrecerles a corto o a largo plazo. Solo quieren vivir tranquilos y comer bien.

A ellos van dirigidas las campañas electorales; si un partido les ofrece pollo, el otro les propone pavo. Y así. Es mas, cada vez son propuestas más fáciles de comprender, más populares, así que quizá algún día propongan efectivamente pollo o pavo para ganar su confianza. Este grupo suele acabar formando parte de algún colectivo estomacal, y por tanto de la “masa”.

Luego hay un grupo de ingenuos, entre los que yo me incluyo, a los que les importa lo que los partidos políticos les puedan ofrecer. No es que se lean los programas electorales, a veces si, pero normalmente tienen una cierta capacidad de reflexión (tampoco excesiva), para comprender lo que un partido u otro puede ofrecer.
Espero que nadie se sienta ofendido, porque por nosotros funciona el sistema democrático. Por todos. Pues hale, a tomarse una tila después de leer este tostón, valientes, que sois unos valientes.

He hablado de actualidad política? Pues puede ser que no…

filosofia de vida MOE. Nos os asusteis, no es para tanto...

Si puedes conservar la cabeza cuando todos a tu alrededor
pierden la suya y por ello te culpan,
si puedes confiar en ti cuando de ti todos dudan,
pero admites también sus dudas;
si puedes esperar sin cansarte en la espera,
o siendo engañado, no pagas con mentiras,
o siendo odiado, no das lugar al odio,
y aún no pareces demasiado bueno, ni demasiado sabio.

Si puedes soñar - y no hacer de los sueños tu maestro,
si puedes pensar - y no hacer de las ideas tu objetivo,
si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre
y tratar de la misma manera a los dos farsantes;
si puedes soportar el oír la verdad que has dicho
retorcida por bribones que hacen trampas para tontos.
O mirar las cosas en que tu vida has puesto, rotas,
y agacharte y reconstruirlas con herramientas viejas.

Si puedes apartar todas tus victorias
y arriesgarlas en un cara o cruz,
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir nada de lo que has perdido;
si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones
para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado,
y así resistir cuando no te quede nada
excepto la Voluntad que les dice: «Resistid».

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud,
o pasear con reyes y no perder el sentido común;
si los enemigos y los amigos no pueden herirte,
si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado;
si puedes llenar el minuto implacable
con los sesenta segundos que lo recorren;
tuya es la Tierra y todo lo que en ella habita,
y -lo que es más-, serás Hombre, hijo.